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EL PRIMER «MARTIR» DEL PAPA RATZINGER. José Manuel Vidal

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Religión Digital

Jon Sobrino21.jpgJon Sobrino, el último teólogo de la liberación
Cuenta José Manuel Vidal en El Mundo del País Vasco que era el último gran teólogo de la liberación que quedaba por “desactivar”. Jon Sobrino, el teólogo jesuita de 68 años, la voz teológica de los empobrecidos, sobrevivió, en noviembre de 1989, a la masacre de los escuadrones de la muerte salvadoreños, en la que fueron ejecutados seis de sus compañeros y amigos, pero no ha podido esquivar el “rejonazo” de Roma. La condena de la voz de referencia de “la Iglesia de los pobres” convierte al jesuita vasco-salvadoreño en el primer “mártir” del Papa Ratzinger.

“Antes de la V Conferencia del Consejo episcopal latinoamericano de Aparecida no quedará ningún teólogo de la liberación”, decía, hace unos meses, el cardenal de la Curia, Alfonso López Trujillo. Y dos meses antes de que comience la reunión de CELAM y la visita del Papa Ratzinger a Brasil, se cumplió la profecía del purpurado colombiano. No en vano, como dice el teólogo bilbaíno, Javier Vitoria, “López Trujillo ha sido el impulsor principal de esta historia de caza y captura”.

Roma condena la Cristología de Sobrino (Barcelona, 1938), que, como dice el también teólogo Juan José Tamayo, “es una de las obras mayores de la Cristología del siglo XX”. Y por una herejía de grueso calibre: negar la divinidad de Jesucristo. Pero sin sanciones disciplinares, al menos por ahora.

Y es que, tras una larga y ardua negociación, la Compañía de Jesús consiguió que la condena no lleve aparejadas “medidas disciplinarias”, es decir la prohibición de dar clases en centros eclesiásticos o de escribir con el nihil obstat de la Iglesia.

Lo que venía buscando desde hace años el arzobispo de San Salvador, el también español y del Opus Dei, monseñor Sáenz Lacalle, era que se silenciase a Sobrino y que se cerrase el “Centro monseñor Romero” de la Universidad Centroamericana que dirige. Para evitarlo, los jesuitas pusieron sordina a sus reacciones de protesta contra la decisión papal, que muchos consideran injusta. Pero dejaron condenar a su teólogo más emblemático.

Y tampoco están seguros de que la congregación romana de Enseñanza, por ejemplo, no mande una nota diciendo que “en vista de lo declarado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, se le retira la venia docendi a Jon Sobrino”.

No ha pasado todavía, pero los jesuitas temen que pueda pasar. Y además, están seguros de que Sáenz Lacalle y otros obispos conservadores de Latinoamérica, como el cardenal Cipriani de Lima, también de la Obra, prohibirán a Sobrino hablar en sus respectivas diócesis. En cualquier caso, los jesuitas consiguieron un respiro y optaron por el mal menor: aceptar la condena de uno de los suyos en aras de salvaguardar a la Compañía que, tras tantos años de ostracismo con Juan Pablo II, está emergiendo en Roma y volviendo a ocupar el puesto que le corresponde en la Iglesia. Como dice la asociación jesuita catalana Cristianismo y Justicia, se trata de una “realidad dolorosa” y cuesta “sentirse Iglesia en el invierno eclesial”.

¿Qué se esconde detrás de la condena a Jon Sobrino?

Uno de los últimos episodios de una “guerra religiosa” que comenzó en la década de los 70. Según relata el prestigioso periodista americano Bob Woodward, Ronald Reagan oficializó entonces una alianza informal entre el Vaticano y Estados Unidos para acabar con la teología de la liberación y la Iglesia de los pobres en Latinoamérica, que, a juicio de ambos fomentaban el marxismo. ¿La forma de conseguirlo? Introducción masiva y subvencionada por Washington de todo tipo de sectas evangélicas, mientras Roma laminaba a los principales exponentes de dicha corriente teológica.

El actual pontífice, como prefecto de la Doctrina de la Fe, dirigió aquella campaña de represión, que supuso sanciones y desaprobaciones para más de un centenar de teólogos. Todas ellas, excepto la de Hans Küng, condenado en 1975, llevan la firma de Ratzinger. Una campaña que culmina en 1985 con la condena del franciscano brasileño Leonardo Boff.

Se esperaba que, una vez instalado en el solio pontificio, Benedicto XVI colgase la sotana negra del cardenal Ratzinger. El caso de Jon Sobrino demuestra que no. Y el jesuita vasco se convierte en la primera condena del Papa, en un dossier que empezó él mismo, hace más de dos décadas.

A nadie ha pasado desapercibido tampoco que el “descabello” de la Teología de la Liberación tenga lugar a dos meses del viaje papal a Brasil. El mensaje que quiere lanzar Roma a la Iglesia latinoamericana es claro: en el catolicismo sólo cabe una teología de la liberación “domesticada”, que hable de la “opción preferencial por los pobres”, pero que no los convierta en su centro y su “lugar teológico”, como hace Sobrino.

Un hereje menos, dicen unos. Un mártir más, aseguran los otros. “Me cuesta lo indecible ver el rostro de Cristo en una Iglesia que actúa como un gendarme y que vuelve a ser el antiguo ‘santo Oficio’ inquisitorial y prepotente”, escribe el sacerdote bilbaíno Miguel María Sáenz de Cabezón a su obispo, Ricardo Blázquez. Y el teólogo vizcaíno, Javier Vitoria, resume así sus impresiones: “Otro abuso de poder de una Iglesia gobernada por funcionarios incapaces de percibir las señales del Dios de los pobres”. Sobrino sólo dice: “Estoy en paz con mi conciencia”.

Las claves de la Teología de la Liberación

· El padre de esta corriente teológica es el peruano Gustavo Gutiérrez y sus principales epígonos son Leonardo Boff, Jon Sobrino, o Juan Luis Segundo.

· Nació al socaire del aggiornamento auspiciado por el Concilio Vaticano II, pero desde el principio suscitó el recelo de la jerarquía.

· Defiende al pobre como lugar teológico privilegiado de la manifestación de Dios.

· Apuesta por la perspectiva del pobre y de su liberación como óptica desde la que leer los acontecimientos y releer la Historia.

· La salvación cristiana no puede darse sin liberación económica, política, social e ideológica, como signos visibles de la dignidad del hombre

· La pobreza es un pecado social, que contradice el designio de Dios

· El mundo es un mundo de víctimas, de personas excluidas, que constituyen una nueva edición, aumentada y refinada, de Auschwitz.

· Si Auschwitz fue la vergüenza de la Humanidad, hoy lo es la exclusión de millones de seres humanos, la muerte de millones de personas indefensas que no tienen ningún tribunal al que recurrir para defender su inocencia y denunciar a los culpables.

· La opción preferencial por los pobres

· Hay que proporcionar primero a las personas una vida digna y, después, ofertarles el Evangelio del Cristo liberador.

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