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El pontificado de Juan Pablo II y la teología: del diálogo al anatema (I) -- Juan José Tamayo, Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Tamayo4De la primavera teológica del Vaticano II al largo invierno
Sus últimos libros son Teologías del Sur (Trotta, Madrid,
2020); ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías? (Biblioteca Nueva, 2020, 4ª
ed.); Hermano Islam (Trotta, 2019)

En este primer artículo analizo el clima de sospecha en torno a la teología
europea posconciliar creado en el Vaticano desde el comienzo del pontificado de Juan
Pablo II. Me centro en la teología europea y en la teología de la liberación. En el
segundo trataré de las condenas a la teología feminista y a la teología del pluralismo
religioso.

El 18 de mayo se cumplióe el primer centenario del nacimiento de Karol
Wojtila, que el 16 de octubre de 1978 fue elegido Papa como sucesor de Juan Pablo I,
fallecido a los 32 días de acceder a la sede pontificia. La elección causó sorpresa al ser
el primer papa no italiano desde hacía más de cuatro siglos, pero también cierta
esperanza. Yo mismo escribí cuatro días después de la elección un artículo en el diario
El País en el que expresaba mi confianza de que, dado su origen polaco, se produjera la
ruptura de la romanidad y la descentralización de la Iglesia católica, así como el diálogo
entre culturas e incluso una nueva relación más fluida y cooperativa entre marxismo y
cristianismo.

Pero ninguna de mis expectativas se cumplió. Lo que comenzó con el
pontificado del Papa polaco fue un período de involución eclesial que el teólogo alemán
Karl Rahner llamó “larga invernada de la Iglesia”, duró más de un tercio de siglo,
sumados los gobiernos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI (1978-2013) y yo califico
de era de hierro del catolicismo en plena modernidad.

El clima de apertura cultural, pluralismo teológico y diálogo entre las diferentes
tendencias eclesiales y religiosas, que reinó en el Concilio Vaticano II (1962-1965) y
caracterizó los primero años del posconcilio saltó por los aires. Pasamos del diálogo al
anatema, de la cooperación al conflicto, de la prioridad de la ortopraxis a la obsesión
por la ortodoxia, del lenguaje persuasivo al dogmático, del Evangelio al Código de
Derecho Canónico, del seguimiento de Jesús a la obediencia al Papa, del respeto al
disenso a la sumisión, de la mayoría de edad eclesial a la dependencia de la jerarquía,
Igualmente se produjo una inversión de la renovación a la restauración, del
cristianismo a la cristiandad, de la Iglesia como pueblo de Dios y comunidad de
creyentes a la Iglesia como institución jerárquico-piramidal, del clero “esa especie que
desaparece”, en feliz expresión de Ivan Illich, al clericalismo, del reconocimiento de la
secularización como clima socio-cultural en el que vivir la experiencia religiosa a la
confesionalización de todos los campos del quehacer humano: cultura, política, familia,
escuela, del pensamiento crítico al pensamiento único, del pluralismo a la uniformidad,
etc. Todo esto fue produciéndose gradualmente.

La teología bajo sospecha
Uno de los sectores eclesiales más castigados desde el principio por el nuevo
Papa fuimos las teólogas y los teólogos, incluidos aquellos que habían sido asesores del
Concilio Vaticano II y que mantuvieron el diálogo con la modernidad, defendían la
necesaria reforma de la Iglesia y asumían la opción ético-evangélica por los pobres, que
eran las prioridades marcadas por Juan XXIII y expuestas en los documentos
conciliares.

Se instaló un clima de sospecha hacia las nuevas corrientes teológicas y se
colocaron en las diferentes Iglesias locales cancerberos de la ortodoxia y detectives de
herejías. Volvieron los procesos inquisitoriales contra las teólogas y los teólogos
sospechosos de heterodoxia. Se activó el Índice de Libros Prohibidos a través de la
férrea censura de sus obras. Se retiró de la docencia a profesoras y profesores acusados
de desviarse de la doctrina oficial o, simplemente, de no fomentar el amor a la Iglesia.
Los procesos sin garantías jurídicas comenzaron con los teólogos europeos que
asesaron a Juan XXIII y Pablo VI en el Concilio. Algunos, como los de Häring y Küng,
tuvieron lugar antes de la elección de Juan Pablo II.

El teólogo alemán Bernard Häring,reformador de la moral cristiana bajo el principio-responsabilidad, fue objeto de unproceso tan inmisericorde que le llevó a decir: “preferiría encontrarme nuevamente anteun Tribunal de Hitler”. Tras tanto sufrimiento, fue absuelto. A Hans Küng, catedráticode teología fundamental y ecuménica, se le retiró el reconocimiento de teólogo católicopor cuestionar la infalibilidad del Papa. El teólogo Edward Schillebeeckx fue sometidoa tres procesos por cuestiones en torno a la Revelación, la divinidad de Cristo, sin quepudiera ser condenado por la debilidad de la argumentación de los censores. Se rompían así los puentes de comunicación y diálogo entre el magisterio y la teología, que había construido el Vaticano II.

La Teología de la Liberación maltratada
Pero quizá la teología más maltratada por el Vaticano desde la llegada del
Cardenal Ratzinger a la presidencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe fue la
Teología de la Liberación, nacida en América Latina a finales de la década de los
sesenta del siglo pasada y sin duda una de las más creativas en la historia del
cristianismo, que supuso un cambio de paradigma teológico en la metodología, cuyo
punto de partida es el análisis de la realidad a través de la mediación de las ciencias
sociales, en su interpretación liberadora de los textos bíblicos, en su opción fundamental
por los sectores y los pueblos oprimidos y en su orientación hacia una praxis
transformadora.

Para poder condenarla, el Vaticano tuvo que desfigurarla antes, hasta falsear su
contenido. En la Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación,
publicada en 1984, Ratzinger acusó a dicha teología de reducir la fe cristiana a un
humanismo terrestre, emplear acríticamente el marxismo, ofrecer una interpretación
racionalista de la Biblia, identificar la categoría bíblica de “pobre” con la categoría
marxista de “proletariado” y entender la Iglesia popular como Iglesia de clase en su
acepción marxista. Ninguno de las teólogas y teólogos de la liberación se veía reflejado
con esa interpretación de su pensamiento.

El propio Juan Pablo II tuvo que corregir la severa condena de la Congregación
para la Doctrina de la Fe en una carta dirigida al Episcopado brasileño en la que
afirmaba que la teología de la liberación es “no solo oportuna, sino solo útil y
necesaria”.

El castigo “ejemplarizante” no tardó en llegar. El brasileño Leonardo Boff, uno
de los principales creadores y representantes de la teología de la liberación, fue
procesado por su libro Carisma: Iglesia y poder y condenado a una pena llamada
piadosamente –cínicamente, diría mejor- “un tiempo obsequioso de silencio”, que en
realidad era un castigo en toda regla. Antes las sospechas había recaído sobre el
sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, considerado uno de los padres de la Teología de
la Liberación, que fue acusado de 10 errores. Al final no fue condenado por negarse a
ello un sector mayoritario del episcopado peruano y por el apoyo a Gutiérrez de algunos
de los más prestigiosos teólogos europeos como Karl Rahner y Edward Schillebeekx.

Las sospechas continuaron en las décadas siguientes y con ellas llegaron nuevas
sanciones. Fue condenada la teóloga feminista brasileña Yvone Gebara, que constituía
una de las primeras llamadas de atención del Vaticano contra la teología feminista. Lo
fue de nuevo Boff, quien decidió, tras la segunda condena, abandonar Orden
franciscana, pero no el espíritu eco-fraterno de San Francisco, que a partir de ese
momento desarrolló de manera preferente.

Ampliaba así el horizonte de la teología de la liberación a la liberación de la
tierra del modelo de desarrollo científico técnico de la Modernidad, el principal
depredador de la Madre Tierra. Introducía así un nuevo principio en la reflexión
teológica: el principio-Tierra en sintonía como las investigaciones de los teóricos del
ecologismo y del movimiento ecologista, que ha sido objeto de numerosos asesinatos de
sus líderes y lideresas.

Unos años más tarde, ya durante el pontificado de Benedicto XVI, dos obras del
teólogo hispano-salvadoreño Jon Sobrino recibieron una severa censura: Jesucristo
liberador. Lectura histórico-teológica sobre Jesús de Nazaret (Trotta, 1991) y La fe en
Jesucristo. Ensayo desde la víctimas (Trotta, 1999) por supuestos errores e
imprecisiones de carácter cristológico.

He aquí algunos: su afirmación de la centralidad de los pobres como lugar
teológico central de la cristología; la falta del oportuno y conveniente respeto a las
formulaciones de los Concilios de los primeros siglos del cristianismo; la ausencia de
claridad suficiente en la afirmación de la divinidad de Cristo; la autoconciencia de
Jesús, el valor salvífico de la muerte de Cristo, la relación entre Jesús y el reino de Dios,la encarnación del Hijo de Dios.

En realidad no había nada nuevo en la condena. Son los mismos errores de los
que venimos siendo acusados los teólogos y las teólogas desde hace más de 40 años.
¿Son realmente errores aquellos de los que la Congregación para la Doctrina de la Fe a
Sobrino o estamos, más bien, ante una lectura sesgada y una incorrecta interpretación de
sus textos? Más bien lo segundo, como se encargó de demostrar el propio Sobrino en un
largo y riguroso escrito de defensa frente a las afirmaciones de la Notificación vaticana.

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