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El plátano, la parábola de nuestro tiempo

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Zirikatzen

Debajo de los encabezados que hablan de carestía de alimentos y gobiernos tambaleantes, un hecho pasa casi inadvertido: Los plátanos mueren. Este alimento, más consumido que el arroz o las papas, tiene su propia forma de cáncer. Se trata de un hongo conocido como enfermedad de Panamá, que da a la fruta un color rojo ladrillo y la vuelve incomible.
El autor, galardonado colaborador de «The Independent» y de una veintena de publicaciones más, analiza en este artículo las malas conductas de las corporaciones, en este caso bananeras, que sólo buscan maximizar sus ganancias a costa de arrasar con lo que sea.

No hay cura. Todos los frutos perecen conforme se propaga, lo cual ocurre de prisa. Pronto -entre 10 y 30 años- la fruta amarilla y cremosa que conocemos no existirá más.

La historia del ascenso y caída del plátano puede verse como una extraña parábola sobre las corporaciones que cada vez dominan más al mundo y a dónde nos están llevando.

El plátano parece un espléndido producto de la naturaleza, pero eso es una dulce ilusión. En su forma actual, su creación fue bastante deliberada. Hasta hace 150 años existía gran variedad de plátanos en las selvas del mundo, los cuales se consumían siempre en las zonas cercanas. Algunos eran dulces; otros, amargos. Los había verdes, morados o amarillos.

Un consorcio llamado United Fruit sacó de la selva un tipo en particular -conocido como Gros Michael- y decidió producirlo en masa en enormes plantaciones, y distribuirlo por el mundo en barcos frigoríficos. El plátano se estandarizó en un modelo amigable: amarillo, cremoso y cómodo de llevar en la lonchera.

Hubo allí una chispa de genio empresarial, pero United Fruit ideó un cruel modelo de negocio para llevarlo a cabo.

Como explica el escritor Dan Koeppel en su brillante historia «Banana: the fate of the fruit that changed the world (Plátano: el destino de la fruta que cambió al mundo)» funcionó así: Encuentra un país débil. Asegúrate de que el Gobierno sirva a tus intereses. Si no lo hace, derrócalo y remplázalo por uno que sí. Quema sus selvas y construye plantaciones de plátano. Haz que los nativos dependan de ti. Aplasta cualquier brote de sindicalismo. Y luego, ¡lástima!, hay que ver morir los plantíos de plátano por una enfermedad que se disgrega por el mundo. Si eso ocurre, arrójales toneladas de químicos, a ver si sirve de algo. Si no, pásate al país de al lado y vuelve a comenzar.

Parece una exageración hasta que uno estudia lo que pasó. En 1911 el magnate platanero Samuel Zemuray decidió convertir a Honduras en su plantación privada. Reunió algunos gángsteres internacionales, como Guy Ametralladora Maloney; montó un ejército privado e invadió la nación, instalando a un amigo de presidente.

El término «república bananera» se inventó para describir las dictaduras serviles que se crearon para favorecer a las empresas del plátano. A principios de la década de 1950, el pueblo guatemalteco eligió a un profesor de Ciencias llamado Jacobo Arbenz, porque prometió redistribuir parte de los fincas bananeras entre los millones de campesinos sin tierra.

El presidente estadounidense Eisenhower y la CIA (encabezada por un ex empleado de United Fruit) giraron instrucciones de matar a esos «comunistas», haciendo notar que «martillo, hacha, pinzas, desarmador, atizador de fuego o cuchillo de cocina» eran buenos métodos para ese fin. Luego la tiranía con la que los remplazaron asesinó a más de 200.000 personas.

Pero, ¿en qué forma se relaciona esto con la enfermedad que hoy diezma los platanares del mundo? Las pruebas indican que, aun cuando vendan algo tan inocuo como los plátanos, las corporaciones se estructuran para hacer una sola cosa: Maximizar las ganancias de sus accionistas. Si no hay normas que las contengan, harán lo que sea por maximizar las ganancias a corto plazo, lo cual conducirá a conductas como destruir el medio ambiente que explotan.

No mucho después de que la enfermedad de Panamá comenzara a matar plátanos, a principios del siglo XX, científicos de United Fruit advirtieron al consorcio de que cometía dos errores. Uno era construir un gigantesco monocultivo: Si todos los plátanos eran de la misma especie, una enfermedad que entrara en la cadena en cualquier lugar del planeta se propagaría con rapidez. ¿La solución? Diversificar las variedades que se producían.

Las normas de cuarentena de la empresa también eran una calamidad. Hasta las personas encargadas de prevenir la infección entraban en plantíos sanos con suelo infectado adherido a sus botas. Pero las soluciones a los dos problemas costaban dinero, y United Fruit no quería pagar. Optó por maximizar ganancias hoy, suponiendo que podría abandonar el negocio del plátano si las cosas salían mal.

Así pues, para la década de 1960 el Gros Michel, que United Fruit había empacado como el único plátano auténtico, estaba muerto. La compañía buscó un remplazo inmune al hongo y al fin dio con el Cavendish. Era más pequeño, menos cremoso y muy fácil de magullar, pero no había otra.

Pero, como en una secuela de película de horror, el asesino volvió. En la década de 1980, el Cavendish enfermó también. Ahora está muriendo; su inmunidad era un mito. En muchas partes de África la cosecha ha caído el 60%. Existe consenso entre los científicos de que el hongo acabará infectando todos los plátanos de esa variedad en el mundo.

Tal vez habría alguna especie que pueda adaptarse, como el plátano 3.0, pero son tan diferentes que parecen una fruta del todo distinta y mucho menos apetitosa. El contendiente más probable es el Goldfinger, que es más rígido y agrio: se le conoce como «la banana ácida».

Gracias a la mala conducta corporativa y a los límites físicos, parece que estamos en un callejón sin salida. La única esperanza parecería ser un plátano genéticamente modificado para resistir la enfermedad de Panamá. Pero es una posibilidad remota, y encontraría mucha resistencia: ¿a quién le gustaría un banana split hecho con un plátano que contuviera genes de pescado?

¿Hay una parábola de nuestro tiempo en este licuado de plátano, sangre y hongos? Durante cien años, un puñado de corporaciones recibieron una fruta espléndida y se les permitió hacer lo que quisieran con ella. ¿Qué ocurrió? Para exprimirle hasta la última gota de ganancia, destruyeron democracias, quemaron selvas y acabaron matando la fruta misma.

Pero, ¿acaso hemos aprendido? Por todo el mundo, políticos como George Bush y David Cameron nos dicen que regular las corporaciones es «una amenaza» que hay que «combatir»; incluso sostienen que debemos dejar en sus manos el clima del mundo.

Para mí, sería una locura.

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