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EL PERSONAJE : MANUEL II EL PALEÓLOGO, EL ELEGIDO DE DIOS. Toti Martínez de Lezea

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Religión Digital

Biografía
Manuel II Paleólogo (27 de junio de 1350) fue emperador bizantino de 1391 a 1425 . Con Helena Dragas, hija de un príncipe serbio, tuvo siete hijos: Miguel (muerto en 1406), Juan, Teodoro, Andrónico, Constantino, Demetrio y Tomás.

Cuando murió su padre, él era rehén en la corte otomana de Bayaceto I en Prussa (la actual Bursa), pero logró escapar. A continuación fue asediado en Constantinopla por el sultán, cuya victoria sobre los bizantinos en la batalla de Nicópolis (25 de septiembre de 1396) no le permitió, sin embargo, tomar la capital.

Manuel decidió entonces viajar a Occidente personalmente en busca de ayuda, y con este fin visitó Italia, Francia, Alemania e Inglaterra, sin éxito real. La victoria de Tamerlán sobre los turcos en la batalla de Ankara en 1402, y la muerte de Bayaceto en 1403 le permitieron un respiro ante la constante presión otomana. Mantuvo buenas relaciones con Mehmed I, pero volvió a ser asediado en su capital por Murad II en 1422. Poco antes de su muerte, se vio obligado a firmar un acuerdo por el cual el Imperio bizantino se comprometía a pagar tributo al sultán.

Manuel escribió muchas obras de distinto tipo: teológicas, retóricas, poéticas, así como de una colección de epístolas.

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Benedicto XVI ha dado pie a una polémica, religiosa y diplomática, debida a una infortunada referencia histórica en el curso de una lección magistral en la Universidad de Ratisbona (Alemania), al citar una frase de un diálogo del siglo XV mantenido entre el emperador de Bizancio Manuel II Paleólogo y un embajador persa. Sin embargo, una cosa ha traído otra y así algunos nos hemos interesado por un personaje de quien ahora todo el mundo habla como si lo conociese de siempre, cuando resulta ser un desconocido excepto para los historiadores y estudiosos de la Edad Media y, más concretamente, de los imperios bizantino y otomano, y para el Papa, por supuesto.

Manuel II Paleólogo -que no era un apodo, sino el apellido de su familia- era tataranieto de Miguel VII Paleólogo, quien reconquistó Constantinopla, actual Estambul, saqueada durante la IV Cruzada. Los cruzados asesinaron a miles de cristianos, hombres, mujeres y niños bizantinos; desvalijaron y destruyeron casas e iglesias, incluida la basílica de Santa Sofía, enviaron a los reinos occidentales incontables obras de arte y reliquias y colocaron en el trono a uno de los suyos. En el año 1261, Miguel instauró una nueva dinastía tras la reconquista de Constantinopla, aunque el imperio hacía tiempo que no era sino un pálido reflejo de lo que había sido desde que fue ocupado por colonos griegos en el año 1000 aC. y Bizancio fundado cuatro siglos más tarde.

A lo largo de doscientos años, los Paleólogos se enfrentaron a los venecianos y genoveses, que pujaban por controlar el mercado de las especias, y a los turcos otomanos, cuyo imperio ocupaba ya el Oriente Medio y parte de la Europa oriental, y amenazaba al resto. Pero también lucharon entre ellos, se traicionaron y se vendieron al mejor postor, ya fuera cristiano o musulmán. Manuel II Paleólogo parece haber sido una excepción.

Tras pasar su juventud compartiendo las tareas de gobierno junto a su padre, llegó al trono a los cuarenta y un años después de ser testigo de los errores cometidos por Juan V y de las traiciones de su hermano Andrónico y del hijo de éste. Fue coronado como ‘emperador de toda la cristiandad ortodoxa y elegido de Dios para conducir los asuntos del imperio en la Tierra’, una fórmula por la que se quería revivir el antiguo esplendor, pero Bizancio ya sólo abarcaba la capital, Constantinopla, y algunos territorios dispersos. De atractivo aspecto, porte regio y muy culto fue muy querido por los bizantinos y respetado por amigos y enemigos. Sus alianzas con los sultanes turcos -alternadas con numerosos enfrentamientos, incluidas épocas de vasallaje a los mismos-, han sido vistas por algunos especialistas como debilidad y prueba de mala administración cuando, en realidad, fue la única forma que encontró para preservar a sus súbditos y a su diminuto estado del empuje otomano. Los reyes cristianos de occidente, a quienes acudió en busca de ayuda durante un viaje que duró tres años, lo recibieron con todos los honores, lo agasajaron, le prometieron hombres, armas y dinero, pero todo quedó en agua de borrajas. Incluso las muy cristianas Venecia y Génova firmaron pactos con el sultán para mantener su comercio en aquellos territorios en detrimento del asediado imperio.

Manuel II Paleólogo, emperador de los restos de un gran imperio que fue gobernado por Ciro el Grande, Alejandro Magno y todos los emperadores romanos hasta Constantino, tuvo siete hijos varones de su matrimonio tardío con una princesa serbia y murió, retirado en un monasterio ortodoxo, a la edad de setenta y cinco años, siendo rápidamente olvidado. La controvertida cita lo ha sacado del olvido y así hemos sabido que, a pesar de vivir en paz en contadas ocasiones, también sacó tiempo para leer y escribir numerosas cartas, tratados teológicos, poesía y retórica, como el ‘Epitafio al Déspota Teodoro de Mistra’, el ‘Tratado sobre los sueños’, el ‘Tratado sobre los Deberes de un Príncipe’ o el ‘Diálogo con un persa’ escrito hacia 1399, una frase del cual es motivo de la actual polémica. Fue por tanto un gobernante ilustrado que, según relatan las crónicas, nunca antepuso su ambición a los intereses de su pueblo, y esto es lo mejor que puede decirse de un gobernante de ayer y de hoy.

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