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El pastor y el rebaño, ¿una metáfora desafortunada? -- Antonio Gil de Zúñiga

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Si el “lenguaje es la casa del ser”, según la máxima de M. Heidegger, hay que cuidarlo como tal, con esmero y con la intencionalidad de acercarse al referente, a la realidad, con la mayor exactitud posible. No en vano afirmaba la filosofía escolástica que la verdad es “adaequatio intellectus cum re”. Y para ello el ser humano posee una potente herramienta que es el signo lingüístico. Ahora bien, su objetivo primordial es captar la realidad que está fuera del sujeto para transmitírsela a otro, al receptor. Sin embargo, el lenguaje como producto humano, no siempre cumple con esa función primordial de transmitir la realidad tal cual; no siempre se comporta de manera inocente, sino que, a diferencia del lenguaje animal, como advierten CK. Ogden y IA. Richards, puede llegar a la perversión, a un intento de engañar al receptor mediante una “verdad” camuflada.

La metáfora, como expresión semántica, corre el riesgo de que al ser una imagen espejo de algo que se pretende significar, el hablante la puede usar de modo torticero, engañoso. Es aquí donde hay que contextualizar la metáfora del pastor y el rebaño. Una bella metáfora que la emplea profusamente el Antiguo Testamento para significar la amorosa preocupación de Dios por sus criaturas, por el pueblo de Israel. Jesús de Nazaret la hace suya y la transmite a sus seguidores, hombres y mujeres, que después de Pentecostés conformarán una comunidad, la Iglesia del Resucitado.

Pero a lo largo de la historia de la Iglesia la hermenéutica de esta metáfora se interpreta literalmente y no como imagen de otra realidad, es decir, que alguien, el pastor, tiene la responsabilidad delegada para ponerse al servicio amoroso de otros, el rebaño, y todos forman una comunidad de iguales como creyentes en el Jesús resucitado. La interpretación literal, por el contrario, nos lleva a otra realidad muy distinta: el pastor es el dueño absoluto del rebaño; él está en un plano existencial y eclesial diferente, mientras que la oveja, como un ser distinto al pastor debe someterse sin rechistar, sin ni siquiera un débil balido. De ahí que la Iglesia la constituyen los pastores, mientras que las ovejas son meros apéndices de la misma, sin otra tarea que la sumisión, como resalta la encíclica de Pío X, Vehementer Nos. Ya Pablo de Tarso en sus cartas a Timoteo (I Tim 3,1-7) y a Tito (Tit 1,6-8) advertía de los riesgos de interpretar esta metáfora en un sentido literal: tanto el obispo como el presbítero han de ser ejemplares dentro de la comunidad, no altivos y poderosos.

Lo cierto es que la interpretación literal de esta metáfora se ha impuesto a lo largo de la historia de la Iglesia, llegando a situaciones insospechadas como las que he podido escuchar en estas semanas pasadas al recordarnos la liturgia la parábola del buen pastor. En una homilía, un sacerdote nos invitaba a amar a los pastores, porque éstos son “la Iglesia de Cristo”, remataba. De aquí hay un paso a la noticia de estos días en que un cura argentino ha prohibido entrar en el templo a mujeres con minifalda o con pantalón; supongo que este cura considera que el templo es suyo y puede establecer las normas que quiera y a su antojo. Esta noticia me lleva a la década de los setenta cuando en un viaje por Italia no pude visitar la catedral ni la torre de Pisa por llevar pantalones cortos.
La metáfora, pues, del pastor y el rebaño se ha ido desprestigiando con asombro y más si cabe en nuestros tiempos posconciliares, donde en la Lumen Gentium  se establecieron las bases de igualdad dentro del pueblo de Dios, la Iglesia; pero el lenguaje sigue siendo el mismo y con un significado muy diferente a la metáfora bíblica. Esta metáfora así desprestigiada se convierte en desafortunada por cuanto

1. Coarta la libertad dentro de la Iglesia, tan apreciada por Pablo de Tarso y para G. Bernanos, “el escándalo del universo”, al pretender la jerarquía un “rebaño de borregos sumisos”, donde la uniformidad sea el territorio de actuación. No cabe el pluralismo y, siguiendo con la metáfora, no se permite que alguna oveja se distancie del rebaño, pues de inmediato se azuza al “perro”, léase la norma y la ley, para integrarla de nuevo. Gregorio XVI (1831-1846) en su encíclica Mirari vos, condenó la libertad de conciencia como opinión absurda y errónea. ¿Dónde está la intimidad de la conciencia o aquel dicho de que “de internis, neque Ecclesia?,

2. Sin libertad no hay responsabilidad. La Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, mediante el agua y el Espíritu Santo, se constituye en “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa…” (I Petr 2,9-10). Por lo tanto, todos los miembros de este pueblo, mediante el bautismo, participan de un mismo sacerdocio, de la “función profética de Cristo” (Lumen Gentium, II, 12), de una misma fe y de un mismo Espíritu, que es quien otorga los diversos dones y carismas para “común utilidad” (I Cor. 12,7) del pueblo de Dios.

3. Sin responsabilidad no hay compromiso eclesial. La fe es compromiso eclesial hasta el punto de que en una parroquia, por ejemplo, que la fe se viva comunitariamente con las exigencias evangélicas es tarea de cada uno, no sólo del sacerdote. El laico no es, pues, un mero colaborador del sacerdote o del obispo. La vivencia de una fe comprometida y comunitaria, por ejemplo, es la que se lleva a cabo en un barrio barcelonés, donde, en una iglesia sin párroco, “abandonada” canónicamente, celebran la eucaristía los domingos, presidida por un cura de otra parroquia, los laicos programan y realizan catequesis de primera comunión y de confirmación, organizan cursos diversos, prestan ayudas a los necesitados del barrio, etc; en definitiva, viven su fe comunitaria desde la responsabilidad y el compromiso.
4. Sin compromiso eclesial no hay comunidad, en definitiva, no hay Iglesia. No en vano escribe JM. R. Tillard que la “naturaleza de la Iglesia, tal como la comprende la primera tradición se resume en la comunión, en koinonia… y este ser de comunión constituye su esencia”. Una koinonia que por la responsabilidad compartida desemboca en diakonia, en servicio y acogida.

Es cierto que hay otros aires renovadores en torno a la metáfora “pastor-rebaño” por parte del papa Francisco, quien pretende poner las cosas en su sitio, por más que algunos obispos y sacerdotes, tal vez demasiados, hagan mofa de su hermenéutica pastoral, como aquella del pastor con olor a oveja. Pero la posición del papa, por fortuna, es clara como la que sostiene en un escrito reciente enviado al cardenal Ouellet (uno de los curiales recelosos de las actuaciones del papa Francisco), presidente de la Pontificia Comisión para América Latina.

Destaco estos dos párrafos:
A) “Mirar al Pueblo de Dios es recordar que todos ingresamos en la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos, es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo,(los fieles) quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo (LG 10). Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo. Nos han bautizado laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar. Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una élite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios. Olvidarnos de esto acarrea varios riesgos y deformaciones tanto en nuestra propia vivencia personal como comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado. Somos, como bien lo señala el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, cuya identidad es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo”(LG 9).

B) “El clericalismo lleva a la funcionalización del laicado; tratándolo como “mandaderos”, coarta las distintas iniciativas, esfuerzos y hasta me animo a decir, osadías necesarias para poder llevar la Buena Nueva del Evangelio a todos los ámbitos del quehacer social y especialmente político. El clericalismo lejos de impulsar los distintos aportes, propuestas, poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar en el corazón de sus pueblos. El clericalismo se olvida que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cfr. LG 9-14). Y no solo a unos pocos elegidos e iluminados”.

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