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El paradigma que viene. Reflexiones sobre la teología del pluralismo religioso -- José María Vigil

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Para la Revista Iberoamericana de Teología4(enero-junio 2007)55-72Universidad Iberoamericana, México.
Resumen
Desconocida todavía por el gran público y denostada por sus críticos institucionales, la teología del pluralismo religioso (TPR) es ya una realidad que está dando sus primeros pasos, lentamente pero con seguridad, dentro del pensamiento teológico actual. Sobre la base de este supuesto, el autor hace diversas consideraciones particularmente sobre su significado e implicaciones.

TPR: no una nueva rama de la teología, sino una nueva teología

Todavía éste es el gran equívoco que sufren los desapercibidos respecto a la TPR: la consideran un tema más, una “rama” más de la teología de siempre… Una pieza nueva a incluir dentro del gran mosaico de la teología. A todas las teologías que ya tenemos, habría que añadir ahora una más, que compartiría con las demás prácticamente todo (axiomas, postulados, principios, fuentes, metodologías…), sólo que aportaría un tema nuevo, a saber, la “diversidad” de religiones, tema sobre el que, en efecto, la teología clásica no había reflexionado. Es un error pensar de esa manera.

La TPR es una teología nueva. No cambia sólo de tema, sino de supuestos profundos. En muchos casos produce una fricción y hasta resulta incompatible con la teología clásica. Sufre por eso el ataque de las posiciones teológicas conservadoras, jerárquicas o no. Toda teología nueva que ha surgido en la Iglesia, cuando ha sido realmente “nueva”, es decir, cuando ha implicado un cambio en las “reglas del juego” (los supuestos, los grandes principios, los axiomas, etc.), ha producido fricción y ha suscitado oposición y hasta condenas. Es ley de vida, y tributo al avance de la historia. Muchos todavía ignoran que la TPR no es una teología “sectorial”, que no es la rama de la teología que estudia el “pluralismo religioso” como objeto a teologizar. Eso sería una “teología de genitivo”, la teología “del” pluralismo religioso. La TPR es más bien una teología “de ablativo”: teología “de” (desde) el pluralismo religioso asumido como nueva perspectiva.

 El pluralismo religioso no es la “materia” de estudio de la nueva teología (una teología material o de genitivo); el pluralismo religioso es la “forma”, la “formalidad”, la perspectiva o pertinencia… desde la que estudia su objeto, cualquier objeto que estudie. Sin negar, pues, que pueda estudiar concretamente la pluralidad religiosa, TPR es toda teología (eclesiología, cristología y sacramentología entre otras) que estudia su respectivo objeto de estudio desde la perspectiva del pluralismo religioso asumido. ¿De qué habla la TPR? ¿De pluralidad de religiones? No. Habla de todos los mismos temas de que habla la teología clásica, sólo que lo hace desde una perspectiva nueva: el pluralismo religioso asumido como principio.

 Es bueno distinguir “pluralidad” y “pluralismo”. Aunque esta segunda palabra sea utilizada casisi empre como sinónimo de la primera, es susceptible de un significado más técnico.

 
 2TPR es pues teología en una nueva perspectiva, desde un punto de vista nuevo, y por tanto no es algo “sectorial” (un sector de la teología, una rama, una parte), sino algo “trasversal”: desde la nueva perspectiva se pueden estudiar –con resultados nuevos, obviamente– todos los temas que antes ueron estudiados con la vieja perspectiva. Toda la “vieja teología puede (y debe) ser rehecha, replanteada, “reconvertida” con la nueva perspectiva. La TPR anuncia la nueva perspectiva a la que tiene que re-convertir toda la teología

TPR: un “cambio de paradigma”
Lo que acabamos de decir puede ser expresado de otro modo diciendo que la TPR supone un “cambio de paradigma”. No hace más de dos décadas que este concepto cobró carta de naturaleza en el mundo de la teología, proviniendo del mundo de la ciencia. Hoy es un concepto absolutamente común –a veces demasiado común, utilizado sin discernimiento para referirse a cualquier cambio-. La TPR implica un “cambio de paradigma” en el sentido fuerte, o sea, en el sentido de esas grandes transformaciones, replanteamientos profundos, verdaderas “revoluciones científicas” que se dan en momentos especiales de la historia, y cuya frecuencia tal vez hoy se vea incrementada por la propia aceleración de la historia. Es ya muy conocido el pensamiento de Thomas Kuhn al respecto.

 En tiempos “normales” la comunidad científica –y lo mismo ocurre con la teológica– avanza por crecimiento cuantitativo, por acumulación de conocimientos que se suman al acervo ya conseguido, y que son colocados y asimilados dentro de los esquemas, postulados y axiomas que están en vigor, pacíficamente poseídos.

Pero la historia avanza, y el movimiento produce un lento pero continuo desajuste. Las nuevas posibilidades creadas por los avances científicos llega un momento en que dan juego para otra forma de concebir y de organizar el acervo de los conocimientos, a la vez que por diversas partes se descubre deficiencias en el ordenamiento actual, lo que hace presión en la dirección de encontrar una reestructuración científica que supere las dificultades actuales.
En medio de esa situación de tensión científica, aparece una nueva propuesta de reorganización del conjunto de los conocimientos científicos, un nuevo modelo global, un nuevo “paradigma”, que sacude convicciones profundas (postulados y axiomas) hasta entonces tenidos por indiscutibles y casi evidentes.

Es el momento del “salto cualitativo”, que será objeto de grandes resistencias de parte de los científicos conservadores, pero que acabará conquistando las mentes y los corazones de la comunidad científica global. El concepto de “cambio de paradigma”, proveniente, como decimos, del ámbito científico, se ha aplicado ya a la teología, y podríamos aplicarlo a la cosmovisión cristiana en general.

También éstas se desarrollan en tiempos “normales” por un crecimiento “cuantitativo” que se va acumulando, pero después de un tiempo surge un malestar ante las nuevas preguntas que surgen de la realidad, los nuevos desafíos, y la sensación de que la representación que nos hacemos de todo ello ya no da respuesta adecuada a las nuevas preguntas. En esa situación de tensión, surgen propuestas de una nueva reorganización, de una nueva comprensión del conjunto, mediante la guía de nuevos principios organizadores. Axiomas y postulados teológicos o espirituales que antes parecían intocables y evidentes, ahora pierden credibilidad y plausibilidad y son abandonados y sustituidos por novedosas intuiciones profundas. Esto es lo que significa la aparición de la TPR: un cambio de paradigma. De alguna manera es aquello de “no un cambio más en la época, sino un cambio de época”; no es una novedad dentro de la teología, sino una teología nueva, otra forma de concebirlo y reorganizarlo todo en la teología. La TPR no es el único cambio de paradigma, ni –evidentemente- será el último… Para comprenderlo mejor, es útil enmarcarlo en el conjunto de los cambios de paradigma que hemos vivido y de los que parecen avecinarse -o que tal vez ya están presentes en la escena-.

En la población actualmente viviente todavía hay un buen sector mayor que conoció y vivió personalmente en la primera época de su vida el tiempo del cristianismo anterior al Vaticano II. Sustancialmente era el mismo cristianismo medieval y barroco, con ligeras adaptaciones para supervivencia.

Era el cristianismo escolástico-tomista, opuesto a la modernidad. Era un cristianismo exclusivista: oficialmente estaba en vigor el “extra Ecclesiam nulla salus” (“Fuera de la Iglesia no hay salvación”). Fue el cristianismo en el paradigma clásico. El Concilio Vaticano II supuso un radical cambio en el cristianismo: la reconciliación con la modernidad, con la “primera ilustración”, con los valores liberal-burgueses de la libertad, el valor…
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 Parafraseando el famoso slogan casi intraducible de las comunidades de base de Brasil (“as CEBs são não uma Igreja nova, mas o novo jeito de toda a Igreja ser”) diríamos que la TPR, la asunción del pluralismo como actitud, es la nueva forma que tendrá que asumir toda la teología.

 T. KUHN, La estructura de las revoluciones científicas, Fondo de Cultura Económica, México 2001.

 
personal, la democracia, la valoración del mundo… Pasó del exclusivismo al inclusivismo. No fue un añadido cuantitativo al conjunto cristiano, sino un cambio realmente estructural, en el que todo fue reordenado, una relectura total del cristianismo; o sea, un profundo “cambio de paradigma”.

La recepción del Concilio en América Latina no fue una mera recepción pasiva, sino una recepción creativa, que acogió el paradigma conciliar y lo fecundó con el encuentro con la “segunda ilustración”: la encarnación en la historia, la vuelta al Jesús histórico, la dimensión liberadora y la opción por los pobres. El cristianismo así reformulado, muy dependiente de la herencia conciliar en lo fundamental, se mantuvo dentro del inclusivismo, aunque daba señales de necesitar un marco más amplio, creando el concepto y la perspectiva del macroecumenismo. Originado en América Latina, saltóa otros continentes, hasta convertirse en una original aportación latinoamericana al cristianismo universal: fue el paradigma liberador.

La TPR, o mejor dicho, la “propuesta de relectura pluralista del cristianismo”, es el cambio de paradigma con el que actualmente comienza a confrontarse el cristianismo. De él es de lo que estamos tratando en este estudio y no hace falta que describamos más en detalle en este momento ese cambio de paradigma

Pasemos al paradigma siguiente. Asoman por el horizonte los signos de un cambio de paradigma que ya se está presentando con toda su crudeza en el continente europeo, pero que todo hace prever que se extenderá tarde o temprano al resto de los continentes.

En Europa, culturalmente hablando, el cristianismo está desapareciendo como religión institucional. Lo que queda son “restos de un naufragio” en curso que parece imposible revertir. La interpretación oficial del cristianismo es que “Europa ha decidido dar la espalda a Dios y a los valores religiosos”… con lo que la oficialidad corrobora que es incapaz de entender la crisis y que está además ayuna de propuestas para remontarla. Están surgiendo nuevas interpretaciones, no culpabilizantes, que interpretan lo que está pasando como el “fin de la época agraria”.

Europa sería la primera sociedad del planeta donde prácticamente han desaparecido ya los vestigios de esa sociedad agraria y ha comenzado a surgir un nuevo tipo de sociedad, la “sociedad del conocimiento”. Pues bien, las “religiones” se formaron precisamente en el alba de revolución agraria, con el neolítico.

Las “religiones” serían la forma que la espiritualidad de siempre del ser humano ha asumido durante la época agraria, con unas características y unos papeles muy concretos, y hoy ya muy estudiados. En la nueva “sociedad del conocimiento” que está comenzando a formarse, la espiritualidad del ser humano continuará, por supuesto, pero desprendida de esa forma llamada “religión”. Será una espiritualidad “post-religional”. 

Si el cristianismo sobrevive a este cambio epocal, evidentemente tendrá que ser un cristianismo “post-religional”, un cristianismo releído desde un paradigma situado más allá de las religiones. Este último paradigma, todavía prácticamente no abordado ni siquiera vislumbrado en la teología actual, se nos presenta lleno de implicaciones inimaginables: la nueva forma “religiosa” de ser será una religión sin “creencias”, sin “religión” , y probablemente será una religión liberada del “teísmo”. 

Como se ve, pues, la TPR, o la propuesta de fondo que ella vehicula –la “relectura o reconversión pluralista del cristianismo”- es sólo “un paradigma más”, uno de los varios que se dan cita en la encrucijada de la historia que hemos vivido y que estamos por vivir. Dentro de este marco queda mejor situada la comprensión de la TPR.

 Remito al lector a mi libro Teología del pluralismo religioso. Curso sistemático de teología popular, editorial Abya Yala, Quito 2005.

 Empleado el término en sentido técnico.

Vengo proponiendo este neologismo para evitar decir “post-religiosa”, lo que sería evidentemente equívoco. Lo “post-religional”, en efecto, sigue siendo religioso, en el sentido profundo, aunque no tenga que ver ya con las “religiones”. Esté más allá de ellas, en un mundo probablemente tan religioso o más que el tradicional, pero un mundo “sin las religiones”, que no tendrían cabida en una “sociedad del conocimiento”. Véase M. CORBÍ,
Religión sin religión, PPC, Madrid 1996. También la página del
CETR, Centro de Estudio de las Tradiciones Religiosas, con mucho material:.

 Del tema de un cristianismo sin religión ya se ha hablado varias veces en el reciente pasado. Recordemos simplemente las obras de BONHOEFFER
 o la de G.THILS, Cristianesimo senza religione? ,Borla, Torino 1969.

 Un autor que acaba de exponer de nuevo este desafío, retomándolo de una figura señera, de la que se siente heredero, J. SHELBY SPONG
: A new Christianity for a new world: Why traditional faith isdying and how a new faith is being born, Harper SanFrancisco, San Francisco 2001.
 
 Por otra parte, hay que recordar que en teología y en espiritualidad, los paradigmas no son necesariamente sustitutivos, sino que pueden ser adicionales. Con frecuencia se suman y se entremezclan. Así, el paradigma liberador no pretendía sustituir al paradigma conciliar, sino, al contrario, aplicarlo con fidelidad y profundidad, prolongándolo. De la misma forma, el paradigma pluralista, aunque en el mundo anglosajón, donde más se ha desarrollado, ha crecido un tanto de espaldas al paradigma anterior, el liberador, es susceptible de fundirse enteramente con él

TPR: una gran mutación
Todos los cambios de paradigma han significado grandes mutaciones en el cristianismo. El Concilio Vaticano II por una parte, y el fenómeno de la teología de la liberación con su boom de comunidades de base y movimientos populares latinoamericanos, fueron “cambios de paradigma” muy aparatosos.

Hasta la misma sociedad civil se sintió sacudida por la conmoción que produjeron. La TPR, por el contrario, se está introduciendo sin ninguna aparatosidad, y sin conmoción social asociada. Por eso, ni la sociedad civil, ni tampoco la base misma de las Iglesias, ni –incluso- muchísimos teólogos y teólogas, se han percatado de que estamos de nuevo ante la gran mutación que supone un nuevo cambio de paradigma.

En mi opinión, la TPR es esa tercera “grande ola” que sucede a aquellas dos anteriores que fueron la del Concilio Vaticano II y la de la teología de la liberación. Nada de tamaña importancia ha ocurrido –teológicamente hablando- desde entonces. Por supuesto que recordamos todos los desafíos del posmodernismo en la historia política y en la sensibilidad cultural de las últimas décadas, pero creo que, como conjunto, no se puede decir que hayan comportado una propuesta teológica nueva, con la hondura estructural de un verdadero “nuevo paradigma”.

Los desafíos del posmodernismo han sido recepcionados y en buena medida asimilados, pero no han tenido la envergadura suficiente como para poder ser catalogados como un “nuevo paradigma”. ¿Por qué podemos hablar de “gran mutación” en el caso de la TPR, y en qué consiste? Podemos afirmar que se trata de una gran mutación en el caso de la TPR, porque comporta la superación de elementos profundos y estructurales que afectan a todo el conjunto del patrimonio simbólico del cristianismo de un modo decisivo. La TPR inaugura un tipo nuevo de cristianismo que nunca antes se dio. Con la modalidad de cristianismo que la TPR introduce se abre una nueva época, tras 19 siglos y medio vividos en el exclusivismo, más el escaso medio siglo que llevamos en el inclusivismo

Como es sabido, el inclusivismo es sólo una cierta superación del exclusivismo. Supera el exclusivismo en cuanto que reconoce que hay salvación fuera de la propia Iglesia (ya no se afirma que «fuera de la Iglesia no hay salvación»), pero ahora se afirma que la salvación que sí hay fuera de la Iglesia, es una salvación «cristiana», una salvación que pertenece en propiedad original a la propia Iglesia: es decir, en el fondo sigue siendo una visión exclusivista; los demás participan de la salvación, pero esa salvación de la que participan es nuestra, no de ellos… El inclusivismo es, pues, una «forma suavizada de exclusivismo», aparentemente superadora del mismo, pero que de hecho le permite sobrevivir agazapado en zonas más profundas. Pues bien, la TPR supone la superación de los veinte siglos de ex/inclusivismo, y el pasaje a un cristianismo “pluralista” , un cristianismo nunca vivido hasta ahora, que –podríamos decir- todavía está por inventar.

Como es sabido –y no es éste el lugar para mostrarlo- el “carácter pluralista” del cristianismo no es un detalle periférico, sino una nueva posición que se instala al nivel de los postulados y axiomas profundos en los cuales reposa el conjunto del edificio. Exclusivismo, inclusivismo y pluralismo son tres orientaciones (en rigor se reducen a dos) que pueden dar origen a tipos de cristianismo profundamente diversos. Ahí radica la “gran mutación” que se produce en el cristianismo cuando el axioma del ex/inclusivismo da paso al del pluralismo. Al igual que en la geometría -en la que si no se admite el axioma de Euclides resulta una geometría absolutamente distinta de la tradicional o euclidiana-, también en el cristianismo –y en

 Esta fusión es lo que pretende la serie “Por los muchos caminos de Dios”, de la Asociación de Teólogos y Teólogas del Tercer Mundo, en su sección de América Latina, publicada en castellano en la colección “Tiempo axial” .

 Para una exposición exhaustiva sobre los conocidos conceptos –ya clásicos- «exclusivismo, inclusivismo y pluralismo», cfr. mi libro ya citado, en su capítulo VII. Este capítulo puede ser recogido gratuitamente en línea en www.latinoamericana.org/tiempoaxial

 Obviamente, no estoy dando a la palabra el sentido superficial de diversificado, tolerante, respetuoso de las diferencias, sino el sentido profundo de aceptación de la pluralidad de vías salvíficas autónomas…

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