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El Ogino y los papas. A los cuarenta años de la Humanae Vitae -- Roser Puig

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Me escribe Roser Puig, a la que todos conocemos en el Blog: «Amigo Xabier, estamos en plena avalancha de Congresos auspiciados desde las Altas Cumbres. Creo que el Congreso sobre la Humanae Vitae afecta a los católicos de a pié de una manera especial . He escrito el artículo que te envío por si lo consideras de interés para el blog… Un abrazo. Roser». Como hemos venido leyendo en la prensa de estos días, conforme a la visión del Papa Benedicto XVI, las afirmaciones de Pablo VI en la Humanae Vitae siguen teniendo plena actualidad. Sobre ellas a reflexionado Roser Puig, con su libertad habitual, con su hondura creyente. A ella cedo la palabra. Gracias de nuevo, Roser, por tu presencia en el blog. Roser Puig

Con motivo de los 40 años de la Humanae Vitae de Pablo VI, Benedicto XVI envió un mensaje al Congreso Internacional, realizado en la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Roma, titulado “actualidad y profecía de una encíclica”. En su mensaje, Benedicto XVI ratifica la opinión de Pablo VI: «si no se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de generar la vida, se deben reconocer necesariamente límites insuperables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que a ningún hombre, tanto privado como revestido de autoridad, le sea lícito infringir» (Humanae vitae, 17 )

Queda claro pues que la Iglesia sigue sin querer dejar “al arbitrio del hombre”(ni, mucho menos, al de la mujer) el dominio sobre el propio cuerpo. La llamada “revolución sexual de los sesenta” que permite, gracias a los avances científicos, autonomía a la mujer para decidir cuando desea ser madre, según la Conferencia Episcopal Española ha producido “efectos perversos” en la familia: ”nos hallamos ante un alarmante aumento de la violencia doméstica,; ante abusos y violencias sexuales de todo tipo, incluso de menores de edad en la misma familia; ante una muchedumbre de hijos que han crecido en medio de desavenencias, con grandes carencias afectivas y sin un hogar verdadero” (Directorio de la Pastoral Familiar, año 2004) ¿Puede hacerse una lectura más interesadamente sesgada sobre la responsabilidad de la “revolución sexual” en los problemas que afectan a la familia?

A pesar del rechazo tajante de la Jerarquía a dejar en manos de los interesados la decisión de traer o no hijos al mundo, en la Humanae Vital se admite que existen casos excepcionales. Y Benedicto XVI ha recordado en su Mensaje que, en esos casos “Los métodos de observación que permiten a la pareja determinar los períodos de fertilidad consienten administrar lo que el Creador ha inscrito sabiamente en la naturaleza humana”

La Humanae Vitae fue una encíclica que marcó la vida de muchas parejas católicas de los años sesenta y setenta. Matrimonios que deseaban ser fieles a la doctrina de la Iglesia, y que sus medios económicas o de salud no aconsejaban la llegada de un hijo en aquellos momentos. Familias que creyeron en la posibilidad de espaciar o de evitar un nacimiento no deseado, gracias a un sistema “seguro”avalado, a partir de la Humanae Vitae, por la Santa Madre Iglesia. La fidelidad de los católicos de entonces al Magisterio, dio como resultado un gran número de hijos inesperados. Se los llamó “niños ogino” (en memoria del científico japonés que había descubierto los ciclos fecundos de la mujer)

El ahora llamado “método natural”, que recoge aquel descubrimiento junto a otros, en el campo de la biología, es el único anticonceptivo admitido hasta ahora por la Iglesia Católica. Sin embargo, NO TIENE NADA DE NATURAL desde el punto de vista de las mujeres. Pero la opinión de las mujeres no se ha tenido nunca en cuenta en el seno de la Iglesia Católica. Hasta 1988, año en que Juan Pablo II proclamó (con su Mulieris Dignitatem) la igualdad en dignidad entre el hombre y mujer, basándose en Gen. 1, desde San Pablo hasta nuestros días, todos los teólogos de la cristiandad se habían esmerado en destacar, no solo la inferioridad aristotélica de la mujer respecto del hombre, sino la pecaminosidad de ella y su necesario control por parte del varón.

Sin embargo, la Mulieris Dignitatem solo era una “carta apostólica”, por lo que Benedicto XVI no ha tenido inconveniente en volver a instaurar teológicamente la dependencia de la mujer respecto del hombre (defendida por todos los Santos Padres de la Tradición) en su encíclica Deus Caritas est, basándose en Gen,2 (1ª parte, nº11) en donde se señala que la existencia de la mujer en el mundo se debe a la necesidad, por parte de Dios, de encontrar una “ayuda” adecuada al varón. Es decir, la vida de la mujer, por si misma, no tiene razón de ser. S. Pablo ya había dicho al respecto:“Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón.” (I Cor. 11)

Por otra parte, la moral cristiana aceptó entusiasmada la teoría freudiana de que la actitud de la mujer, en las relaciones sexuales, debía ser pasiva. Moral de la que todavía hoy se nutren los curas en sus sermones. Por lo tanto ¿que interés podría tener ningún moralista o antropólogo católico en pararse a estudiar cuales son las consecuencias de dicho “método natural” sobre la psiquis femenina; ni que interés teológico podía tener el que los ciclos menstruales de la mujer vayan acompañados de una serie de cambios fisiológicos inherentes a la propia naturaleza femenina?

Es evidente que la Bioética, de la que presume saber tanto el Vaticano, nunca ha tenido en cuenta que, cuando la mujer está fértil, sus hormonas le proporcionan estímulos encaminados a aceptar la unión con el varón y que, cuando ese período termina, esos estímulos desaparecen. Pues bien, según el “método natural”, las parejas que deseen espaciar o evitar la llegada de un hijo, deberán relacionarse sexualmente SOLO los días en los que la mujer no esté receptiva. O dicho de forma más coloquial: cuando a la mujer le apetece tener relaciones sexuales, “no toca”; y cuando “toca”, a ella no le apetece.

Este mantener relaciones sexuales “contra natura”, acaba afectando psicológicamente a ambos. Un esposo que, una y otra vez, no consigue hacer vibrar de pasión a su esposa (la cual se ve obligada a cumplir el débito conyugal resignadamente) se siente frustrado. Por su parte ella puede acabar desarrollando lo que se conoce como “frigidez”, o aversión a las relaciones sexuales. Sin embargo, este método se sigue presentando a las parejas católicas como “natural”,”sano”y “de efectos favorables para el amor conyugal”.

Para que nos hagamos una idea de en qué consiste y poder juzgar si ello es cierto, voy a intentar explicarlo: Todos sabemos que se basa en los ciclos fértiles de la mujer (hasta Benedicto XVI ha demostrado, en su Mensaje, que sabe eso) o sea que, evitando mantener relaciones sexuales durante los días en los que la mujer está ovulando, se evita un nuevo nacimiento no conveniente ¿Así de sencillo? Lo sería si no fuera que dichos “ciclos fértiles” hay que calcularlos de la siguiente manera: (copio de wikipedia) :

”Como el día de ovulación es 14 días antes del primer día de menstruación y se dan “4 días de gracia”, se resta 18 al número de días del ciclo más corto. Para encontrar el inicio de la fase infértil, que se inicia luego de que haya ovulado, se dan 3 “días de gracia”, por lo tanto se resta 11 al número de días del ciclo más largo. Ese rango es el periodo fértil y NO se puede tener relaciones en estos días.” Como veréis, en teoría es fácil, sencillo y al alcance de cualquiera (¿?) Solo hace falta un calendario y saber contar.

Ahora bien, la cuenta saldría exacta si el organismo femenino fuera un reloj que funcionara sin adelantarse ni atrasarse ni un ápice. Pero resulta que por cualquier situación de estrés, emoción fuerte, disgusto, fatiga, etc. el reloj corporal de la mujer puede sufrir retrasos o adelantos y ¡ya la hemos fastidiado¡ De ahí la profusión de “niños ogino”, en los años siguientes a la Humanae Vitae hijos de madres católicas, en una España que consideraba delito y pecado recetar o hacer uso de “la pastilla” o del preservativo.

Más tarde, se descubrió que dicho método podía perfeccionarse observando la temperatura basal diariamente. Es decir (vuelvo a copiar) “la temperatura basal probablemente varíe de 36,5 a 36,7 grados centígrados antes del período de ovulación. Luego de dos o tres días posteriores a la ovulación, los cambios hormonales hacen que esta temperatura se eleve unos 0,5 grados centígrados y se mantendrá de esta manera hasta el próximo período”. Naturalmente, hay que evitar constiparse, indigestarse o cualquier pequeña infección que pueda elevar la temperatura unas imperceptibles décimas, cuando no debería subir.

A todo esto hay que tener en cuenta que el óvulo tiene una supervivencia de 24 horas, y que la supervivencia del espermatozoide es de 2-3 días, nos encontramos con que aquel puede ser alcanzado por algún espermatozoide impaciente. O, al revés, que el óvulo alcance a un espermatozoide que se resiste a morir, si no se aumentan los “días de gracia” por ambos lados. .

Pero todavía hicieron más descubrimientos que aumentan la seguridad del método: debe tenerse en cuenta el dato que nos puede proporcionar la observación de la textura del flujo cervical o vaginal (sigo copiando)” Durante el período donde la mujer no es fértil el moco cervical es escaso, blanquecino y de textura pegajosa. 2 ó 3 días previos a la ovulación el flujo es abundante, transparente y forma hilos, muy similar a la clara del huevo”.

La cosa está clara: si se tiene en cuenta todo lo descrito, el susodicho “método natural” tiene una fiabilidad del 90%.
Ah¡, se me olvidaba un pequeño detalle: es imprescindible tener una pareja que quiera “aguantarse” determinados días del mes, porque sino lo mejor es tirar el calendario y el termómetro a la basura y decantarse por cualquier otro método de los que hay en el mercado. (Naturalmente, esa es mi opinión, no la de los Papas)

Resumiendo:

A los cuarenta años de la Humnae Vitae se sigue insistiendo en presentar la licitud del “método natural” como un gesto de misericordia, por parte de la Santa Madre Iglesia, hacia aquellas parejas con dificultades que desean ser fieles a la doctrina de moral sexual de la Iglesia Católica. Pero pienso que habría que preguntarse lo siguiente: si lo que importa a los ojos de Dios es la intención (en este caso la intención de evitar un embarazo) ¿cual es la diferencia de intención entre el “método natural” y los demás métodos anticonceptivos? La respuesta nos llevaría a la conclusión que, de nuevo, se niega al ser humano la libertad de conciencia, reconocida por la propia Iglesia en el Concilio Vaticano II (G. S. nº 17 ) Es decir, en mi opinión, este Congreso lo que pretende en realidad es el reafirmar el control, por parte del clero dominante, sobre el COMO, EL CUANDO Y EL CON QUIÉN de las relaciones sexuales del los fieles
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