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El odio -- José M. Castillo, teólogo

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Castillo2Fuente: Teología sin censura
Basta asomarse a las redes sociales, para quedarse impresionado por el odio que se palpa en los más diversos ambientes de la sociedad española. No sé si en otros países ocurre lo mismo. En todo caso, es un hecho que, sobre todo cuando hablamos desde el anonimato y la impunidad de un seudónimo, cosa que pueden hacer tranquilamente quienes ponen comentarios o dan opiniones en los muchos caminos y vericuetos que tenemos en Internet, se sienten enteramente libres para decir lo que sienten y expresarlo como lo sienten. Y esto, ni más ni menos, es lo que propicia y fomenta que cada cual pueda soltar lo que llevamos dentro. Lo que, en otras condiciones y de cara a cara, nunca nos atreveríamos a decir.

Pues bien, así las cosas, no hablo ya de “impresión”. Hablo de “miedo”. Porque el odio envenena de muerte todo lo que toca. Y en España, ahora mismo y de una esquina a la otra, hay mucho veneno de odio. Y no olvidemos que el odio lleva directamente a la muerte. Desde Caín, según el mito que recoge el Génesis (4, 2-8), hasta la “horrorosa ingenuidad” (Nietzsche) que puso el Dante en la puerta del su infierno: “también a mí me creó el amor eterno”, cuando en realidad tendría que haber puesto: “también a mí me creó el odio eterno”. Y es que el odio es tan horrorosamente perverso, que (recordando de nuevo “La genealogía de la moral”, de Nietzsche), “ver-sufrir produce bienestar; hacer-sufrir, más bienestar todavía”. La Historia se ha encargado de demostrar la verdad patética que esto entraña. La crueldad de las guerras (y quienes las costean) que venimos soportando, en los siglos XX y XXI, nos muestran y demuestran que efectivamente “ver sufrir y hacer sufrir son fuentes inagotables de bienestar, para las los causantes de tanto desastre. Es el odio campante, que nos desagrada tanto, cuando cada día lo vemos televisado en directo en los telediarios, pero a sabiendas de que se trata del odio ante el que nos quejamos de lo incómodo que es verlo, pero contra el que no movemos un dedo. ¿Qué puedo hacer yo contra esto?
Podemos – y tenemos – mucho que hacer. Ante todo, no esperemos que los políticos y los potentados nos saquen las castañas del fuego. Tenemos que ser nosotros, entre todos, quienes le demos otro giro y otra orientación a nuestras vidas y a nuestra sociedad.

Por supuesto, al hablar de este asunto, no puedo dejar de recordar (una vez más) los textos fuertes, centrales y determinantes del Evangelio (Mt 5, 43-48 par; 6, 24) y de la primera carta de Juan (2, 9. 11; 3, 10. 12. 15). Sólo la bondad, el respeto, la tolerancia y el amor pueden sacarnos del fangal del odio en que, una vez más, nos hemos metido. Y si es cierto que todos nos hemos pringado en este fango del odio y los resentimientos que no arrancamos de nuestra intimidad, igualmente es verdad que sólo con rituales y ceremonias – como sería pretender arreglar esto con banderas y actos patrioteros – nuestro país y nuestro mundo no se arregla y se hace más justo, si nosotros los ciudadanos, cada cual desde su propia vida, su casa y su familia, no toma en serio la bondad, el respeto y la tolerancia de todos con todos.

Un día le dijeron a Jesús que Pilatos había mandado degollar a unos galileos precisamente cuando estaban ofreciendo un sacrificio religioso en el Templo (Lc 13, 1). La respuesta de Jesús fue sorprendente. En lugar de denunciar la maldad y la injusticia del procurador romano, Jesús le dijo a la gente que tenía delante: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás…? Os digo que no; y si no os convertís, todos vais a perecer” (Lc 13, 1-3).
La respuesta de Jesús nos viene como anillo al dedo, en España y en este momento, a todos. Si no nos reinventamos hacia el respeto, la tolerancia y la bondad, no es fácil imaginar la salida de este enfrentamiento y del odio que a casi todos nos envenena.

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