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El miedo a las víctimas -- José María Castillo, teólogo

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Si algo está quedando en evidencia, precisamente ahora (en estos días), es el miedo insuperable que provocan las víctimas, sean quienes sean esas víctimas y por el motivo que lo sean. Los niños de los que se ha abusado, y a los que se ha humillado, son las víctimas de los delitos de pederastia. Los muertos que siguen sepultados en fosas comunes o en las cunetas de los caminos de España, son las víctimas de los delitos de nuestra guerra civil del 36. Niños y muertos, víctimas todos ellos, que en este momento nos resultan terriblemente incómodos. Incómodos, porque a todos ellos les tenemos miedo. ¿Por qué?

Lo entiende cualquiera: hay víctimas porque hay verdugos. Y si feo es el papel de las víctimas, más feo es el de los verdugos. Por eso, si las víctimas nos parecen insoportables, más insoportables nos parecen los verdugos. De ahí que el remedio, que en la vida suelen encontrar los verdugos, es hacer todo lo posible para que nadie se acuerde de las víctimas y que nadie hable de ellas. Lo estamos viendo en estos días: ni la jerarquía eclesiástica quiere que se hable de los curas pederastas, ni la extrema derecha quiere que se habla de los crímenes de la guerra civil.

Por eso el fraile Cantalamessa (por poner un ejemplo), el pasado viernes santo y en la basílica de San Pedro de Roma, ha pasado como gato sobre ascuas al mencionar de refilón los delitos de pederastia. Y por eso, sin duda alguna, ahora se echa mano de fallos de procedimiento para encausar al juez Garzón porque ha puesto sobre la mesa la memoria de las víctimas de la guerra civil. Víctimas en un caso y en otro. Víctimas que molestan y a las que quiséramos olvidar para siempre. Para olvidar también a los verdugos y que nadie piense en ellos.

Y quiero dejar constancia de que, al hablar del miedo a las víctimas, nos enfrentamos a un asunto tan profundamente enigmático y mitserioso, que incluso cuando hablamos de la víctima que fue Jesús crucificado, hasta el mismo san Pablo se las apañó para explicar aquella muerte tan violenta echando mano nada menos que de un decreto divino, ya que fue el Padre del cielo el que tomó la decisión de clavar a su Hijo en la cruz, clavando así también nuestras maldades (Col 2, 13 b). De ahí que, para la teología cristiana, fue Dios el que»no perdonó ni a su propio HIjo, sino que lo entregó por todos nosotros» (Rom 8, 32). Es algo sobrecogedor.

Pero así es cómo Pablo explica que Jesús fuera víctima. Víctima, ¿de quién? Es decir, ¿quién fue allí el verdugo? En realidad, y si se toman en serio las afirmaciones de Pablo, el verdugo fue Dios: todo aquello respondía a un plan divino. Con lo que, a fin de cuentas, quienes intervinieron en aquella barbarie no fueron sino meros ejecutores que no hicieron sino lo que Dios quería. Jesús, la gran Víctima que venera el cristianismo, fue una víctima sin verdugo, ya que decir de Dios que es un verdugo, eso equivale a pronunciar una blasfemia.

En el caso de Cristo, sabemos muy bien que aquello tuvo una historia, unas causas y unas consecuencias. Jesús murió como murió porque los dirigentes religiosos de su pueblo y de su tiempo no soportaron lo que hacía y lo que decía. Pero – insisto – yo no sé lo que pasa con esto de las víctimas, que ni en el caso de Cristo, hemos podido soportar la decisión de los verdugos. Y hemos mandado esa responsabilidad nada menos que los cielos.

Pero, ¿y en el caso de los niños humillados y destrozados por la sevicia de adultos cuyos nombres y cuyos rostros se conocen? ¿y en el caso de los muertos cuyos asesinos fueron personas y grupos que existieron? En estos casos, como nada de esto se puede mandar a los ciel0s, nos encargamos en la tierra de buscar escapatorias porque, quizá de alguna manera, todos tenemos no sé qué extraña impresión de haber sido verdugos. En unos casos, por acción. En otros, por omisión. Y con bastante frecuencia, por complicidad, pos silencios inconfesables, por «simpatías» o «antipatías» que no hacen sino enturbiar más las cosas.

¿No ha llegado la hora de que afrontemos todos nuestras propias responsabilidades? ¿No ha llegado la hora de que superemos el miedo a las víctimas y a los verdugos, para asumir responsablemente la cuota de participación que todos tenemos en que esta tierra y esta sociedad se hayan emturbiado con un aire que resulta que día más irrespirable?

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