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El jesuita de corazón universal

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Tabira

En el centenario de su nacimiento la sociedad vasca recuerda la figura de quien fuera uno de sus miembros más singulares. Personas que convivieron con él recuerdan su polémica figura y tratan de descubrirnos quién fue el padre Arrupe, escribe Lucía Mesado en DEIA.

Dicen que una de las cualidades de un líder es anticiparse a los problemas de su tiempo. Polémico, espiritual, carismático y amado. Esta podría ser una pequeña y simplificada parte de la personalidad que encierra una de las figuras más destacadas de la historia de la Iglesia en el siglo XX.

El número 7 de la calle de la Pelota, del Casco Viejo de Bilbao, fue el escenario que vio nacer a Pedro Arrupe Gondra hace ya cien años. Era un «bilbaino elegante», dicen los que le conocieron. «Quería jesuitas de corazón amplio, que no se enredasen en los problemas locales». «No he conocido a un hombre que se haya alejado tanto de la política y que al mismo tiempo haya resultado ser tan polémico». Estas son sólo algunas de las opiniones que tratan de acercarnos a la persona del padre Arrupe. El hombre que refundó la compañía de Jesús. «Recuperó el espíritu con el cual se fundó y le dio una forma nueva».

Pero, ¿quién era el padre Arrupe? Enjuto, de nariz aguileña y mirada limpia es el exterior de una personalidad un tanto condicionada por las circunstancias. Sus experiencias trascendentales y más llamativas, como ser testigo de uno de los momentos apocalípticos del mundo (la bomba atómica), pueden llegar a ocultar el espíritu que alberga la persona.

Entre oriente y occidente
Un puente en construcción

De las estrechas callejuelas del corazón de Bilbao hasta Japón, misión en la que permanecería cerca de treinta años. «Quería ir a este país asiático porque era una de las misiones más difíciles de la compañía», afirma Manuel Alcalá, periodista y jesuita que fue el jefe de prensa del padre Arrupe en su vista a España. «Allí el índice de católicos era mínimo y creían tener una superioridad racial frente a otros países de extremo oriente».

Sin embargo, la vida religiosa de Pedro Arrupe se remonta mucho tiempo atrás a pesar de que no iniciara su camino vital con la entrega a los demás a través de la fe. Estudió bachillerato en el colegio de los Escolapios de Bilbao y en 1923 comenzó la carrera de Medicina en la Facultad de San Carlos de Madrid.

Cuatro años después la abandonó para ingresar en la Compañía de Jesús. Severo Ochoa, el que llegaría a ser premio Nobel, fue compañero de pupitre de Arrupe en el inicio de su carrera como médico. Confesó la valía del jesuita para la medicina: «Pedro me quitó aquel año el premio extraordinario que otorgaba la facultad cada año». El profesor de fisiología Juan Negrín, que después se convertiría en uno de los presidentes de la II República, hizo todo lo posible para no perder a un alumno tan brillante. Una vez convertido en jesuita ambos trataron de no perder una buena amistad.

‘Inculturación’

«La labor más importante del Padre Arrupe es el cambio de actitud que promovió entre los jesuitas. Creó el término de inculturación», explica el biógrafo Pedro Miguel Lamet. Un término que le enfrentó a los sectores más conservadores de la Iglesia. «Él decía que para llevar a Cristo a los lugares donde no era conocido, había que asimilar la cultura local y desde ahí trasmitirles una religión que no tiene por definición ninguna cultura», afirma Manuel Alcalá. «Una sorpresa en el Vaticano, que esperaban de él un seguidor de los métodos tradicionales».

Su inculturación impactó a la curia vaticana en 1965, año en el que fue elegido general de la Compañía de Jesús. «Muchos pensaron que no podrían contar con él porque no tenía una visión tradicional; pero el papa Pablo VI, con el cual se entendía muy bien, le ayudo en esta línea». Dar varias veces la vuelta al mundo para conocer las misiones fue otro profundo cambio entre los que han sido considerados los líderes intelectuales del catolicismo durante cinco siglos.

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