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EL ISLAM Y LA SOCIEDAD LIBERAL. Timothy Garton Ash

Publicado en

El País

Existen versiones creíbles del islam capaces de convivir con la democracia liberal tal como se ha desarrollado en Occidente? ¿Puede alguien ser, al mismo tiempo, un buen musulmán y un buen ciudadano de una sociedad libre? ¿O son el islam y el Occidente nacido de la Ilustración totalmente incompatibles?

Mientras estaba en Egipto, estas dos últimas semanas, dedicado a estudiar estos asuntos con musulmanes y no musulmanes en una sociedad tan importante dentro de Oriente Próximo, ha surgido en la Red (www.signandsight.com) un debate en el que se me han atribuido diversas opiniones infames e imprecisas sobre el tema. Una de las acusaciones es que yo, que tanta relación tuve con los disidentes del comunismo, no soy suficientemente solidario con los «disidentes del islam» como Ayaan Hirsi Ali. Es una acusación basada en una mala interpretación del principio de solidaridad que prevaleció en la lucha contra el comunismo y que debería prevalecer también hoy. Dicho principio es el siguiente: solidaridad absoluta en defensa de las personas injustamente perseguidas y libertad total para discrepar de sus opiniones.

Nuestra solidaridad tiene especial importancia en el caso de personas como Ayaan Hirsi Ali, que, más que disidentes del islam, son disidentes que están fuera de él. En su nueva autobiografía, Infidel, Ali relata su largo y difícil recorrido hasta llegar al momento en el que, delante de un espejo en la habitación de un hotel griego, dijo en voz alta, en somalí: «No creo en Dios». Es decir, habla en calidad de atea y, como consecuencia, vive a diario con el peligro de ser asesinada por fanáticos yihadistas. Si la solidaridad en esos casos es tan importante es, entre otras razones, porque la actitud ante la apostasía es una prueba de fuego para juzgar la actitud musulmana ante la libertad en general. La semana pasada, precisamente, insistí sobre ello a destacados miembros de los Hermanos Musulmanes en El Cairo. Sus respuestas ambiguas no fueron nada tranquilizadoras.

Toda claridad es poca a la hora de decir que cualquiera debe ser libre no sólo para cambiar de religión o abandonarla, sino para propagar sus nuevas opiniones, ateas, cristianas, musulmanas, baha’i o lo que sea. En esas discusiones, cualquiera tiene el derecho (aunque no el deber) a ofender sin sentirse intimidado por la ley, el acoso policial ni las amenazas de violencia extremista. Lo he dicho ya muchas veces y lo repito aquí. Tenemos que defender esa libertad sin concesiones. Pero eso no quiere decir que haya que estar de acuerdo con todas las opiniones de la persona perseguida. En este caso, da la casualidad de que creo que Ayaan Hirsi Ali seguramente tiene razón a propósito de Dios. Y, desde luego, tiene razón sobre la vergonzosa e inaceptable opresión que sufren las mujeres en algunas familias y comunidades musulmanas en Europa. Ahora bien, creo que no tiene razón sobre el islam.

«El islam», declaró el año pasado el Frankfurter Allgemeine Zeitung, «no es compatible con la sociedad liberal hija de la Ilustración». Muchos intelectuales laicos occidentales que participan en estos debates están de acuerdo. Pero algunos intelectuales musulmanes, no. Y creo que debemos prestarles atención. Aparte de todo lo demás, cuando se trata de debatir sobre el islam, ellos saben de lo que hablan.
Visita en El Cairo

Como Gamal al Banna, por ejemplo, al que visité en El Cairo, en un apartamento oscuro y tenebroso, con las paredes forradas de arriba abajo de literatura islámica. Es el hermano pequeño de Hassan al Banna, el fundador de los Hermanos Musulmanes. Su padre, que fue imán y hombre erudito, pasó 40 años catalogando alrededor de 45.000 informaciones sobre supuestos dichos y hechos de Mahoma (el hadiz). Gamal al Banna, que tiene 86 años, ha dedicado toda su vida a estudiar el islam y su relación con la política. Es un hombre tranquilo y de gran claridad, que sólo se puso nervioso al denunciar la perversión del islam llevada a cabo por Sayyid Qutb, el apóstol egipcio del extremista islamismo takfiri y un héroe para Al Qaeda.

Gamal al Banna afirma que «no existe ninguna contradicción entre la libertad total de pensamiento y la religión» y que «el islam no pretende tener el monopolio de la sabiduría». Las ideas críticas sobre el islam deben combatirse «con las palabras, no mediante el enfrentamiento, el terrorismo ni el takfir [que es pronunciar anatema contra alguien y proclamarle infiel]». En cuanto a la apostasía: el musulmán tiene derecho a abandonar el islam… Los versículos del Corán son muy explícitos a este respecto: «No existe obligación en la religión» (al Bakara, La vaca, II, 256). El abandono de la religión se menciona al menos en cinco ocasiones en el Corán, y en ninguna de ellas se relaciona con un castigo. En la época del profeta, muchos dejaron el islam, y uno de ellos fue uno de los escribas del Corán. El profeta no castigó a ninguno.

Según el imán Muslim, uno de los primeros y más respetados recopiladores de colecciones de hadiz, un dicho que suele atribuirse al profeta -«quien cambie de religión debe ser ejecutado»- es apócrifo; sin embargo, el imán Al Buhari, otro recopilador muy respetado, sí lo incluyó en su versión. «En este dicho se ven muy claras las pruebas de que es falso», comenta Al Banna, «y además contradice muchos versículos del Corán que confirman la libertad de religión».

Compárense estas explicaciones con la audaz y tajante afirmación de Ayaan Hirsi Ali en un discurso que pronunció el año pasado en Berlín: «Creo que el profeta Mahoma se equivocó al decir que había que matar a los apóstatas». ¿Cuál de las dos cosas creen que revela un conocimiento histórico más profundo del islam? ¿Cuál tiene más probabilidades de hacer que los musulmanes inquietos piensen que pueden ser a la vez buenos musulmanes y buenos ciudadanos de las sociedades libres?
Disidentes

No estoy diciendo que tengamos que escoger forzosamente entre un punto de vista u otro. Debemos escuchar y apoyar a los disidentes de fuera del islam, antiguos musulmanes como Ali, pero también a los disidentes de dentro del islam como Al Banna. Él y otros intelectuales musulmanes disidentes -nombres poco conocidos en Occidente-, como Mohsen Kadivar en Teherán, discrepan de diversas posturas conservadoras, oficiales y de extremismo takfiri, pero, al mismo tiempo, siguen siendo musulmanes muy creyentes. Porque el islam es monolítico sólo en la imaginación de Occidente (y, habría que añadir, en los sueños políticos, influidos por Occidente, de algunos islamistas revolucionarios). De hecho, lo que ha caracterizado al mundo musulmán a lo largo de la historia es la gran variedad de cosas que dicen y hacen los fieles bajo la enseña del islam.

Estos disidentes de dentro del islam constituyen una pequeña minoría. Igual que los extremistas takfiri que adoctrinan a los terroristas suicidas. Sin embargo, estas dos minorías tienen la capacidad de atraer a gran número de miembros de la mayoría que ocupa el espacio entre ambas, sobre todo a los musulmanes que viven en Occidente. Por eso es por lo que la voz de los disidentes tiene que oírse con más claridad. Esta lucha por ganarse a la población musulmana debe decidirse mediante discusiones entre los propios musulmanes, aunque es indudable que los no musulmanes tenemos influencia sobre el contexto y controlamos gran parte de los medios de comunicación en los que se lleva a cabo.

La postura habitual de parte de los intelectuales laicos occidentales que intervienen en el debate actual parece ser que el único musulmán bueno es el ex musulmán. Es una actitud paternalista y contraproducente, que representa una parodia simplista de la verdadera diversidad del islam. Es evidente que los no musulmanes tenemos que intentar llegar a nuestras propias conclusiones sobre la naturaleza del islam, con los medios limitados de los que disponemos. Pero no hay nada más ridículo y estúpido que el intelectual laico occidental que, sin saber árabe y con escasos conocimientos sobre la historia, la filosofía y la ley islámicas, se atreve a pronunciar que Gamal al Banna es menos representativo del islam que Sayyid Qutb y Osama Bin Laden. Y no debemos ser estúpidos, si es que queremos seguir siendo libres.

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