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El islam es paz, el cristianismo es paz, pero… -- Antonio Gil de Zúñiga

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Pero la historia nos dice lo contrario, como ha ocurrido en los trágicos sucesos de Barcelona. Ciertas reflexiones de “primeros espadas” en Atrio y en otros medios han sido acertadas, ecuánimes y luminosas, pero, a mi modo de ver, no han ido a la raíz del problema, que existe y ha existido. Se suele decir que las religiones monoteístas, sobre todo las del Libro, generan violencia; violencia que, por otra parte, no pertenece a su esencia, a su raíz más profunda, pero que el “hombre religioso” (el sacerdote, el imán, el rabino) incita a esa violencia, sea letal o no, a partir de una hermenéutica de determinados textos del Libro, textos que desde una exégesis literal pueden llevar a la violencia. No hay que olvidar, como repetía E. Schillebeeckx, que la Biblia (o el Corán) es palabra humana sobre Dios y éste es su verdadero contexto de exégesis.

Es cierto que hay textos bíblicos, supongo que también coránicos, que se refieren a la violencia del creyente contra los gentiles o incrédulos como el del salmo 149: “Que los fieles festejen su gloria/… con vítores a Dios en la boca/ y espadas de dos filos en las manos:/ para tomar venganza de los pueblos/ y aplicar el castigo a las naciones,/… Ejecutar la sentencia dictada/ es un honor para todos sus fieles”; salmo que se canta o recita en los laudes del domingo de la primera semana del salterio o en las festividades, según la liturgia de las horas. Y que, a lo largo de la historia, presente o pasada, ha provocado guerras o violencia atroces. Bernardo de Claraval, en su predicación para reclutar gentes para las “santas cruzadas”, argumentaba, entre otros razonamientos, que matar al malhechor no es un homicidio, sino un “malicidio” y, por eso, es bueno, porque, entre otras cosas, con la muerte del malvado se evita que el mal se extienda por el mundo; o lo que es lo mismo, de este modo hay un malvado menos. Así también lo entendió G. Bush en sus diferentes guerras con países islámicos mediante una iluminación divina: “Dios me ha dicho: George, ve y lucha contra esos terroristas de Afganistán; y yo lo hice. Y Dios me dijo: George, pon fin a la tiranía de Irak; y yo lo hice”. No menos a la zaga se queda B. Obama cuando anuncia al país la muerte de Bin Laden: “Volvemos a recordar que EEUU puede hacer lo que se proponga…, somos una nación, bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”.

Sin duda esta actitud violenta de algunos creyentes puede derivarse de múltiples causas, pero me parece que las más relevantes se pueden resumir en éstas:
1. Menos teología y más ética. Me refiero a la teología tradicional, no a la marginada teología de la liberación. Una teología, que se sube al cielo y desde allí busca la verdad, desemboca en el dogma, una verdad divina, es decir, una verdad descontextualizada y no pragmática, que no sirve para orientar la conducta cívica y social, como lo hace la ética. Jesús de Nazaret basa su programa espiritual en la ética y no en verdades dogmáticas: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el evangelio” (Mt 11,11), siendo más explícito en las bienaventuranzas. Su teología es más ética que teología, porque ésta es “la reflexión crítica de la praxis histórica a la luz de la Palabra” (G. Gutiérrez) o “es inseparablemente una hermenéutica de la palabra de Dios y una hermenéutica de la existencia humana” (Cl. Geffré). Dios, insistía Unamuno, no es un por qué, si no un para qué. Éste es el terreno de actuación de la ética en el que debe coincidir la teología. Una teología, que no se mueva en el terreno de la ética, en la reflexión crítica de la praxis histórica, se traduce en normas asfixiantes para la mujer y el hombre y no en felicidad y esperanza.
2. Menos normas y más espiritualidad. Esa verdad “divina” hallada por la teología se concreta en diferentes normas también “divinas”, inamovibles en el tiempo y en el espacio. La norma es el lenguaje del clérigo, del imán o del rabino, y como “verdaderos representantes de Dios” (así se llaman) en la tierra y pastores del rebaño, la imponen a sus “ovejas”, que han de cumplirla a rajatabla. ¿Dónde está la libertad del creyente para relacionarse con Dios y sentirse verdaderamente religado al Tú Trascendente? Jesús de Nazaret, cuando se encuentra con la samaritana, le señala un camino sorprendente de la relación con Dios: “… pero llega la hora, y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca” (Jn 4,23). Nunca entendí la obligatoriedad de los cinco mandamientos de la Iglesia. ¿Dónde está la libertad de la fe que proclama Jesús en su diálogo con la samaritana? Tal vez JJ. Tamayo nos da la clave: “Encontrar a Dios en el alma sin intermediarios: ése es el objetivo último y el momento cumbre de la experiencia mística”

3. Menos sacrificios y más misericordia. Sin duda el núcleo de la Cristología tradicional gira en torno al sacrificio, a la pasión y muerte de Cristo, siguiendo la teología de Pablo de Tarso. De ahí que la vida del cristiano ha de ser vida sacrificada, de inmolación continua para coadyuvar con el sacrificio de Cristo a la salvación de la humanidad. La razón de la existencia humana de Cristo, según la teología vigente, no es otra que la del sacrificio, su inmolación en la cruz, como una especia de venganza divina. Ahí está el grito agustiniano que recoge la liturgia de la noche pascual: “¡Oh culpa tan dichosa, que mereció a tal Redentor”! No es de extrañar que, en los movimientos revolucionarios, utópicos del s. XIX, se tomara la religión, la cristiana es el modelo para estos pensadores, como “opio del pueblo” (K. Marx) o como algo “cruel” por estar basada de manera especial en la idea de sacrificio (M. Bakunin).

Sin embargo, estos pensadores idealizan la figura de Jesús de Nazaret por ser “el predicador del pueblo pobre, el amigo, el consolador de los miserables, de los ignorantes, de los esclavos y de las mujeres” (M. Bakunin). No de otro modo lo recuerda A. Machado: “¡Oh, la saeta, el cantar al Cristo de los gitanos,/siempre con sangre en las manos,/siempre por desenclavar!/¡Cantar del pueblo andaluz,/que todas las primaveras/anda pidiendo escaleras/para subir a la cruz!/¡Cantar de la tierra mía,/que echa flores/al Jesús de la agonía,/que es la fe de mis mayores!/¡Oh, no eres tú mi cantar!/¡No puedo cantar, ni quiero,/a ese Jesús del madero,/sino al que anduvo en el mar!” Es el Jesús que ama la vida y no el sufrimiento, que prefiere la misericordia al sacrificio: “Si entendierais qué significa ‘Misericordia quiero y no sacrificio’, no condenaríais a los inocentes” (Mt 12, 7).

4. Menos poder y más servicio y acogida. La religión se constituye en una fortaleza de poder, defendida por clérigos, imanes, rabinos. Poder que se contagia de otros poderes sociales como el económico y el político. No en vano escribe E, Schilebeeckx que “La Iglesia es, en efecto, un aparato ideológico que acompaña de hecho al orden establecido, por así decir prestándole cobijo”. A la jerarquía de la Iglesia, al menos en su mayoría, no le asusta el poder; por el contrario, le atrae gustosamente, como ha denunciado con cierta frecuencia el papa Francisco. No le preocupa ni le inquieta aquello del evangelio de si uno quiere ser el primero, que sea el último, o que “lave los pies” a los demás. Al vivir en esta atalaya, la Iglesia institucional se desconecta de la vida sufriente de la comunidad eclesial y del ser humano; desaparece así el servicio y la acogida, tan necesarios para aliviar a los desvalidos. El poder impone reglas y no educa para la libertad, más bien pone trabas al creyente para que conozca “al Dios liberador en la praxis de liberación, al Dios bueno en la praxis de la bondad y de la misericordia” (J. Sobrino).
No me atrevo a proponer unas conclusiones de esta reflexión; las dejo en mano del lector comprensivo y benévolo.

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