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El imprescindible Hans Kung -- José Cobos Ruiz de Adana, catedrático

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Diario de Córdoba

Hoy jueves, 27 de enero, siento sobremanera no poder acudir a Madrid, fecha en la que en la UNED le otorga su doctorado Honoris Causa a uno de los cien intelectuales más influyentes y prolíficos del mundo entero, al maestro Hans Küng (Sursee,1928), el primero que «el teólogo no católico» suizo recibe en nuestro país, tras otros catorce más que posee con todo el merecimiento del mundo por diversas y prestigiosas universidades.

Lo hizo ahora de la mano de quien, en la de Tubinga, fuera discípulo suyo y también, cómo no, del propio profesor Joseph Ratzinger, mi siempre respetado amigo y cordobés guadalcaceño, el doctor Manuel Fraijó Nieto, catedrático hoy de Filosofía de la Religión y decano de su Facultad, en la referida Universidad Nacional de Educación a Distancia, en cuyo centro de Córdoba los profesores de la misma nos sentimos sumamente orgullosos y honrados cuando con su presencia la propia primavera apunta en la plaza de la Magdalena, en el ciclo que todos los años organiza, con el director José Camero al frente, mi estimado amigo, el doctor Ramón Román Alcalá, profesor titular de filosofía en la UCO y tutor en la UNED.

No cabe duda de los muchos méritos que avalan la referida mención académica del teólogo y filósofo, otorgada ahora al del cantón de Lucerna, por ser la suya, según las más recientes declaraciones del propio profesor Fraijó, una contribución fundamental al ámbito de la Teología, así como para la Filosofía de la Religión desde que se licenciara en dicha materia en 1951 y cuatro años más tarde en Teología por la Universidad Pontificia de Roma, habiendo alcanzado el doctorado, en 1957, al presentar una tesis de grado acerca de la justificación, un tema conflictivo para católicos y protestantes y donde ya se apuntara lo que con los años el maestro suizo habría de dar de sí, como hombre ecuménico, pero sobre todo como el luchador que siempre fue en pro de la falta de democracia interna en la institución romana, habiendo abogado en su trayectoria vital por el respeto, la tolerancia y el diálogo sincero entre las religiones, que tanto él mismo pondría de manifiesto desde que fuera designado teólogo para el Concilio Vaticano II, que a mediados de la pasada centuria propugnara y convocara el por mí siempre recordado Papa Bueno y que, lamentablemente, en buena medida ha dejado de estar vigente para muchos, al aplicarse el contenido doctrinal de una enseñanzas en la Iglesia católica cuanto menos muy ajenas a su propio espíritu renovador. Desde aquellos ya lejanos años del siglo pasado, el profesor Hans Küng, de forma clara y contundente, se vino posicionando como crítico con la Iglesia, pero eso sí, siempre en «oposición leal» a Roma y a su Curia vaticana, tal y como él mismo nos lo hiciera ver en una entrevista que tiempo atrás se le hiciera en el parisino Journal du Dimanche , en la que declaraba que el actual Pontificado de su compañero de claustro en Tubinga, hasta que sus caminos para los dos divergieran, en 1968, por las revueltas estudiantiles de aquellos convulsos años, era el de las oportunidades perdidas y no el de las aprovechadas.

Oportunidades perdidas por no haber sabido acercarse de forma más que suficiente a las Iglesias protestantes, por no llegar tampoco a acuerdo alguno con los judíos, ni tampoco a un diálogo fructífero con los musulmanes, a quienes el actual Papa Benedicto aún los considera inmersos en una religión violenta e inhumana, por no hablar del drama que sufre Africa, con la sobrepoblación y la no utilización añadida de los preservativos para luchar en contra del sida, auténtica plaga bíblica en el llamado Continente Negro, lo que por todos nosotros tanto se le critica a la Iglesia universal, que al parecer no sabe qué hacer con el referido tema, por mucho que diga ahora todo lo contrario.

No cabe duda que de haber servido al sistema vaticano, tal y como hiciera en su día el propio profesor Ratzinger, desde que saliera de la universidad y fuera nombrado primero obispo y, más tarde, cardenal-prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la antigua Inquisición, habría vendido su alma al diablo por el mero poder de la Iglesia. Por eso mismo creo que el profesor Hans Küng siempre merecerá nuestro más profundo respeto y seguirá siendo un imprescindible en el mundo de hoy; de no haber existido jamás, habría que haberlo inventado, para que en su Iglesia, que también es la mía, de vez en cuando pudiera entrar una bocanada renovadora y de aire fresco, lo que tanto se añora y se echa en falta hoy en día, y no solo en el romano Ager Vaticanus, sino también en otros muchos lugares del mundo y, cómo no, en otros más cercanos del Viejo Continente, donde a buen seguro abunda la política religiosa más sectaria y el integrismo católico, poco fiel sin duda al mensaje de Jesús de Nazaret.

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