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El FMI, y otros organismos económicos internacionales, no entienden de gente, olvidan a las personas, solo saben de naciones, de dinero y de empresas -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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«El FMI pide a España subir el IVA, un contrato único y el copago sanitario2, este ha sido un titular de un periódico español generalista con fecha de hoy, 31 de enero de 2017. Pero son noticias, consejos, órdenes, indicaciones insoslayables, consignas incuestionables, o aparentes humildes ruegos, -el lobo con piel de cordero-, como el actual, que los órganos de regulación, control y administración del dinero público europeo, en el caso del Banco Central Europeo, o el mundial, en el del FMI, -Fondo Monetario Internacional-, u otros organismos reguladores y controladores de los gastos públicos, lanzan cada semana a los países miembros, y a sus Gobierno correspondientes.

Ésta es la cuestión, y en ella se encuentra el «quid», el meollo, de la misma, en que los sujetos pasivos de esa regulación no son directamente los particulares, los ciudadanos, las personas, de las diferentes naciones, sino los organismo públicos de las mismas. El sistema económico pasa por encima de nuestras cabezas, y sacamos cada día más la impresión de que los que se encargan de organizarlo para que todo funcione bien no nos tienen en cuenta, o muy poco. Y este debería rebelarnos. No es que nos convirtamos en meros números, es que nos convierten en sombras, en seres invisibles cuyo suerte nos organizan, nos deparan, y nos condenan unos burócratas anónimos, sin nombre, y, mucho me temo, sin alma.

Esto sucede, y va más, irremediablemente, con el sistema liberal capitalista que nos informaron, en nuestra ingenua, adolescencia ciudadana, que era la única solución para que cada día, y nos insistían, cada vez con más perfección, y más deprisa, ello contribuiría a la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos, y de los sujetos económicos, que somos las personas. Porque ni las naciones, ni las empresas, ni los organismo internacionales, viven. Están ahí, deberían ser útiles y engrasados instrumentos al servicio de una creciente y siempre progresiva satisfacción y realización de los ciudadanos, que son los que la postre trabajan, y proporcionan el escenario humano, social, económico y técnico para que los mismos humanos que hacen posible con su esfuerzo el funcionamiento de la maquinaria, pero la historia de los últimos decenios viene a demostrar, o a dejar por lo menos la duda, de que en vez de ayudar y ser instrumentos útiles e imprescindibles para la mayoría de los ciudadanos, se han ido convirtiendo en trabas y mecanismos pesadísimo, carísimos, poco flexibles, y que no abarcan, desde luego, a la totalidad de los seres humanos a los que pretendían atender, regular, organizar y dirigir, para el bien de todos.

Y aquí está el nudo gordiano, si no de a inutilidad de esos organismos reguladores de los que he hablado al principio, sí de la progresiva y parquedad en la posibilidad de que todos los ciudadanos estén cubiertos por sus políticas y previsiones. Me explico, tomando el ejemplo de España: si como se ha demostrado fehacientemente, y por diversos medios y caminos, a casi una cuarta parte de los españoles, al 23% largo, le ha ido mal, le está yendo mal con las políticas de ajustes, con la actual reforma de la ley laboral, con la ínfima mejora en la retribución de los salarios, con el congelamiento, o el ridículo 0,5%, si llega, de aumento de las pensiones, con el copago farmacéutico, la reducción de profesionales de la enseñanza y de la sanidad, y on largo etc., si todo ello ha redundado en un proceso de creciente e imparable empobrecimiento, ¿por qué el FMI y el Bando Central Europeo siguen insistiendo en esa política económica restrictiva, apretada y recortadora den recursos?

La respuesta es, a la vez, bastante sencilla y, al mismo tiempo, terrorífica: porque lo que importan son las grandes cifras de las cuentas de las naciones, de las grandes, no de las medianas ni pequeñas empresas, de la seguridad de la devolución de los créditos, y del saneamiento del ciclo de los negocios, importando todo esto más que el bienestar de algunos, no siempre la mayoría, y mucho menos de todos, o casi todos, de un mínimo del 95% de ciudadanos. ¿Algún maestrillo de las cuentas y de los presupuestos, o algún Gran Maestro, o genio, o premio nobel de Economía, se atreverá a afirmar que la economía europea va bien, cuando muchos, un 25% largo de europeos están con el agua al cuello, y andan mal para llegar a fin de mes? Y esto es lo desesperante, que nos vamos acostumbrando a que delante de nuestros ojos, las autoridades económicas, a las que se pliegan miserablemente las políticas, están provocando una especie de holocausto lento pero implacable, favoreciendo a las clases altas, y a las grandes fuentes de producción de riqueza, y empujando sin misericordia a una masa cada vez mayor, más indefensa y harapienta, a una miseria intolerable.

¿Qué estoy siendo un profeta de calamidades? Muchos analistas no oficiales del sistema, pero bien amueblados de cabeza y sentimientos, están pronosticando que si los responsables de la verdadera masacre que se está produciendo en la clase social más baja y, entre los trabajadores que son los que hacen posible todo el mantenimiento del sistema, a los que les llega un minucia del la tarta en el reparto, no lo remedian con urgencia, puede ser que se produzca una eclosión social, de la que no se atreven a detallar las consecuencias.

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