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EL FINAL DE LA TREGUA. Juan Antonio Estrada

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Diario de Cádiz

Uno de los términos más usados en el lenguaje político es el de “fascismo”. Lo aplicamos de forma indiscriminada a los adversarios políticos, sobre todo si son de derechas. El uso del termino, sin embargo, lleva consigo, a veces, el desconocimiento de su contenido. Y esa ignorancia aumenta porque olvidamos la historia. Y entonces estamos condenados a repetirla.

Algo de esto ocurre con ETA. Nos “sorprende” con el anuncio del final del alto el fuego. Y repiten los mismos tópicos de siempre acerca del derecho de autodeterminación, la búsqueda de la independencia, la lucha por la democracia y el carácter fascista del Gobierno y sus aliados, los partidos que no sostienen sus posturas.

Detrás de tantas acusaciones y palabras se esconde lo de siempre. Si no se aceptan sus exigencias van a utilizar la violencia y el terrorismo para amedrentar. Y esto es fascismo en estado puro: utilizar la violencia para imponer exigencias políticas; asesinar a los que se oponen a sus proclamas; radicalizar que el fin justifica los medios y el totalitarismo del terror para lograr por el miedo lo que no pueden obtener con argumentos y acciones democráticas.

Da igual que la doctrina que defienden sea de derechas o de izquierdas, que luchar por la independencia sea justo o no. El carácter fascista de su mensaje está en la utilización de la violencia y el aniquilamiento físico de los que no lo aceptan, como alternativa a la incapacidad de convencer sin coacción.

Ahora viene también el momento de una reflexión por parte de sus “adversarios”, comenzando por el Gobierno. El gran fallo no está en dialogar con ETA; ni tampoco en las concesiones fácticas que se han hecho, en nombre de la “prudencia política”; ni siquiera en no utilizar todos los recursos jurídicos y políticos con los encausados. Se puede discutir lo acertado o no de la política que busca atraer a ETA al juego democrático, pero no se puede negar la intención y la buena voluntad del intento.

El problema se plantea cuando no se atiende al carácter fascista y fanático del interlocutor; cuando hay muestras incontables de que se utiliza la tregua para reforzarse, como ha ocurrido en el pasado, y se deja hacer; cuando se van acumulando las pruebas de violencia, que demuestran la mentira del diálogo, llegando al extremo con el atentado de Barajas y el asesinato de dos personas. Y a esto hay que añadir una serie de acciones como el incremento de la guerrilla urbana; las extorsiones a los empresarios, de las que hay abundantes pruebas desde hace tiempo; los desafíos crecientes al poder judicial, al ejecutivo y a las fuerzas policiales… La opinión pública asistía asustada a la creciente arrogancia de los violentos y a la ausencia de respuesta de sus interlocutores, que persistían en un diálogo ya fracasado.

La obstinación fanática de ETA se ha aprovechado de la buena intención de un ejecutivo que ha pecado de ingenuo, y, cada vez más, de insensato. Y es que no hay más sordo que el que no quiere oír. Cada vez con más preocupación buena parte de la izquierda y de los electores potenciales del PSOE han asistido a la política conciliante con ETA del Gobierno. Y cada vez más ha crecido la impresión de que ETA se “lleva al huerto” a sus bienintencionados interlocutores cada vez que quiere. Si a esto se añade la campaña despiadada de la derecha, que ha hecho de ETA el núcleo de su ataque al Gobierno y que ha supeditado las razones de Estado a la estrategia política, se complica el panorama. El tema ya no era simplemente acabar con ETA y crear un nuevo marco político, sino utilizarlo para llegar al poder.

Ahora ha llegado la hora de la verdad. Hay que decirle al pueblo que habrá “sangre, sudor y lágrimas”, sin engañarles acerca de lo que nos espera. Y junto a esto utilizar todos los medios del Estado para acabar con la violencia criminal, rechazando cualquier diálogo que vaya más allá de cuándo y cómo van a entregar las armas. No hay que seguir apostando por convencer a los terroristas de las ventajas de la democracia, sino luchar para reducir al mínimo su potencial de violencia, y sólo desde ahí, desde su impotencia ante la eficacia del Estado de derecho, dialogar sobre la entrega de las armas.

Seguir insistiendo en convencer a fanáticos violentos es perder el tiempo, engañar a la ciudadanía y robustecer al terrorismo.

(*) Juan Antonio Estrada, catedrático de Filosofía de la Universidad de Granada

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