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El fanatismo en tiempo de crisis -- José María Castillo, teólogo

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«Fanatismo» y «fanático» son palabras que vienen del término latino fanum. Este término es estrictamente religioso. El fanum era, en la religión romana primitiva, el «lugar sagrado», que muchas veces podía consistir en un bosque sagrado. Más tarde, el fanum fue sustituido por el aedes, el santuario, que se suponía ser la morada de la divinidad (R. Schilling). Y es por esto, porque el fanum es el espacio de «lo sagrado», por lo que pro-fano es lo que está «fuera de lo sagrado».

Esta sencilla explicación de la etimología de lo «sagrado» y lo «profano», ayuda a entender que el fanatismo tiene que ver mucho con lo religioso, con lo sagrado, con lo absoluto. Y, claro está, cuando nos metemos en esos terrenos tan profundamente misteriosos, tan excelsos y sublimes, ocurren dos cosas: 1) Nos salimos del territorio de lo meramente racional; y nos introducimos en el oscuro e insondable mundo de los sentimientos, de las experiencias de «lo santo» y «lo divino», realidades que nosotros ya no podemos controlar y que, mas bien, nos controlan a nosotros. 2) Si es que, efectivamente, estamos ya en el ámbito de «lo divino», eso es lo mismo que decir que estamos en el ámbito de lo que no admite duda y, por tanto, de lo indiscutible, de lo que nada ni nadie puede cuestionar.

Siendo esto así, se comprende el enorme peligro que entraña el fanatismo y la intolerancia que llevan consigo los fanáticos. Y conste que este peligro y esta intolerancia es, antes que nada, una constante agresión para el propio sujeto que vive y se comporta como un fanático. Entre otras razones, porque el fanático, una vez que ha tomado una postura o ha adoptado una decisión, no puede cambiar. Y si cambia, es un traidor. El conocido escritor judío Amos Oz ha dicho con razón que «traidor, a ojos del fanático, es cualquiera que cambia. Y es dura la elección entre convertirse en un fanático o convertirse en un traidor».

Por otra parte, se sabe que la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo. Por esto es tan peligroso y dañino el fanatismo. Porque donde hat fanatismo y fanáticos, inevitablemente hay división, enfrentamientos, conflictos. Y además conflictos que no tienen arreglo. Porque es consustancial al fanatismo la negativa a llegar a cualquier tipo de acuerdo con los que piensan de manera distinta a como piensa el fanático.

Pero, no sólo eso. Lo peor que tiene el fanatismo es que su esencia misma «reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar» (Amos Oz). O sea, que los fanáticos se ven a sí mismos investidos con el sagrado derecho de: 1) No aceptar jamás el punto de vista del contrario. 2) Obligar a que el contrario cambie en su manera de ver la vida y las soluciones que necesita la gente, la sociedad, la política, la economía….

Y aquí, justamente aquí, es donde yo quería llegar. Porque, si escribo estas cosas sobre el fanatismo, es porque, en estos tiempos de crisis económica, estamos palpando hasta la saciedad y el astío, lo malo, lo dañino, que es el fanatismo. La crisis económica, que estamos padeciendo, está resultando tan dura, porque hay hombres y grupos fanáticos que se han empeñado en ser ellos los que tienen la razón. Empeñados en no dar su brazo a torcer. Empeñados en hacer todo lo posible por no dar su brazo a torcer. Empeñados, sobre todo, en obligar a los demás a cambiar. Además, los fanáticos creen que el fin, cualquier fin, justifica los medios. Por eso los políticos y economistas fanáticos mienten, deforman los datos, asustan a la gente, insultan a todo el que no actúa como ellos piensan que hay que actuar.

Evidentemente, en una sociedad así, en una nación, en un país, donde bloques de fanáticos se enfrentan, cuando urge salir de una crisis económica como la que estamos padeciendo, no cabe duda que unos y otros, en lugar de unirse para resolver la situación, lo que hacen es crispar más las cosas, provocar más división y más conflicto. Porque la esencia del fanático es sentirse seguro en «lo sagrado»: su plan es sagrado, sus ideas son sagradas, su solución es sagrada, etc, etc. Y uno termina diciendo: ¡Maldito sea el día en que se inventó eso de «lo sagrado»! Porque el día que se inventó eso, se inventó también el fanatismo, se inventó la intolerancia, se inventó la autosuficiencia, se inventó el desprecio del otro, se inventó la idea perversa de quienes se creen poseedores del derecho de obligar a los demás a cambar. El día que se invetó el fanatismo, se inventó la ruina. Ante todo, la ruina del propio fanático.

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