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El escándalo de la pederastia en la Iglesia católica: El Papa, en estado de ‘shock’ -- Alfredo Conde, escritor

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El Periódico

Ni entre los sacerdotes casados ni entre los de otras religiones es fácil encontrar abusos a menores
Volando de Roma a Edimburgo, Benedicto XVI afirmó que «es difícil entender cómo fue posible esta perversión sacerdotal», refiriéndose a la habida entre el clero católico merced a la frecuentación del cenagoso mundo de la pedofilia de no pocos de sus sacerdotes y a la concatenación de denuncias que vienen asolando, y al parecer desolando, a la Iglesia católica, apostólica y romana a lo largo de los últimos años. No sin razón, aseverarán los más de los lectores. Las cifras son aterradoras.

Las denuncias, no es inútil recordarlo, afectan a las actividades sexuales de no pocos eclesiásticos, ocupados siempre en sus respectivas actividades sacerdotales, sí, pero sin abandonar por ellas, o quizá gracias a ellas, otras no tan santas como las que oscilan alrededor de la citada pederastia y la homosexualidad más perversa y destructiva cuando aquella es practicada con niños o niñas del mismo sexo, de grado o por fuerza y a instancias de unas demandas que si debieran permanecer ajenas al corazón de cualquier bien nacido, mucho más todavía del de los ministros del Señor.

Es muy de temer que, a estas alturas en las que ya sobrevuelan las denuncias por encima de cualquier expectativa previa, aun de las más aventuradas, en cualquier momento, empiecen a surgir las realizadas por aquellas niñas que sucumbieron no tanto a los encantos como a la insistente labor de persuasión de no pocas religiosas ejercientes en los centros de enseñanza equivalentes a los que vivieron la perversión de aquellos niños, hoy adultos, que por fin se decidieron a denunciar en voz alta los hechos que los han herido casi siempre de por vida.

Es fácil imaginarse y entender las causas que decidieron al máximo pontífice de la Iglesia católica a adoptar el tono humilde que describe el reportaje y a ofrecer el rictus de enorme tristeza, en su boca un poco distorsionada, tal y como señala el reportaje; acaso también a mostrar contrita la expresión, luciendo la mirada algo perdida y melancólica, que le es propia, en el justo momento de exhibir su dificultad de entender cómo fue posible tamaña perversión. Una perversión que se asienta en estadísticas que, por lo desmedidas, no es de extrañar que susciten ese tono humilde y ese shock de tristeza.

No solo el sumo pontífice de la Iglesia católica, todos debemos reflexionar acerca de ese «cómo fue posible esta (tamaña) perversión sacerdotal». Sacerdotes los hay en todas las religiones. Pero no en todas están investidos del enorme poder del que lo están los católicos, que no interpretan la palabra de Dios, como en algunas otras, sino que la transmiten y lo hacen, en no pocas ocasiones, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo o, ni mucho menos, a la pastoral eclesiástica al uso en cada uno de sus países respectivos, contradictoria con la predicada en otros, ensoberbecidos gracias a ese enorme poder del que no han de dar cuentas, eso creen no pocos de ellos, al propio Dios.

Esa enorme capacidad de influir sobre las almas, que tal proceder confiere, se une a algo que se relaciona con un reportaje de televisión, emitido el pasado sábado 18 de septiembre por una cadena pública de ámbito estatal, en el que se cuestionaba, muy seriamente, el celibato sacerdotal por parte de una asociación de sacerdotes católicos casados que, si se entendió bien, acoge a 5.000 y pico de ellos.

Ni entre los miembros de esa asociación ni entre los demás sacerdotes de las muchas religiones operantes en el mundo debe ser fácil encontrar muchos casos de abusos sexuales realizados a menores. Alguno habrá. Pero mucho más difícil todavía ha de ser encontrar y cuantificar esos buscados ejemplos de pederastia con la extremada abundancia con la que uno se encuentra al ver las estadísticas de los católicos, tanta, tanta, que se llega a creer, cuando menos a plantear la pederastia como propia de los sacerdotes católicos, casi una conditio sine qua non para poder serlo.

Esta circunstancia, así entendida y valorada, pudiera ayudar no poco a hacerle menos difícil a Su Santidad el entendimiento de la ardua cuestión que tanto lo entristece y traumatiza y tan sumido lo tiene en su melancólico shock anímico existencial. Por qué los católicos sí -y en tal medida- y los otros sacerdotes no -y en tan exiguo número- pueden ser dados a las prácticas que tantos destrozos personales llevan causando.

¿Es la propia religión quien convoca a los pederastas al ejercicio del ministerio sacerdotal? ¿Son los pederastas los que se sienten atraídos por ella? ¿Es el celibato el que empuja o despierta tal y oculta condición de pederastia homosexual? ¿Sería la misma nuestra sociedad actual, idénticos los valores en los que se asienta, más bien se desmorona, de permanecer activos esos 5.000 y pico sacerdotes que no han renunciado a su sexualidad y decidido casarse? Indudablemente, no. Sería otra y, si no mejor, al menos sería menos mala. De momento, sería bueno ir dando respuestas a algunas de estas preguntas.

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