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El «efecto Francisco» -- Gonzalo Fernández Sanz, CMF

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Cuando se asomó al balcón de la basílica de San Pedro dijo que lo habían ido a buscar «casi al fin del mundo». La revista italiana «Jesus» lo presenta, más bien, como el papa «que viene del futuro». Anticipa a nuestro hoy sueños que nos hablan de lo que puede suceder mañana. Ha pasado solo un mes desde su elección. ¿Qué ha hecho el papa Francisco para suscitar una ola mundial de simpatía? ¿Por qué creyentes y no creyentes se sienten atraídos por su figura? ¿Ha contratado al mejor asesor de imagen del mundo? ¿En qué consiste este «efecto Francisco»? ¿Se desinflará pronto como sucedió con el «Yes, we can» de Barack Obama? Una anciana de Roma respondía así a tantos interrogantes: «¡Este papa huele a evangelio!».

Es verdad que en estas primeras semanas –primero discretamente, luego con más descaro– han comenzado a circular las críticas. En esta sociedad mediática, ningún personaje famoso se libra de ellas. Se habla de su deriva populista, de sus «desaciertos» litúrgicos, de su italiano un poco macarrónico, de su incapacidad para cantar y hablar en diversas lenguas… y hasta de sus antiestéticos zapatones negros. Con el paso del tiempo, las críticas irán en aumento y quizá apunten a aspectos más sustanciales. La teología no se va a conformar con un «papa de gestos». Y los medios de comunicación no siempre van a ser cómplices de esta «primavera mediática». Puede que se pase del Hosanna actual al Crucifícalo. Basta que Francisco contradiga proféticamente el «espíritu del tiempo». La opinión pública –incluida la teológica– es así de tornadiza. Pero, mientras, está sucediendo un verdadero «evento comunicativo», como lo define el jesuita Antonio Spadaro, director de «La civiltà cattolica». Y quizá también un «evento evangelizador», una bocanada de aire fresco en este crítico momento que estamos viviendo.

¿Qué ha hecho Francisco para merecer esto? Ha saludado a la gente con expresiones tan sencillas y laicas como «Buonasera», «Buongiorno», «Buon pranzo», «Buon riposo». Ha estrechado manos y besado a niños y enfermos. Ha lavado los pies a jóvenes detenidos. Ha compartido mesa y mantel con los que viven en la «Casa Santa Marta» del Vaticano. Ha llamado por teléfono a muchos de sus conocidos y amigos. Ha pagado de su bolsillo la cuenta del establecimiento donde se alojó durante el cónclave. Ha viajado en autobús con sus compañeros cardenales. Ha renunciado al pectoral de oro y a vivir, por ahora, en los apartamentos pontificios. Ha celebrado la misa diaria con grupos de dependientes del Vaticano en la capilla de Santa Marta…

Parecidas cosas son las que hacen a diario miles de sacerdotes y obispos en todo el mundo y, sin embargo, no parecen tener ningún impacto. Mediáticamente, los gestos de muchos pastores buenos han sido solapados por los casos de pederastia, el famoso Vatileaks, los escándalos de la curia, etc. ¿Se puede cambiar esta imagen negativa de la Iglesia en un solo mes a base de algunos gestos que forman parte del más sencillo estilo pastoral? No es fácil saber qué está sucediendo. Tampoco conviene lanzar análisis apodícticos que el tiempo puede desmontar. Ninguna «papolatría» es sana. Pero hay algunas cosas que cada vez vemos con más claridad y que resultan muy iluminadoras para un grupo de misioneros como el nuestro:

• El papa ha centrado sus gestos y sus pocas palabras en la misericordia de Dios. Tendría muchos motivos para denunciar la podredumbre del mundo y de la Iglesia, para acentuar la crisis que estamos viviendo, pero no lo ha hecho. Ha dicho algo tan blando como: «No tengáis miedo de la ternura». Se está comportando como el «buen pastor» que sale en busca de la oveja perdida. Repite, una y otra vez, casi como el autor de las cartas de Juan, que Dios nos quiere, que tiene paciencia con nosotros, que nos comprende, que nos espera sin límite. Hay «hambre de aceptación incondicional» en medio de situaciones de pobreza, divorcio, desconfianza, etc. Y, claro, esto acaba tocando el corazón.

• El papa no habla mucho. Sus mensajes son cortos, directos y sin mucha arquitectura conceptual (buena para los libros, pero seca para los corazones). Por eso, no le gusta leer sino hablar «a braccio», espontáneamente, para preocupación de quienes luego tienen que transcribir y «arreglar» sus palabras. El texto –tan preciso y precioso para Benedicto XVI (el hombre de la palabra)– parece para él una armadura que lo aprisiona. No quiere superar la «crisis de los intelectuales» con un discurso intelectual más, sino con un cambio de rumbo. Cuando la razón se atasca, llega la hora del corazón. Francisco no es un papa europeo (siempre preocupado por la impoluta racionalidad) sino un papa latinoamericano (sensible a otras dimensiones humanas igualmente importantes). Parece un experto en inteligencia emocional.

• El papa toca, sonríe y gesticula. Cree en la fuerza comunicativa del cuerpo como expresión de una «interioridad habitada» y abierta a los demás. No se deja derrotar por el hieratismo o el formalismo que se suponen en un papa. La «auctoritas» crece con la cercanía, no con la distancia. Cambiar el trono por un sillón y bajarse del coche descubierto para saludar a la gente son solo expresiones de una «synkatábasis» más profunda.

• El papa no parece agobiado por el peso de su responsabilidad. Subido al jeep descubierto, mientras saluda a unos y a otros, parece estar convencido de que, frente a tantos problemas, «ci pensa lui» (o sea, que el asunto de la Iglesia es, sobre todo, competencia del Espíritu Santo). A él le gusta presentarse como «vescovo di Roma» (obispo de Roma), consciente de lo que esto significa para un ejercicio diáfano de la colegialidad y del ecumenismo.

• El papa quiere contagiar entusiasmo. Sabe que ningún cambio sustancial en la Iglesia se va a dar «de arriba abajo» o a base de nuevas encíclicas y proyectos de dicasterio. Quiere involucrar al mayor número posible de personas, creyentes o no, en una especie de «revolución de la confianza».

• El papa es un hombre del Concilio Vaticano II, sin necesidad de estar citándolo a cada paso. Ha crecido con él y lo ha hecho suyo. No se deja atrapar por la cansina dialéctica entre tradicionalistas y progresistas.

• El papa vive como la cosa más natural del mundo su preocupación por los pobres, sin hacer alarde de «opciones» y sin romperse la cabeza con esquemas de escritorio; simplemente, respira su aire, busca su cercanía y cree que son los principales destinatarios del Evangelio.

• El papa es un hombre abierto al diálogo ecuménico e interreligioso por la vía directa del acercamiento personal, sin necesidad de convocar grandes asambleas: «Seamos lo que somos; es decir, hermanos».

• El papa cree que el centro del Evangelio es el amor. Procura mostrarlo en la sencillez de los gestos que todo el mundo entiende. Como hacía Jesús. Sabe que el amor es difusivo. Por eso… ¡huele a Evangelio! Va directo al centro de cada persona. La gente capta su mensaje sin grandes esfuerzos.

¿No tendríamos que proceder nosotros de manera semejante? Estamos saturados de análisis de coyuntura, declaraciones capitulares, planes de acción, planes pastorales, encuentros de todo tipo… ¡Hasta es posible que estemos ya un poco hartos de la Fragua! Tres años, en este mundo superveloz, son como un siglo. ¿Qué tipo de gestualidad, en el sentido más sacramental del término, podría expresar la alegría de la vocación misionera? ¿Cómo podemos contagiar este entusiasmo a quienes se han alejado de la fe o de la comunidad eclesial? ¿Cómo involucrar a los jóvenes en este viaje al futuro?

Nada se improvisa. El «efecto Francisco» no es el resultado de una estrategia efímera de mercadotecnia. ¡Es la socialización de un estilo fresco de Evangelio que Jorge Mario Bergoglio ha ido incubando a lo largo de años! Es el efecto benéfico de la renuncia de Benedicto XVI, que ha dejado paso a otra persona y otro estilo. Parecen cumplirse, una vez más, las palabras del profeta Joel: «Yo derramaré mi espíritu sobre todo hombre. Vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos tendrán sueños, y vuestros jóvenes visiones!» (3,1).
Y tú, ¿qué piensas?

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