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El dios de los ricos no está en crisis -- José María Castillo, teólogo

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Una de las noticias que más se comentan hoy en los medios de comunicación es el sorprendente aumento del número de ricos, en todo el mundo, concretamente en España: 16.000 más que en 2008. O sea, los ricos han aumentado, en 2009, un 12, 5 % respecto al año anterior. El informe del Merril Lynch Global Health Management entiende por ricos los que tienen, al menos, un millón de euros, sin contar la primera vivienda y los gastos de consumo.

Por tanto, cuando más aprieta la crisis a los pobres y a los trabajadores, cuando más aumenta el número de parados, resulta que los ricos tienen más suerte y, por lo que dicen los que saben del tema, los ricos son cada día más ricos.

Decir esto es lo mismo que decir que aumenta la violencia, la crueldad, la deshumanización, el sufrimiento y la desesperanza de millones de criaturas. Esto es lo peor de todo. Pero, además de esto, el aumento del número de ricos es también un patético indicador religioso. Los cristianos sabemos que Jesús dijo: «No podéis servir a Dios y al dinero». Y la razón es clara: «Nadie puede estar al servicio de dos señores, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro» (Mt 6, 24). La consecuencia – si es que Jesús llevaba razón – es que el Dios de los ricos no está en crisis. Está en crisis la economía y las víctimas de la economía de mercado. Pero lo que más llama la atención es que precisamente cuando el Dios de los pobres se ve más excluido y desautorizado, el Dios de los ricos está cada día más robusto y es más generoso con sus fieles.

Y mientras tanto, la Iglesia pidiendo dinero. Lo vemos en la tele, lo oímos en los mensajes publicitarios de las emisoras de radio. Los obispos le piden a la gente que ponga la cruz en la casilla de la Iglesia. Es verdad que la Iglesia afirma que ese dinero es para sus 0bras asistenciales y de caridad, que son muchas. Pero no es sólo para eso. Sabemos de obispos que consiguen generosos préstamos de los bancos, en estos tiempos de penuria, para construir edificios enormes, para sus obras enormes.

¡Cómo han cambiado los tiempos! En los siglos III y IV, el obispo era el encargado de administrar los bienes de la comunidad. Pero el obispo (todo obispo) sabía que el sujeto de dominio de los bienes de la Iglesia eran los pobres y desamparados: así aparece en el canon 25 del concilio de Antioquía (año 341). El papa Gelasio repite la misma legislación, a finales del siglo V, en una carta a los obispos de Sicilia (PL 59, 57).

Y, sobre todo, la Iglesia era, en aquellos tiempos, sumamente cuidadosa para algo que ahora nos parece increíble: cada obispo no podía admitir donaciones de quienes cometían injusticias. San Basilio no admitió la ofrenda de un prefecto injusto (PG 36, 564). Y san Epifanio enuncia el principio general: «La Iglesia admite las ofrendas de los que no han hecho mal a nadie o no han cometido ningún crimen, sino que se conduce con justicia» (PG 42, 832).

Pero más exigente que todo esto es lo que ordenaba la Didaskalía, un documento litúrgico y canónico del s. III, que daba normas para el comportamiento en la liturgia y en la vida de las comunidades. El principio general era que «el altar de Dios son las viudas y los huérfanos» (II, 26, 3). Por eso la obligación principal del obispo era vigilar con sumo cuidado para que quienes cometían atropellos e injusticias no se acercaran al altar; ni por tanto podían aportar limosnas para los pobres (II, 17, 1). Ni los que se aprovechaban de los pobres, ni los que pagaban jornales injustos, ni los que trataban mal a sus trabajadores…, de ninguno de esos individuos, el obispo podía aceptar ayudas o limosnas.

Porque «de los dineros que provienen de la injusticia, no puede vivir el altar de Dios (IV, 5, 2). De ahí que, de los poderosos y de los ricos, que eran los que se ofrecían para dar limosnas, de tales personas no se aceptaban ayudas para la comunidad (IV, 8, 3). Y esta convicción llegaba hasta el extremo de que, según se decía en la misma Didaskalía, «es preferible morirse de hambre antes que recibir nada de los inicuos y de los que cometen injusticias» (IV, 8, 2). Este precepto lo repiten las Constituciones Apostólicas, en Oriente, y los Statuta Ecclesiae Antiqua, en el s. V.

Pero han cambiado los tiempos. Nuestra Iglesia recibe ahora dinero de quien sea. Y cuanto más, mejor. Por supuesto, el sujeto de propiedad de ese dinero ya no son los pobres. Ahora, los pobres están en la puerta de la Iglesia pidiendo limosna. El problema está en que cada día va menos gente a las iglesias de nuestra Iglesia. El Dios de la Iglesia está tan en crisis como los pobres. La gente ahora va a los nuevos templos del Dios de los ricos. Esos templos son los bancos, que, según dicen, están bien protegidos, son seguros y no se tambalean.

La cosa está clara: el Dios de los ricos está en auge, precisamente cuando el Dios de los pobres se debate entre las dudas, el descrédio y el resentimiento de muchos ciudadanos. En todo esto tiene mucho que ver el sistema económico que manda en todos nosotros. Pero también tenemos nuestra parte de responsabilidad los que vamos con más preocupación y fervos a los bancos que a las iglesias. Y, de paso, que se pregunten los obispos si ellos se sienten sucesores de aquellos antiguos obispos que preferían morirse de hambre, antes que aceptar los dineros de los que oprimen a los pobres. ¿Seguiremos creyendo en el Dios de Jesús? ¿O es que hemos cambiado de Dios y hemos encontrado otro más cómodo y menos exigente, por más que sea un Dios cruel con los más desgraciados?

Acabo ya. A los que dicen de mí que le tiro a la Iglesia, yo les pregundo (y me pregunto) si es mejor seguir callando y hacerse cómplice de estas cosas o, por el contrario, decir lo que hay que decir, aunque eso lo digamos de la que dicen que es «nuestra madre». Prefiero que llamen «traidor» a que digan de mí que mi boca está sellada por el vil dinero. En cualquier caso, mi convicción es que Jesús y su Evangelio están por encima de todo, también de la Iglesia

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