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El Dios de los controladores aéreos -- José María Castillo, teólogo

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Una de las cosas, que ha puesto en evidencia el conflicto de los controladores en España, es que un grupo reducido de personas puede paralizar la vida normal de un país, desencadenando pérdidas asombrosas, conflictos increíbles, etc, etc. Y si, en lugar de los controladores, hubieran sido los banqueros o, lo que es más grave, los grandes señores que manejan los mercados financieros, en ese caso, un grupo mucho más reducido de individuos, de la noche a la mañana, nos habrían hundido a todos en la más espantosa miseria.

Así funciona nuestro mundo. Y así de insegura es nuestra situación. Por supuesto, el Estado de derecho cuenta con medios para evitar que se produzca una catástrofe de semejantes dimensiones. Pero el problema está en que no es absurdo pensar que se puede producir. Sobre todo, si tenemos en cuenta que el poder económico está cada día en manos de menos personas.

No es de mi competencia señalar aquí los instrumentos políticos, jurídicos y económicos que sería necesario movilizar para suprimir, de una vez por todas, que estemos flotando (sin saberlo) sobre el cráter de este inmenso volcán que nos puede tragar a todos. Desde mis limitadas posibilidades de conocimientos teológicos, me parece decisivo que todos caigamos en la cuenta de que, en el fondo, lo que aquí está en juego es un problema religioso. El problema religioso por excelencia, que es, por más que mucha gente ni se lo imagine, el problema de Dios.

No estoy hablando de una ocurrencia mía. Ni de una elucubración traída por los pelos. Estoy hablando del Evangelio. En el mundo entero hay mucha gente que dice – al menos dice eso – que le tiene gran respeto al Evangelio. Pues bien, Jesús dictó esta sentencia: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6, 24; Lc 16, 13). El texto griego original utiliza el verbo «doulein», que significa literalmente «hacerse esclavo». Jesús, por tanto, afirma que, puestos a elegir quién debe mandar en nuestras vidas, hay que decidirse entre Dios y el dinero. Porque armonizar el servicio a Dios y el servicio al dinero no es posible. ¿Por qué? Lo explico.

Para hablar del «dinero», el Evangelio utiliza en este caso una palabra muy rara: «Mamón, un término formado con la transliteración griega del arameo para indicar «dinero, riqueza, posesiones». ¿Por qué esta palabra aquí precisamente? Porque indica, no ya la moneda como instrumento de cambio, sino el afán por los bienes que mandan en la vida del poseedor y se hacen dueños de sus decisiones y de su conducta. Ya Juvenal (s. II) decía que este afán por el dinero, sin tener altares, era el más venerado de los dioses romanos.

El dinero satisface deseos, da seguridad, otorga prestigio, seguramente fama y, en todo caso, abre puertas, soluciona problemas y concede poder. Pues bien, todo eso, para mucha (muchísima) gente, es más importante que Dios. De forma que incluso la religión se organiza y se gestiona como argumento y justificante de la acumulación de bienes. En definitiva, el sujeto que entra en esa corriente, y se deja llevar por ella, termina creyendo más en el dinero que en Dios. Y, si es preciso, no duda en poner a Dios al servicio de Mamón.

Como es lógico, yo no sé si los más de dos mil controladores, que hay en España, creen o no creen en Dios. Lo que sí sabe todo el mundo es que el salario medio de estos controladores es de 350.000 euros anuales, que hay bastantes que ganan entre 360.000 y 540.000 euros al año, y que algunos, a base de horas extraordinarias, llegan hasta los 900.000 euros.

No me interesa saber las creencias religiosas que tienen unas personas que, ganando tales cantidades en un país en el que el 40 % de los parados reside en hogares donde ninguno de sus miembros trabaja, causan un destrozo económico y humano monstruoso por ganar ellos más dinero. Lo que sí se puede afirmar es que, para quienes hacen eso, las creencias determinantes de su vida están puestas en el «Mamón» del que habla el Evangelio, no en el Dios del que habla Jesús.

En última instancia, lo que quiero decir, al recordar estos hechos, es que, tal como funciona el mundo en que vivimos y la sociedad en que hemos crecido, me parece que los fieles con que cuenta «Mamón» son muchísimos más que los fieles con que cuenta Dios. Y lo peor del caso es que los fieles servidores de «Mamón» no son conscientes de que sus «creencias religiosas» no están en la «iglesia», sino en el «banco». O quizá están depositadas en un paraíso fiscal cualquiera sabe dónde.

La cuestión, en definitiva, está en saber que no es lo mismo hablar de «creencias» religiosas que de «prácticas» religiosas. La satánica y canallesca habilidad de algunos radica en que han sabido armonizar admirablemente sus auténticas creencias con sus hipócritas prácticas de correctos «beatos» o de fervorosos «capillitas».

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