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El difícil parto europeo de una doctrina social ecuménica -- Luis Fermín Moreno

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“¿Qué dirán las generaciones futuras de nuestra asamblea de Sibiu? ¿Se sentirán decepcionados por las conclusiones a las que hemos llegado o contentos de que no nos hayamos parado en este camino hacia la unidad?”. Esta reflexión, algo desencantada, de la pastora luterana alemana Almut Bretschneider-Felzman resume perfectamente el estado de ánimo de los 2.500 delegados de las iglesias católicas, protestantes y ortodoxas que se reunieron del 4 al 9 de septiembre pasado en la Asamblea Ecuménica Europea, organizada por la Conferencia de las Iglesias Europeas (KEK) y el católico Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE).

Fue la tercera vez, tras los encuentros de Basilea (Suiza) en 1989 y Graz (Austria) en 1997, que se celebra esta Asamblea. Y la elección de la ortodoxa ciudad rumana de Sibiu, situada al pie de los Cárpatos, no ha sido, ni mucho menos, casual. Cinco confesiones cohabitan en esta ciudad designada Capital Europea de la Cultura en 2007: la ortodoxa rumana (mayoritaria en el país), la católica (en dos ritos distintos, latino y greco-católico), y tres protestantes: luteranos, reformados y baptistas.

El espíritu de esta asamblea ha sido, sin embargo, muy distinto al de las anteriores. Es verdad que hace veinte años, un encuentro como éste en tierras ortodoxas era totalmente impensable. Pero la impresión de que la marcha hacia la unidad ha reducido sensiblemente su velocidad ha dominado toda la reunión. Y a la vista del mensaje final y los inexistentes avances teológicos respecto a la anterior asamblea de Graz, la duda de la pastora germana estaba más que justificada.

¿Qué se ha movido en estos diez años? Poco, en realidad. El avance más sustancial ha sido, sin duda, la Carta Ecuménica Europea, firmada por la KEK y la CCEE en 2001. En esta Carta, entre otras cosas, se establecía la creación de consejos ecuménicos a niveles diocesanos y de conferencias episcopales. Su implantación ha sido muy diversa y, como ha lamentado monseñor Peter Fleetwood, secretario general adjunto de la CCEE, “los debates de Sibiu han mostrado que poca gente la conocía”. Ciertamente, algunas Iglesias, como en Alemania, han acordado incluso el reconocimiento mutuo del bautismo, como primer paso hacia “un entendimiento de la eucaristía, el ministerio y la eclesiología en general”. Pero en otros países, como España, la Carta “está sin estrenar”, en palabras de Vicente Sastre, delegado de Ecumenismo de la archidiócesis de Valencia.

Del desinterés por el ecumenismo de la Iglesia española, a pesar de que ya residen en nuestro país más de medio millón de ortodoxos y un buen número de anglicanos y luteranos, es buena muestra la participación: mientras la Conferencia Episcopal Italiana ha enviado 20 obispos, en la delegación española, compuesta por 34 personas, sólo había cuatro y no precisamente de diócesis muy representativas: Almería, Urgell, Vic y Alcalá de Henares.

Por lo demás, la colaboración de la Iglesia católica –o del Vaticano, habría que decir- en el “fracaso” de la Asamblea ha sido, de nuevo, inestimable. No sólo porque la Santa Sede organizó para las mismas fechas el viaje de Benedicto XVI a Austria, acaparando gran parte de la atención, hasta el punto de que el propio presidente de la CCEE, el cardenal de Budapest, Péter Erdö, brilló por su ausencia en Sibiu para estar junto al Papa, sino porque, como es lógico, la Asamblea ha estado marcada por el documento publicado en julio por la Congregación para la Doctrina de la Fe afirmando que “la Iglesia de Cristo sólo subsiste en la Iglesia católica”.

“Hoy, ser o no ser una Iglesia no depende del Vaticano. El ecumenismo sólo puede progresar con el respeto mutuo”, respondió el obispo Wolfgang Huber, presidente de la Iglesia Protestante Alemana.

Para otros, el estancamiento que sufre el diálogo ecuménico se debe a que el método utilizado hasta ahora, consistente en señalar los puntos de convergencia, ha perdido su eficacia. El metropolita Kirill de Smolensk, del patriarcado de Moscú, rechazó un ecumenismo “falso que trate únicamente de ser amables unos con otros”. Kirill opinó que el diálogo debe basarse “en la verdad y la claridad, presentando cada uno de una manera honesta nuestra posición actual”. Y lo respaldó el arzobispo ortodoxo Anastasios de Tirana: “Es cierto que ha habido decepciones en el movimiento ecuménico. Ahora es importante evitar el lenguaje diplomático y abordar los verdaderos problemas que existen entre las Iglesias”.

Pero en fin, si no ha estado marcado por grandes avances teológicos, la Asamblea ha visto al menos la voluntad de ver emerger una “doctrina social ecuménica”. Esto es quizás lo más importante del encuentro: la fuerte demanda, por parte de los delegados, de un testimonio común de las Iglesias cristianas en Europa y en el mundo. Se trata, dijo el obispo Huber, “de testimoniar a favor de un compromiso social duradero en la era de la mundialización. Enfrentamos juntos, en tanto que Iglesias, los desafíos del debate sobre asuntos como la responsabilidad de nuestro continente a nivel mundial, la inmigración, el cambio climático, la justicia ecológica, los objetivos del milenio, los derechos de las minorías étnicas o una globalización justa”.

Ahora les toca actuar a los cristianos de base. Como dijo el cardenal británico O’Connor, arzobispo de Westminster, “el ecumenismo no ha avanzando nunca con la cumbre de las Iglesias, sino con las comunidades locales”. Ahí, en “las pequeñas cosas en los hogares, en las parroquias, en los pueblos, en las ciudades, es donde se da el verdadero diálogo”. Porque, como concluyó el propio Clermont, “el movimiento ecuménico no tiene necesidad de nuevas ideas, sino de nuevos testimonios”. ¿Será suficiente?

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