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El descontento de los nacionalistas -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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El malestar de los catalanes con el encaje de su «nación» en el resto de territorios, reinos, o regiones, de la Península Ibérica, es antiguo, constante, clásico, y molesto. En la época dorada del Reino de España, vamos a convenir que eso se haya producido en la época del emperador Carlos V de Alemania, o del rey Carlos I de España, que «tanto monta monta tanto», unos tiempos de los que parecen acordarse poco nuestros amigos catalanes, época en la que las tierras catalanes eran gobernadas, o administradas, o gestionadas, por un virrey del Rey de España. En los que Catalunya funcionaba como algo muy parecido a las Autonomías actuales, pues si es verdad que los virreyes tenían que dar cuenta de su administración al Rey, disponían de amplia potestad para rodearse de aquellas personas, libremente escogidas, que mejor servían, a su entender, para ayudarlo en la gestión de su administración. Recordando los años de un virrey muy especial, como fue el Duque de Gandía, Francisco de Borja, después San Francisco del mismo nombre, nos encontramos ya con las dificultades que los anhelos de libertad y autonomía de los catalanes creaban a la administración del virreinato, con continuas menciones a los bandoleros y revoltosos que producían fuerte dolor de cabeza a los que gobernaban, como podemos apreciar en la biografía del Duque de Borja.

Es decir, el contencioso de los catalanes con el resto de españoles, viene de largo. En el año 1932, en tiempo de la 2ª república española, don José Ortega y Gasset, preclaro intelectual de agudos análisis y diagnósticos sociales, como demuestran sus obras, «El tema de nuestro tiempo» y «España invertebrada», escritas por esa época, pronunció la famosa frase, cuyo valor se comprueba hasta el día de hoy, «el problema catalán no se puede solucionar, solo conllevar». Mi propósito es, brevemente, analizar el tenor, y las causas, del descontento de los catalanes, procurando un discurrir histórico.

Desde tiempos más antiguos, el hecho de no haberse convertido en reino, en el momento histórico en que se produjo ese fenómeno político y social, crea la impresión de que esa carencia ha empujado a los catalanes hasta a falsear su Historia, inventándose reyes, y reinas, intentado convertir lo que solo alcanzó el estado de Virreinato, con lo que esto significaba de reconocimiento de la importancia de la región, y de su capital, Barcelona, a diferencia de otras provincias y regiones españolas que no gozaron de ese importante reconocimiento oficial. Pero una vez llegados a ese gozne que significó el paso y la encrucijada entre los siglos XV y XVI, ya no hubo en España más oportunidades, ni posibilidades reales, de erigir otros reinos que los que venían vertebrando la península, y que llegaron en su categorí9a de tales hasta ese momento, (otros, como el antiquísimo reino de Asturias, o el dudoso y lleno de nieblas de Galicia, ya habían declinado esa consistencia, dando lugar a los cuatro reinos clásicos), que fueron, y son los que con toda legitimidad y necesidad campean en el escudo de España, como son Navarra, León, Castilla , Aragón, y Portugal, con su orden de aparición , más o menos, en la Historia de la Península Ibérica. Por no tener una fecha de creación tan antigua y primigenia, los catalanes se inventaron esa ficción del origen de su reino en una heroica y brillante campaña militar de rompimiento con España en tiempos de Felipe V. algo que no soporta el análisis más simplista y llano.

Y ya en tiempos más cercanos, saltando hasta los siglo XIX y XX, me atrevo a lanzar esta hipótesis, que no es una teoría histórica probada y demostrada: cuando el carácter productivo, y la importancia decisiva de la Economía se impone como componente esencial del fenómeno político, Cataluña, tierra de fenicios comerciantes, y laboriosos burgueses, se encuentran al final del siglo XIX, en plena época de la industrialización en Europa, con una de las mejores redes de la industria textil europea, con Inglaterra y el norte de Italia, mientras ven al resto de la península, en horas bajas, con lo últimos días del Imperio, y la pérdida de las últimas colonias, de Filipinas y Cuba, en vuelta en un manto de pobreza, atraso y subdesarrollo, solo acompañados de cerca por los burgueses valencianos, magnates de la naranja, y compañeros literarios en la hermosa lengua catalana-valenciana-mallorquina. No es coincidencia que los dos mejores, y más hermosos ensanches urbanos de finales del siglo XIX y principios del XX sean los de las ciudades de Barcelona y Valencia. Todo parece indicar que, expresándome en estilo coloquial, esta supremacía industrial, productiva, y, como consecuencia, económico y social, que se fraguó también en instituciones de alto valor, y noble alcurnia, se les subió a la cabeza a los catalanes, unido, como era lógico y sensato esperar, con un sentimiento si no de desprecio, sí de menosprecio y sentimiento de superioridad hacia el resto de españoles.

Y en tiempos todavía más recientes, nos retrotraemos hasta el año del «gran agravio», para los catalanes: cuando el Tribunal Constitucional (TC) tumba, más por exigencia que por simple petición del PP, el «Estatut» que el «Parlament» había elaborado con orgullo y legítima satisfacción el año 2010. «La sentencia del Tribunal Constitucional, (TC), LSTC 31/2010, formalmente fue una sentencia, pero materialmente fue un golpe de Estado», escribe el jurista Javier Pérez Royo, (Sevilla, 1944, quien es un jurista español, Catedrático de Derecho Constitucional, en la Universidad de Sevilla, y comentarista político), en un artículo publicado ayer, 02/10/2017, en El Diario.es. Esta actuación, según muchos de los constitucionalistas españoles, indebida e inapropiada, siendo lo más leve y políticamente correcto que pueden expresar, está en el origen, y es la madre de todos los agravios que sienten los catalanes hacia el resto de España, y que aclara, y casi explica, la actitud hostil y contraria de los ciudadanos de Catalunya, hacia los tribunales, instituciones, y organismos políticos, ¡sobre todo jurídicos!, de España.

(Ésta es la verdadera y profunda razón de la actual animadversión de muchos de los catalanes, no tanto hacia el resto de españoles, sino hacia un elemento significativo y localizado del aparato del Estado, tanto político como jurídico. Como explicaré mañana, o un día de éstos, hay que tener bastante tino, equilibrio, y consideración, para juzgar el hecho triste, penoso y grave de la actual situación. Y es así como intentaré aclarar mañana mi opinión, sin descalificaciones irreversibles, ni a un lado ni a otro, con una voluntad clara e inequívoca de ser imparcial, lo cual no quiere decir, ¡como se empeñan tantos!, equidistante, y respetando siempre los postulados de la justicia, pero intentando siempre no machacar ni humillar a los que puedan ser adversarios intelectuales, o de opinión. ¡A ver si así podemos entender el motivo profundo del descontento de los catalanes, -y todavía más, está claro, de los nacionalistas-!)


El descontento de los nacionalistas (II)

4º El orgullo y satisfacción de los últimos meses, (que después se convertirá en descontento, como veremos). Los españoles del resto de España, y los catalanes no nacionalistas, tuvieron un profundo motivo de malestar los días seis(6) y siete (7) de Septiembre en unas sesiones bochornosas, que hasta podemos llamar escandalosas, del Parlament, en las que la exigua mayoría parlamentaria nacionalista, saltándose todas, ¡no es exageración, todas!, las normas estatutarias, negaron la voz a la minoría no nacionalista, sin consultar los órganos jurídicos de la Cámara, ni el órgano de Garantías Estatutarias, alterando el «Orden del día», y votando, el día seis, la «Ley del referendum», y, el día siete, la de «Transitoriedad», o desconexión, amén de una especie de Ley Constitucional «provisional», hasta que, proclamada la Nueva República catalana, organizaran los órganos jurídicos definitivos para promover la organización jurídica del nuevo Ente. (Antes de seguir, y para que quede bien claro, estas «¿leyes?» no son tales en un Estado organizado, como es España, pues no tienen el estatus de ley hasta que no hayan sido refrendadas por le Parlamento nacional.

Tenían, además, el agravante, no solo de no contar con ese refrendo, sino negando explícitamente esa necesidad, y tratando ese trámite con más sarcasmo que displicencia). Ni qué decir tiene que este atentado jurídico-político no solo no fue motivo de descontento para los nacionalistas, -pero sí para loss catalanes no nacionalistas, y para dolor y vergüenza del resto de españoles-, sino de reafirmación del seguimiento ciego a sus líderes políticos, y de orgullo por la firme determinación de abordar un Referendum que, previamente, había sido declarado nulo por el Tribunal Constitucional, que, como otras veces, fue despreciado, ninguneado, y hasta vituperado. Habrá que recordar aquí que no hacía falta llegar a la proclamación de la Independencia, para que el Estado español recurriese al artículo 155 de la Constitución, que es casi copia del art. 37 de la Constitución alemana?

5º El descontento de las últimas semanas. Ahora sí descontento, y, en muchos casos, rabia, furor y enfado monumental. No sabemos si todas estas reacciones han sido, y están siendo, verdaderamente espontáneas, o promovidas, jaleadas y azuzadas por los líderes políticos. Todo comenzó con la movida del domingo 1º de octubre, y la intentona, o simulacro, que ambas apreciaciones son válidas y apropiadas, de Referendum para que los votantes se pronunciaran por la Independencia. Todos sabemos qué pasó, que no fue nada del otro mundo. Ya escribí sobre ello. Que si es verdad que se movieron un poco más de dos millones de ciudadanos, y sufrieron algún arañazo, o pequeños daño colateral, 900 personas, que para facilitar el cálculo podemos redondear a 1.000, el tanto por ciento de las personas involucradas es verdaderamente espectacular: 0, 05%. Parece mentira que los gobernantes de una Autonomía que mandaron a sus «Mossos de Escuadra», con motivo de la manifestación promovida por el movimiento de 11M en la Plaza de Cataluña, zurrar la badana sin piedad, tanto que hubo tal clamor que la sociedad catalana pidió a gritos la destitución del secretario de Interior, parece mentira, digo, que siendo millones de participantes, con consejos y soflamas por parte de los gobernantes de desobediencia y resistencia, y siendo tan pocos, y tan poco, los dañados, inundaran de imágenes y vídeos, muchas veces mentirosos y falaces, toda Europa, y parte del mundo. Pero la verdad es que cuando se miente mucho, siempre igual, y se repite la mentira insistentemente y sin variar, ni sonrojarse un mínimo, la mentira se convierte en Verdad. Y lo penoso y triste es que este episodio, con un relato exagerado, sino mendaz, ha sido el detonante del mayor y más grueso, pero aun así, falso, motivo de descontento de los nacionalistas.

6º El enfado monumental, hasta llegar al escándalo, (para mí, farisaico), de los últimos días. El nacionalismo catalán dio, como tantas veces, muestra de su «seny» , en la tranquila y casi plácida aceptación de la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que da al Gobierno amplia potestad para limitar el ejercicio del poder de una Autonomía, cuando sus dirigentes han incumplido gravemente la ley, potestad que puede llegar hasta la intervención de dicha Autonomía. Los catalanes apreciaron que la aplicación del temido artículo constitucional había sido progresivo, corto, y bastante moderado, con el colofón, además, de unas elecciones autonómicas, que darían ocasión para que los ciudadanos se pronunciaran. Por todo ellos, todo indicaba que loas cosas se encauzaban suavemente, y sin sobresaltos. Y en eso ha llegado la bomba: la huida del President Puigemont, la intervención de los tribunales, la decisión de encarcelar a los miembros de antiguo Govern de la Generalitat que no se encuentran en España, y la euro-orden de detención del ex presidente.

El laudo de la jueza Lamela alude al peligro de huida de los encausados, y no ha tenido que argumentarlo demasiado, a la vista de la espantada del President. Este cumulo de pésimas noticias ha supuesto la indignación de los nacionalistas, y la acusación a los tribunales españoles, y, de paso, a todo el Gobierno, y de refilón, a toda España, de falta de democracia, y de carencia de las garantías mínimas necesaria para un juicio justo. Pero a esta indignación que parece justísima le tengo que poner dos consideraciones: 1ª), como leí en un artículo muy severo, que no recuerdo ni el medio, ni el escritor, pero con el que estaba de acuerdo, los ciudadanos catalanes adeptos de nacionalismo han seguido tan ciegamente a sus líderes, que es preciso recordarles que son mayores de edad, y, por tanto, responsables de sus decisiones, de haber jaleado tanto, y animado a sus políticos, sabiendo que estaban adentrándose por un camino no solo de vértigo y rumbo al precipicio y a lo desconocido, sino claramente infractor de normas y leyes de extrema claridad: así como que es bueno recordar que los ciudadanos somos responsables de la infracción de las leyes, aunque las desconozcamos, pues una de nuestras primeras obligaciones ciudadanas es conocerlas. Y 2ª), la sorpresa, y el hecho gravísimo e indignante no es, como le oí decir a una militante de la CUP, o tal vez diputada, que en un país de la Unión Europea no haya sucedido en los últimos cuarenta años, que unos políticos hayan sido encarcelados por «motivos políticos», algo que toda persona medianamente informada sabe que es falso, sino que lo «indignante y gravísimo es que unos políticos que deberían ser los más responsables y diligentes en cumplirlas, hayan conculcado, a sabiendas, leyes importantísimas, constitutivas de la esencia de un Estado soberano.

(Aun así, quiero trasmitir lo que nos recordaba en «Religión digital» su director, José Manuel Vidal: que los cristianos tenemos que dar ejemplo de la mayor voluntad de entendimiento entre hermanos, y amigos. y que es penoso que los católicos españoles no estemos sabiendo ser generosos y comprensivos, no para aceptar todo y cualquier quebrantamiento de la legislación vigente, sino para dar testimonio, en cualquier situación, de ponderación, de no querer juzgar a nadie sin tener en cuenta el contexto y el entorno de los conflictos, y recordando siempre la enseñanza del Maestro, que le dijo a Pedro, «no es que tengas que perdonar siete veces, sino setenta veces siete»).

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