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El desamparo del derecho -- José María Castillo, teólogo

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josemariacastillo

Se ha dicho muchas veces que el derecho siempre llega tarde. Y es así. Primero, se cometen agresiones contra las personas. Y luego, las instituciones públicas dictan leyes para castigar a los infractores o para impedir que las agresiones se sigan cometiendo. Es muy extraño e infrecuente que se aprueben leyes para prevenir delitos. Las leyes y los derechos son la respuesta a necesidades sociales que la gente padece y ve que no están resueltas.

Por eso se puede afirmar, con toda razón, que el derecho tiene una finalidad de amparo. De la misma manera que se puede asegurar que quienes carecen de derechos son los más desamparados de este mundo. Nunca, por tanto, elogiaremos suficientemente el valor y la importancia del derecho. Pero con tal que hablemos con propiedad del derecho en sentido estricto.

Quiero decir, una persona tiene un derecho (propiamente tal) cuando, si se ve privada de él, puede presentar una demanda, con las suficientes garantías de que la demanda será escuchada, acogida y resuelta de acuerdo al imperio de la ley. El que no puede acudir al juzgado de guardia, para denunciar al agresor de un derecho, es que carece de ese derecho. Esto es tan evidente que no necesita más aclaración.

Pues bien, estando así las cosas, se comprende fácilmente el inmenso desamparo que, en el ámbito fundamental de nuestros derechos, nos vemos sumergidos en la presente situación. Porque carecemos de derechos en cosas que son muy importantes en la vida de cualquier ser humano. Baste pensar en los inmigrantes «sin papeles».

Seguramente son el ejemplo más patente y más patético de lo duro que es vivir en el desamparo del derecho. Desamparo jurídico porque, cuando uno carece de «papeles», no tiene más posibilidades de salir adelante que la buena voluntad de los demás. Y bien sabemos que la buena voluntad no siempre abunda, sino que, por el contrario, escasea demasiado.

Por eso es importante y urgente que la gente piense, que todos pensemos, en la cantidad de asuntos capitales en los que carecemos de derechos. La vida y los cambios sociales van tan de prisa, que carecemos de instituciones públicas y de leyes que nos puedan amparar y sean capaces de protegernos de los muchos buitres, de las miles de aves de carroña, de las fieras, que gozan de poder y carecen de conciencia en asuntos que son vitales para la humanidad, para los pueblos y para los individuos.

Voy a poner algunos ejemplos que explican bien lo que estoy diciendo. 1) Economía: se ha globalizado, es decir, los verdaderos problemas, que generan abundancia o crisis, son problemas de ámbito mundial. Pero no existe una autoridad mundial con capacidad para dictar leyes universales sobre la economía. Y menos aún existe un tribunal penal internacional, con poderes en el mundo entero, para juzgar y castigar a los muchos canallas que tienen poder para dar órdenes a los mercados financieros con la inevitable consecuencia de hundir empresas, arruinar a paises enteros, dejar a millones de travajadores en el paro, etcétera.

Eso es lo que se ha hecho en los últimos años. Y se sigue haciendo. Pero, ¿quién juzga a esos buitres de tantan maldad? ¿quién los puede meter en la cárcel? ¿quién tiene capacidad para exigir que devuelvan el dinero que nos han robado a todos? Ahí están, en la calle, como señores respetados y respetables, disfruntando de sus caudales fabulosos. Y todo esto, ¿por qué? Porque vivimos dependiendo de un mercado mundial, al tiempo que no existe ni un derecho financiero mundial, ni un tribunal penal mundial, ni una justicia mundial.

2) Informática. Internet ha llegado hasta los rincones más lejanos del mundo. Y bien sabemos que, con la información que circula libremente, se gana dinero, se hace propaganda, se critica a instituciones y personas, se crean estados de opinión que pueden ser decisivos en la sociedad, se hace mucho bien o mucho mal, se educa o se corrompe a toda clase de personas, y sobre todo se ha creado una red mundial de comunicación en la que la información ha ocupado el lugar del pensamiento.

Es decir, sabemos más que nunca, pero cada día pensamos menos, leemos menos libros, tenemos menos espíritu crítico, estamos más dominados por el llamado con razín «pensamiento único». Ya no somos nosotros los que mandamos en la Informática, sino que la Informática se ha hecho la dueña del mundo y manda en todos y en casi todo, por no decir «en todo». O sea, estamos más controlados que nunca y quizá «somos más esclavos que nunca».

3. Religión. Es un asunto que a mí, como creo que a mucha gente, nos preocupa de manera creciente. La religión nos impone obligaciones y deberes, pero no nos da derechos, si es que hablamos del derecho en sentido propio y estricto, tal como antes lo he explicado. Otro día hablaremos de esto más detenidamente. De momento, me limito a decir que, por ejemplo en la Iglesia católica, aunque existe en Código de Derecho Canónico, que contiene 1752 cánones, en realidad los católicos carecemos de derechos eclesiásticos que nos amparen con garantías de verdadera protección jurídica.

Y esto es así por una razón muy clara: la Iglesia católica está organizada de forma que los tres poderes (legislativo, judicial y ejecutivo) se concentran en un solo hombre, el papa. De lo cual se sigue que, si un cura o un obispo (pongamos por caso) se ve privado del cargo que ocupa, se entera de que ha sido suspendido «a divinis», etc, etc, ¿a quién recurre? ¿puede poner una denuncia? El canon 1372 dispone que, si alguien recurre a un Concilio Ecuménico o a todo el Colegio Episcopal contra una decisión del papa, debe ser castigado. Todos los presuntos «derechos» que establece el Código de la Iglesia no son derechos en sentido propio.

Dependemos de la buena voluntad del párroco, del obispo, del papa, según los casos. Os sea, nuestro desamparo religioso de derecho es asombroso. Al decir esto, tengo la debida cautela de indicar que, no por esto, el papa o los obispos son «buitres» que nos van a comer. No. Ellos mismos son víctimas de un sistema que se quedó atrasado y que, por tanto, no está a la altura de los tiempos.

Sólo he puesto tres ejemplos. Podríamos seguir con una larga lista de derechos, que deberíamos tener, pero que no tenemos. Y así anda todo: literalmente «manga por hombro». Otro día seguiremos hablando de este penoso asunto

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