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El derecho de los codiciosos -- José María Castillo, teólogo

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¿Dónde está la raíz de la crisis económica que estamos padeciendo? Se dice que la explicación de este desastre radica en la codicia de los gestores de las grandes empresas. Y es verdad. Modificar este artículo
Cuando la economía mundial se ha organizado de forma que se ha convertido en una “economía electrónica”, no nos hemos dado cuenta, cuando todavía el desastre se podía remediar, que estábamos instalados sobre un polvorín que en cualquier momento podía estallar.

Cuando se crea una economía en la que los gestores de fondos, bancos, empresas o simplemente los millones de inversores individuales, pueden transferir cantidades enormes de capital de un lado del mundo al otro apretando el ratón de su ordenador, a nadie se le debería haber ocultado que estábamos al borde de un precipicio cuyo fondo nadie conoce todavía.

Si un individuo, con el simple gesto de apretar un dedo, puede desestabilizar lo que podían parecer economías fuertes, como ocurrió en Asia en la década de los 90, tendríamos que habernos dado cuenta de que la codicia de los más poderosos podía, en cualquier momento, desestabilizar al mundo entero. Y eso es lo que ha ocurrido.

¿Quiere esto decir que los grandes empresarios, que han causado este desastre, y los políticos que lo han permitido, son más codiciosos que el resto de los mortales? No creo que eso sea así. Porque codicias y codiciosos siempre ha habido. Y los hay por todas partes. Lo que ha pasado es que ahora se han dado las condiciones propicias para que la codicia de unos cuantos haya tenido la fuerza necesaria para desestabilizarnos a todos.

¿Por qué? No porque haya aumentado la codicia de unos cuantos, sino porque no ha existido una legislación y un derecho de ámbito mundial con el poder y las garantías necesarias para impedir que ocurriera lo que ha ocurrido. Cuando la justicia y las leyes están pensadas y organizadas de manera que lo que se impone no es “la ley del más débil” (L. Ferrajoli), sino “el interés del más fuerte”, entonces la economía cesa de ser “un servicio para los ciudadanos” y se convierte en “una fuerza salvaje, orientada exclusivamente aganar dinero rápido a expensas de los consumidores” (L. Napoleoni).

Es un hecho que la manera de pensar que está persuadida de que “el beneficio es lo que cuenta” (N. Chomsky), es un componente constitutivo de la cultura de Occidente. Y esto, no sólo como apetencia interna del ser humano, sino sobre todo como componente del Derecho que ha configurado nuestra cultura.

Me refiero al Derecho romano. Pues bien, lo que siempre interesó a los creadores del Derecho romano (base del Derecho de Occidente) eran “las reglas que gobernaban la propiedad individual y las acciones derivadas de ésta” (Peter G. Stein). Esto explica por qué los juristas de la antigua Roma dieron tanta importancia al Derecho privado y apenas se preocuparon de los asuntos públicos. Ya las XII Tablas (451 años a. C.) disponían que si el propietario de una casa capturaba a un ladrón cuando robaba, si el ladrón se resistía al arresto, el propietario podía matar al delincuente. Era una forma eficaz de enseñar que la propiedad privada está antes que la vida humana.

Y la historia de nuestra cultura occidental se ha encargado de dar cuenta fehaciente de que el poderoso Occidente ha tomado en serio que la propiedad es más importante que la vida. Ahora empezamos a comprender la atrocidad que hemos hecho, cuando a fuerza de agresiones a toda forma de vida, nuestro Derecho (y nuestra codicia) de propiedad está a punto de liquidar las fuentes mismas de la vida en el planeta.

Al decir esto, no hablo de comportamientos éticos. Insisto en que, al decir estas cosas, estoy hablando de uno de los pilares básicos (el Derecho) de una cultura, la llamada cultura de Occidente. Por supuesto, nuestro Derecho no dice que se puede matar para apoderarse de lo ajeno. Pero es que lo grave de nuestro Derecho no está en lo que dice, sino en lo que no dice. De ahí el vacío legal que ha hecho posible tanto atropello financiero.

Y – lo que es más indignante – que, después de lo ocurrido, los gigantes de la codicia, cuyos nombres y rostros se conocen, están todos en la calle disfrutando impunemente de sus asombrosas fortunas. ¿No se podía haber evitado semejante atrocidad? Seguramente, el vertiginoso crecimiento de la economía y el alarmante debilitamiento de la política han fomentado el logro de tanta barbarie.

Me temo que estamos pagando los costos espantosos que ahora nos impone la matriz jurídica y cultural en la que nacimos y en la que nos han educado. En el s. XIX, Bermhard Windscheid, en su excelente estudio sobre el espíritu del Derecho romano, advertía que la tradición de este cuerpo legal dio la máxima libertad a la propiedad privada y redujo al mínimo la responsabilidad de los hombres de negocios. Occidente ha redactado la Carta de los Derechos Humanos. Pero antes codificó el Derecho romano, por cuyos principios se ha configurado nuestra cultura. La cultura en la que hemos sido educados. Lo hemos mamado. De forma que esto nos constituye sin que nos demos cuenta.

Por eso se comprende la mentalidad brutal de tanta gente cultivada en los saberes que impregnan el tejido social en el que nos hemos criado. Por eso me atrevo a decir que no nos entusiasmemos con esperanzas fundadas en Obama y sus economistas o en posibles decisiones que se vayan a gestar en Bruselas. Por muy importante que sea el acierto de los economistas y la gestión de los políticos, me temo que el problema no tendrá solución si no cambiamos de mentalidad.

Mientras sigamos pensando que lo mío es mío y que la ganancia es lo que importa, podemos estar seguros de que no salimos de la crisis. Y si es que levantamos cabeza, antes o después nos volveremos a hundir. Por no hablar de los más de mil millones de seres humanos que ya están abocados a una muerte cercana y sin remedio.

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