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El «delirio»romano -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Otra vez sobre el “delirio romano”
Este artículo es continuación del de ayer, no en el tema concreto, pero sí en la situación genérica de lo que he dado en llamar «Delirio Romano». Con esta expresión quiero indicar, sobre todo, dos cosas, siendo muy consciente de que a muchos fieles, bien intencionados, mi postura les va a aparecer no solo atrevida, sino inoportuna e impertinente. Pero, ¡qué le voy a hacer! Hace mucho tiempo, sobre todo después de cumplir setenta años, he hecho un pacto con la verdad, evidentemente como yo la siento y la vivo, y no me desazona mucho la opinión de los que siguen pensando, enseñando y transmitiendo a los demás sus convicciones, repitiendo y repitiendo, como hace siglo. Las dos cosas que quiero destacar son:

1ª), tanto las instituciones eclesiásticas afincadas en Roma como ayuda a la alta dirección de la Iglesia, como las personas que en ellas trabajan, como los medios denominados católicos afines, sufren, en mi opinión, de un desenfoque primordial, y, por lo visto, de difícil, o tal vez imposible corrección, de no mediar una auténtica, verdadera y potente «metanoya». (así, con «y» griega, que parece más auténtica y fuerte)
2ª), que esa conversión necesaria, urgente e indispensable no se va a producir por la intervención, o las disputas o controversias entre los eximios doctores que piensan, enseñan y escriben en Roma, sino por gente de las periferias de la Iglesia, a las que los altos jefes romanos, -curiales, académicos, escritores, periodistas-, si no desprecian, lo aparentan cordialmente.

Viene todo esto por lo siguiente: Revistas como «Civiltá cattolica», o portales como chiesa.espresso.repubblica.it/ o vaticaninsider.lastampa.it, y otros e tan rimbombantes nombres, famosos, de esas publicaciones, en papel o en soporte digital, que tienen crédito ganado en el umbral del tiempo, y a los que solo un insensato, o un atrevido como yo, puede poner en solfa, en las últimas veces en que he acudido a ellas, me han decepcionado. Algunas de sus discusiones que han mantenido gente que parece poseer mucho prestigio en el ramo, como el P. Antonio Spadaro, s.j., o el también jesuita padre Joseph Fessio, me han parecido, pero en peor, con menos agudeza y chispa, y con menos rigor argumental, como las mercuriales que manteníamos en el Escorial, en las que el que no corría volaba.

Una de las discusiones bizantinas entre dos de esos fenómenos consistía en dilucidar qué es peor en el plan de Dios, la contracepción, por el sencillo, humilde y barato método del preservativo, por ejemplo, o el aborto. Pues bien, el según mucha gente lúcido y luminaria padre Fessio, en una respuesta a su colega de orden padre Charentenay s.j. un jesuita francés recientemente fichado por la revista romana, concluyó que la primera, la contracepción, dañaba más el plan de Dios que el aborto, porque en éste, por lo menos, se daba la vida de un niño, que era, evidentemente, redimido; mientras que el no-concebido no era otra cosa que una negación del ser. (La frase exacta del padre Fessio es : «Pero (en el caso del aborto) de todos modos existe un niño que vivirá eternamente, mientras que en la primera circunstancia mencionada no existirá jamás un hijo que Dios quería que viniese al mundo». (¡Sic!. Un jerifalte teológico romano calificó esa barbaridad de «luminosa insensatez». Lo segundo, evidente. Pero, ¿lo de luminosa? Y así ellos se van jaleando y animando. Ahora entiendo por qué tanto joven, o adultos y maduros, válidos, sensatos, con la azotea muy bien amueblada, no quieran saber nada de los dislates que, so pretexto de pensamiento profundo, tanto circulan por la Institución eclesiástica oficial.

De esta guisa esgrimen sus argumentos. Pero si lo queréis ver vosotros mismos, buscad en Google blog de Sandro Magister y os irá llevando por todas estas páginas, que pueden ser tan entretenidas como una novela de suspense. Me gustaría preguntar a toda esa constelación de «gente preparadísima» si, alguna vez, tienen en cuenta algún texto del Evangelio, o si conceden a éste, por lo menos, tanta fuerza argumentativa como a los manuales que esas eminencias vienen manoseando desde siglos. ¡Que pena!, qué inmensa pobreza, filosófica, teológica, evangélica, y eclesial.

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