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El Crucifijo -- Stéphane Laporte

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El Tribunal de los derechos humanos del Québec, Canadá, ha ordenado retirar el crucifijo de la Sala del Consejo de la ciudad de Saguenay. Esta resolución encuentra bastante consenso en la sociedad, pero es fuertemente combatida por unas minorías. Sigue el crucifijo, pero no es imposible que sus días estén contados.
Los clavos de los que penden todos los crucifijos colgados en los lugares públicos del Québec comienzan a debilitarse. Solo hace falta la queja de un ciudadano o de un lobby para que vayan cayendo uno tras otro.

Correcto. Vivimos en un estado laico en el que los símbolos religiosos ya no tienen lugar. Nada de cruces, de budas, de hanukkah. Lindas paredes limpias. Lindas paredes vacías. A imagen de nuestra sociedad que ya no cree en nada, nuestras paredes quedan cubiertas de nada. Dentro de algunos años, para ver un crucifijo, habrá que ir a un espectáculo de Madonna.

Está bien, pero es una pena. Porque un crucifijo es algo lindo. No me refiero al valor artístico o cultural de la cosa. Un crucifijo es una cosa linda porque va tan claramente a contracorriente.

Sobran en el mundo los símbolos de poder: el águila, el oso, el león, la estrella… Llega un hombre casi desnudo que se está muriendo en una cruz. Tan perdedor y, sin embargo, tan poderoso. Y esto es poderoso porque no hay nada más conmovedor.

¿Qué es un crucifijo sino la representación de un hombre que entrega su vida?

Cuando miro un crucifijo, no pienso ni en la inquisición, ni en las cruzadas, ni en el terror. No pienso en todos los horribles crímenes

que cometían los religiosos mientras blandían este objeto. Pienso en el dolor de tantos inocentes que han sido víctimas de esos horrores. El problema no es ese muchacho clavado en una cruz. El problema son los mercaderes del templo que se han apropiado de ese símbolo. Que le han cambiado el sentido.

Un crucifijo, para mí, no son los cristianos, los católicos, ni el Papa, ni siquiera Dios. Es solo un muchacho. Un muchacho que llega solo al final de su camino. Un muchacho que hizo todo lo que pudo. Y que terminó allí, solo. Como terminaremos todos. Los muchachos y las muchachas unidas en nuestra soledad.

He visto a mi padre entregar su alma en un lecho de Hospital y parecía igual al muchacho en la cruz. Todos nos parecemos al muchacho de la cruz en nuestros últimos momentos. El crucifijo representa para mí la condición humana. Es por eso que no me molesta. Por el contrario. Me hace bien que, cada tanto, me la ponga en cara. Restablece los valores. Es como aquel hombre a quién su médico le dice que le queda poco tiempo: sus prioridades cambian. El crucifijo me produce ese efecto, me vuelve a lo esencial.

Pero comprendo los argumentos de quienes quieren retirar los objetos religiosos de los lugares públicos. Sé que en una sociedad justa, no se puede imponer un símbolo más que otro. El individuo puede creer en lo que quiera. La sociedad debe mantenerse neutral. Es de una lógica implacable. Y al mismo tiempo resulta un poco desesperante. El mundo podría ser mejor si pudiéramos también creer colectivamente en algo.

Una sociedad que no cree en nada, es una sociedad que no va a ninguna parte. Saquen los crucifijos si quieren, pero solo quedará en las paredes el agujero del clavo retirado.

El Estado no puede ser solo una bandera. Hace falta algo más grande, abierto a todos y a todas. ¿Podríamos ponernos de acuerdo sobre el amor? Sin ofender a nadie ¿puede la sociedad nuestra proclamar que cree en el amor?

No solo en el amor de día de San Valentín, sino en el de todos los días y de todos los humanos. A todos nos haría mucho bien saber que no creemos solo en los presupuestos, en las tasas y en los impuestos. Saber que creemos en algo más importante. Y sobre todo que tratamos de tender hacia eso. De practicarlo.

Es preciso, entonces, encontrar un símbolo que represente el amor que nos tenemos mutuamente, y sobre todo el amor que deberíamos tenernos unos a otros ¿Se les ocurre alguna idea?

Un símbolo cuya representación nos oriente hacia nosotros mismos, y hacia los demás.

Porque con tanto desnudar nuestras paredes, me temo que algún día también queden vacíos nuestros mismos corazones.

Canadiense del Québec

Traducción de Susana Merino

Nota de Héctor Alfonso Torres Rojas: Susana Merino es cristiana de a pié, arquitecta y teóloga, de Argentina. Escribió artículos para la desaparecida Agencia ECUPRESS, de Buenos Aires, Argentina.

De Eduardo Gadea a Susana Merino


Nota de Héctor A. Torres Rojas: Eduardo Gadea es médico, escritor, teólogo y cineasta, de Venezuela. En otro correo, Eduardo reconoce que se equivocó porque escribe a Susana como si fuere la autora de la reflexión.

Susana, querida hermana en Cristo:

Gracias por esta bellísima reflexión, tan llena de amor. ¡Regalo maravilloso para todos los tamberos! (2) Yo siempre he sostenido que el crucifijo, como lo usamos, está muy lejos de la maravillosa reflexión que tú haces, que me parece de una y gigantesca verdad. Pero no esta la reflexión de la mayoría de la gente, que tiene el crucifijo como imagen de lo que «Dios quiere», que es el dolor y el sufrimiento. Nada más lejos de la verdad, pero es la manera de alienar a los pobres, conformándolos con la idea de que es así, a través del dolor y no del amor y de la felicidad que nos ganamos el «cielo».

Por eso se ha insistido, tan maquiavélicamente, que Jesús, con su Sangre, nos «REDIME», cuyo sentido no es otro que «comprarnos de nuevo para Dios», quien, indignado con el pecado «hereditario» de Adán, rompió sus relaciones con el hombre, su creatura. De aquí toda esa inhumana cultura del dolor: latigazos, cilicios, hambre, privaciones de todas clases, como si Dios no quisiese la felicidad para el ser humano. Ese Dios imaginado, castigador, justiciero, amante del dolor, es el Dios imaginado por Nietzsche, un Dios cruel e insensible. Y de aquí también su visión de Jesús como un perfecto imbécil, embustero y cobarde, que a nadie enfrentó. Toda una desfiguración de la realidad.

Por eso estoy contra la idea de emplear el vocablo «redención», tan usado por la mentalidad de Pablo, así como el vocablo «cordero». Jesús es HIJO DE DIOS, no «cordero», él no expía por nuestros pecados. Eso de que «cargó» con ellos» sin haberlos cometido, no es más que un tremendo absurdo, porque lo que nos «SALVA» (no «redime») de nuestras debilidades de creaturas, no es la «Sangre» de Jesús, el terrible sufrimiento de su Pasión, sino el INFINITO Y ETERNO AMOR DE DIOS, EL HIJO, HACIA LA HUMANIDAD Y LA CREACIÓN ENTERA. «Salvación» constante, desde las primeras conciencias, porque es eterno el humanarse de Dios en el Hijo, para humanizarnos en Él, que en un momento dado irrumpe en la historia a través de Jesús.

El hombre nunca ha sido un ser «caído», sino en constante ascenso hacia el Padre a través del eterno Cristo. El hombre nunca ha sido un condenado «genético». El problema del «pecado», que consiste en la negativa del hombre a amar (que luego se manifiesta en mil formas de injusticia) es su libertad. Por eso yo hablo del «misterio del hombre en libertad» y del alto precio en responsabilidad que hemos tenido que pagar por ella. Y es Jesús, en quien Dios se nos revela, quien nos enseña, con su propia vida, cuál es camino hacia esa libertad, que no es otro que el AMOR como Voluntad de Dios.

Por eso mi empeño ha sido, no el suprimir enteramente el crucifijo, sino llenar el mundo de cruces vacías, porque anunciamos así al mundo que ya Jesús no está allí, que RESUCITÓ. Es un gritar que ya no creemos en la muerte, sino en la VIDA, simbolizada en la sangre, cosa que cambia el sentido doloroso de «sangre», para convertirse en «AMOR», en la propia «Esencia» de Dios. Es un gritar que las cruces que levanta el «sistema» que hemos construido al rechazar libremente la voluntad de Dios, son cruces malditas, que debemos derribar, aunque nos crucifiquen. Y es esa cruz, la «cruz aceptada por amor» la única cruz bendita. Esa cruz, que grita «¡ama!», no puede molestar ninguna ideología religiosa, porque ninguna tiene en sus textos sagrados el odio. Es la deformación utilitarista del amor lo que genera esa violencia fundamentalista, de la que no escaparon ni siquiera los cristianos, que dejaron de ser auténticos.

Por eso comparto contigo esa otra visión de la cruz, que nos recuerda la presencia del Resucitado en todas las víctimas del odio, generado por el egoísmo a que nos conduce la ambición materialista del hombre, que sí ha fabricado como religión politeísta, absolutamente pagana, el «sistema universal de injusticia y opresión», hoy llamado capitalismo neoliberal, cuyos dioses son el dinero y el poder; sus templos, los bancos; sus teólogos, los economistas del sistema; su Vaticano, el FMI y el BM; sus sacerdotes, los banqueros y comerciantes inescrupulosos, cuyo cielo es el tener, es la posesión acumulativa, todo lo que constituye, no la propiedad privada (contra la cual nada tengo), sino la propiedad «privativa», que ha construido esta cultura de la muerte.

A este «sistema» Jesús lo llamó «diablo», «demonio», «Satanás», como llegó llamar a Pedro, incapaz aún de comprender cómo podía surgir de la debilidad la mayor fortaleza y de la locura, la mayor cordura. Y, por nuestra ignorancia, al estilo Pedro, las paredes de nuestro mundo, como poéticamente tú expresas, van quedando desnudas, como símbolo de nuestra increencia en todo lo que no signifique dinero y poder, los ídolos de esa religión capitalista. Ese es el Estado laico, porque la gente está huyendo de todo ese olor a moho, a humedad, encerrado en las mentiras de religiones. Prefiere ese agradable olor al verde de los dólares. ¿Será que al hombre le gusta caminar entre mentiras?

Recibe todo mi amor y admiración, envueltos en bendiciones.

Eduardo Gadea Pérez

Nota de Héctor A. Torres. “Tamberos” y Tamberas, es una pequeña red de católicos y católicas, de América Latina, que se entrecruzan reflexiones y debates.

Estimada Susana. Gracias por traducir y compartirnos este valioso artículo. Ciertamente nos advierte sobre estas “señales de los tiempos” nuestros. Una pregunta fundamental queda implícita en el texto mismo, y es también mi preocupación.

Dado que el ser humano tiende ontológicamente a religarse (volver a establecer lazos con… atarse – en el buen sentido- una y otra vez a…. establecer relaciones, sinergia) ¿ con cuál “poder”, con cual utopía trascendente esteremos tendiendo a religarnos como humanidad? Y ante tal pregunta es inevitable que vengan a mi mente de forma asociativa esos fragmentos de los evangelios donde Jesús establece una larga lucha, un tránsito penoso (símbolo expresado a través de los 40 días) sobrepasando las tentaciones y el espacio del “desierto” (o sea, el tiempo de la sequedad, la aridez, el no avistar un horizonte, el igualitarismo, el vacío) suele traer consigo.

También el pasaje donde aparece aquella sabia aseveración que nos recuerda la necesidad de no hacernos tesoros “donde la polilla destruye” porque “allí donde pongamos ( y esté)nuestro tesoro, también estará nuestro corazón” Religión… religare… religarse…hacer lazos y enredarnos humanamente, simbólicamente , pero ¿ a través de cuáles símbolos lo hará la mayor parte de esta humanidad?
Un abrazo tambero, con el gusto de que pudiéramos seguir la reflexión sobre este que nos trae Susana, Daylins Rufin Pardo (CUBA)

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