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El cristianismo liberador en los procesos de descolonización de América Latina -- Juan José Tamayo, teólogo

Publicado en

Fundación Carolina

“El colonialismo no es un periodo histórico superado, un fósil inerme. Es una semilla que aún da sus frutos, reproduciendo una característica administración del pensamiento y sustentando un sistema de extracción de la mayoría de población del planeta…

Aunque el sistema político de los imperios coloniales en sentido estricto quedó felizmente en el pasado, sus secuelas están presentes en las nuevas formas de imperialismo económico y político (y religioso, añado yo) liderado por capitalistas neoliberales en todos los rincones del mundo. Esta globalización tan trillada tiene efectos perversos para las mujeres. Aunque ciudadanas, estas dinámicas nos están empujando hacia una mayor pobreza, más responsabilidades nuevas, formas de migración, nuevas formas de control y violencia”1
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1 Liliana Suárez Navaz y Rosalva Aída Hernández (eds.), Descolonizando el feminismo. Teorías y prácticas desde los márgenes, Cátedra-Universitat de València-Instituto de la Mujer, Madrid, 2008, pp. 31-32.
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Este análisis de la antropóloga Liliana Suárez Navaz es perfectamente aplicable al colonialismo en América Latina en sus diferentes manifestaciones, y muy especialmente en el cristianismo. Aquí voy a centrarme en el papel jugado por el cristianismo liberador en los actuales procesos descolonización y en la necesidad de descolonizar la religión como condición irrenunciable, si bien no suficiente, para que dichos procesos lleguen a buen puerto.

En el imaginario colectivo está fijada la imagen del cristianismo como uno de los factores ideológicos e institucionales más importantes de legitimación de la conquista y de la colonización de América Latina, y como uno de los poderes fácticos que más se resistieron a la descolonización, a las corrientes ideológicas emancipatorias y a los movimientos de liberación en América Latina.

Con la historia en la mano es obligado reconocer que así fueron las cosas en el pasado y que lo siguen siendo en el presente en el catolicismo institucional y oficial que, desde los tiempos de la conquista, ha sido el remedo del catolicismo español o si se prefiere, la reproducción de un cristianismo antimoderno, antiliberal, contrarrevolucionario y procolonial.

Ha habido, empero, otro paradigma de cristianismo crítico de la conquista, contrario a la colonización, defensor de los indígenas y colaborador en los procesos de descolonización desde el principio ético-evangélico de la opción por los excluidos, si bien no sin contradicciones. Era un cristianismo que defendía la persuasión y la tolerancia, el diálogo y el encuentro con el otro, la autocrítica, la denuncia y el sentido comunitario-igualitario. Ejemplo emblemático de dicho cristianismo durante la conquista
fue el obispo y teólogo Bartolomé de Las Casas, considerado el precursor de la interculturalidad.

Cristianismo liberador y movimientos revolucionarios

A partir de la segunda mitad del siglo XX y bajo la inspiración de Las Casas, el proceso descolonizador en América Latina recibió un significativo impulso por la vía del compromiso liberador del naciente movimiento de las comunidades de base, de los teólogos y teólogas que iniciaban una nueva metodología teológica desde la realidad social y la identidad cultural de los pueblos latinoamericanos y de obispos sacerdotes ubicados en el mundo de la marginación.

Fue entonces cuando, en un clima de lucha popular y de cambio de paradigma del cristianismo, numerosos sacerdotes, cristianos y cristianas de las diferentes iglesias, individual o grupalmente, se incorporaron a los movimientos de liberación junto con otros militantes revolucionarios.

Lugar destacado en el camino hacia la descolonización por vía de la transformación de la realidad social latinoamericana han jugado los teólogos brasileños Fray Betto y Leonardo Boff. El primero a través de la lucha contra la dictadura de su país durante las décadas de los sesenta y setenta, la creación del Movimiento Sin Tierra y, durante el primer mandato del presidente Lula, la puesta en marcha del programa “Hambre Cero”, que logró reducir considerablemente la pobreza en Brasil.

Leonardo Boff ha creado una nueva corriente dentro de la teología de la liberación: la teología
ecológica, que parte de dos heridas que sangran, la de la pobreza, que destruye el tejido vital de millones de seres humanos, y la de la violencia contra la tierra, e intenta responder en clave liberadora al doble grito: el de los pobres y el de la naturaleza.

Ha colaborado activamente en los programas de formación del Movimiento Sin Tierra aportando a la descolonización la clave ecológica.

Fernando Lugo: “sueño de un futuro con identidad paraguaya”

El proceso descolonizador de la religión continúa desarrollándose en la primera mitad del siglo XXI. Una de las figuras religiosas que más está contribuyendo a él es el ex obispo Fernando Lugo, quien, tras el triunfo electoral en abril de 2008, accedió a la presidencia de la República de Paraguay y logró terminar con la hegemonía del Partido Colorado en el poder durante sesenta y un años en Paraguay, incluidos treinta y cinco de dictadura..

Lugo dio los primeros pasos simbólicos del proceso descolonizador en el discurso de la toma de posesión de la Presidencia de la República en el que habló del “sueño de un futuro con identidad paraguaya” y se comprometió a encontrar en el pasado “sus valores y signos para que en la semiótica del futuro se encuentren nítidas las motivaciones que claman por un mañana que reitere los logros y no repita los errores”.

En el IV Foro Social de las Américas, celebrado en Asunción, del 11 al 15 de agosto se refirió a las profundas transformaciones que vienen produciéndose en América Latina durante las dos últimas décadas y expresó su convicción de que el continente se está convirtiendo en una “fábrica de sueños realizables” y está creando nuevos paradigmas de desarrollo “no construidos por tecnócratas foráneos ostentadores de falsas premisas y ocultos intereses”, sino a partir de la soberanía y la integración de los pueblos, por la vía del diálogo y de la negociación, y mediante el aprendizaje autónomo de millones de latinoamericanos que ofrecen resistencia al voraz modelo económico colonizador del neoliberalismo.

La teología de la liberación: ideología contrahegemónica

Un papel fundamental en el proceso de descolonización de la religión en América Latina ha jugado la teología de la liberación, nacida a mediados de los años sesenta, una teología de la resistencia frente al Imperio norteamericano. Cuarenta años después, se ubica en el mundo de la marginación cultural y de la exclusión social de toda América Latina y el Caribe. Está del lado de las víctimas de las sucesivas colonizaciones y ha recuperado el carácter originariamente subversivo del cristianismo.

Ha dejado oír de nuevo la proclama de Jesús de Nazaret contra los poderes políticos, económicos y religiosos de su tiempo y la denuncia profética de Bartolomé de Las Casas ante el Imperio hispánico. Ha hecho suya la causa de los libertadores de principios del siglo XIX y se ha convertido, hoy, en un movimiento de proyección universal que está presente en el Foro Social Mundial y el Foro de las Alternativas bajo el signo de “Otro Mundo Posible”, y ha creado su propio espacio alter-globalizador, el Foro Mundial de Teología y Liberación (FMTL), que revoluciona las conciencias de los creyentes desde la convicción de que otra teología, otra Iglesia, otro Dios son posibles ¡y necesarios!

La teología indígena, en el horizonte de la descolonización

En los procesos de descolonización de América Latina adquiere protagonismo y pujanza cada vez mayores la teología indígena. Una teología nueva, pero también antigua, quizá las más antigua de Amerindia, que resistió al Imperio hispano y no logró ser controlada ni destruida a pesar de las masacres, ecocidios, etnicidios y deicidios cometidos por los conquistadores, que destruyeron la mayoría de los centros religiosos, administrativos y políticos precolombinos por la voraz, compulsiva, alocada e idolátrica apropiación del oro y por asegurarse la conquista de las nuevas tierras para la monarquía española.

Experimentada comunitariamente y transmitida oralmente, ha logrado sobrevivir en el silencio meditativo de la sabiduría popular haciendo realidad la canción de Atahualpa Yupanqui: “La voz no la necesito. Sé cantar hasta en el silencio”.

Actualmente opera como narración mítico-simbólica que recupera la identidad cultural de las comunidades indígenas, como relato discursivo en el horizonte de la liberación de los pueblos de América Latina y como movimiento espiritual de resistencia frente a la globalización neoliberal y a los restos de colonialismo que todavía perviven en el continente. Se mueve en el horizonte de las teologías de la liberación desarrolladas en América Latina, pero superando el carácter ligeramente colonial —al menos ideológico y conceptual— con el que nacieron y que algunas todavía conservan.

Posee su propia identidad, pero en diálogo inter-identitario con otras tradiciones culturales. Tiene su propia metodología y no se somete a la metodología teológica dominante, aunque está abierta a la comunicación con la metodología de otras teologías liberadoras. Posee sus propios contenidos más sapienciales que doctrinales, conforme a sus mejores tradiciones, pero, al mismo tiempo, mantiene el diálogo con los nuevos climas cultuales, sin por ello sucumbir miméticamente o asimilarse acríticamente a ellos. Se podrá objetar que estamos ante un mundo mítico. Es verdad. Pero también
Prometeo era un mito, un mito portador de luz, de liberación, de utopía. ¿Por qué no va
a serlo la teología indígena?

Eduardo Galeano hace un certero relato de la actitud de superioridad colonizadora de la cultura dominante en relación con las culturas indígenas y afrodescendientes:
“La cultura dominante admite a los indígenas y negros como objeto de estudio, pero no los reconoce como sujetos de la historia; tienen folklore, no cultura; practican supersticiones, no religiones; hablan dialectos, no idiomas; hacen artesanías, no arte”.

Y yo añado: tienen ídolos, no dioses; practican cultos idolátricos, no ritos sagrados; hacen magia y carecen de sacramentos.
Dada la influencia de la religión en todos los terrenos de la vida y en todos los espacios del poder en América Latina, la descolonización de la religión es condición necesaria, si bien no suficiente, para llevar a feliz término la descolonización del continente latinoamericano. Debe ir acompañada de otras descolonizaciones, como las del feminismo, del conocimiento, de los derechos humanos y del universalismo globalizante, por citar algunas de las más importantes.

Juan José Tamayo Acosta
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, Universidad Carlos III de Madrid

Madrid, 13 de diciembre de 2010

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