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El crepúsculo de la imaginación -- Jaime Richart

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¿Cómo es posible que una civilización, la occidental, sea in­ca­paz de organizar a las sociedades que forman parte de ella sin que el consumo y el lanzamiento de billones de arte­factos y enseres hasta sofocar la biosfera y aplastar a la co­muni­dad humana, se conviertan en la columna vertebral del bienestar basado en la po­sesión de bienes y constantes sensa­ciones nuevas? Pues eso su­cede porque la imaginación y sus fuentes se han se­cado.

Todo, y cuando digo todo quiero decir los gustos y la aten­ción, es plano, monótono, redundante, uniforme y tópico. El pensa­miento único en materia económica, que hace mucho que ha contaminado a la po­lítica, a la moral y a la cultura (la prueba es que no se cita ya a los clásicos sino frases de películas… america­nas), es el culpable. Las diferencias entre los que se supo­nen opuestos son inapreciables. Ambos admiten y gestio­nan con las mismas ideas en esencia cau­santes de la debacle: Deuda y cré­dito como motores de la Econo­mía. Y mientras tanto, el sacrificio y la humillación a que se so­mete a millones de seres humanos re­em­plaza a la resignación es­toica que en épocas pasa­das constituía una parte importante del con­trol social manejado por el poder ci­vil reforzado por el reli­gioso.

El caso es que en España es tema principal de los círculos políti­cos y mediáticos el de los emprendedores y la iniciativa privada. Pues cada vez se excluye más al Estado y a las institu­ciones como generadoras de empleo… salvo para co­locar a los amigos. Unos lo dicen así sin más y otros sostienen que no es posible sin crédito. Sin embargo la pregunta a la que corres­ponde la respuesta del mi­llón es: ¿qué sectores de la pro­duc­ción no están saturados, lami­nados, sobreexplotados? Ni uno sólo. Así, difícilmente se puede crear empresas y puestos de trabajo, dentro de los criterios sus­tentados en el propio sistema. Porque si la imaginación fuese en ayuda de este asunto, lo mismo que se crean tantos superfluos en multitud de compe­tencias, por ejemplo, se podrían crear también en relación a lo unicelular de la familia asignando una digna retri­bución a cada uno de los componentes de la pareja que convive, sola o con prole, por el mero hecho de atender al quehacer do­méstico. Esto puede pa­recer disparatado, y lo es desde el punto de vista de lo que se piensa dentro del sistema, es decir, el pensa­miento único. Pero no lo es si se le liberase del lastre.

Lo que ordinariamente se llama por estos pagos «bienestar», es decir, gasto y consumo salvajes que empaparon esos pasados veinte años, estuvo mantenido por la construcción, pública y pri­vada, del Estado, de las Comuni­dades y de las empresas pri­vadas y mixtas (y por las activida­des auxiliares relacionadas con ella) propiciada por las ayudas envenenadas de la Unión Europea. Es­fumado ese periodo, como la carroza de Cinderella y su príncipe a media noche, este país descubre que no sólo se ha acabado el bienestar material, sino que también se han que­mado de modo irreversible todos los intereses, todo el capital y gran parte del pa­trimonio de la agricultura, la ganadería y la industria nacio­nales.

Y ahora los dirigentes reclaman, o esperan, la redención de país por los «emprendedores»; esto es, los obligados a generar las con­diciones precisas para la creación de empleo. Y resulta que no aparecen. Y no aparecen, porque no quedan espacios vacíos a ocupar con actividades novedosas; con actividades que no sean las que pugnan entre sí hasta destrozarse y porque la imaginación colec­tiva está secuestrada por la tiranía del con­sumo que la blo­quea, pues no puede haber imaginación allá donde reinan la codi­cia, el miedo, la opresión y en tantos otros casos el delirio…

15 Mayo 2014

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