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El consumo de la felicidad

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Economía solidaria

La búsqueda de la felicidad se presenta como premisa universal del pensamiento humano: eliminar el dolor y perseguir el placer, dos propuestas centrales en la vida humana. Y para conseguir la felicidad, una de las maneras establecidas formalmente es el intento de cubrir las necesidades. Al menos así queda expresado cotidianamente: «tener mis necesidades cubiertas, no pido más».

Sin embargo, se hace difícil establecer lo que se llama necesario. En nuestra forma de vida contemporánea suele aparecer lo que podemos llamar un más allá de las necesidades biológicas, entendidas como exigencias de la vida orgánica para la supervivencia. Desde ahí se pueden abrir muchas preguntas: es necesaria una vivienda pero quizá no sea necesario poseer una gran mansión, es necesario un medio de transporte pero es posible que no sea necesario un coche de alta gama, es necesario alimentarse pero probablemente no sea necesaria la nueva cocina de Ferran Adriá para satisfacer el hambre… Es decir, la necesidad en el ser humano, en el ser que habla, tiene un más allá, algo que no es exactamente lo natural de la necesidad.

El león acecha la presa cuando la necesidad le apremia, salta sobre ella y la devora y luego dormita hasta volver a sentir hambre. En la época de celo se aparea y luego espera hasta que el ciclo se repita. Lo que nadie ha visto, de momento, es a un león haciéndose la permanente de la vedeja. Eso está reservado para el ser humano, el que siempre dice quiero más o me falta algo y me falta no señala la necesidad biológica, instintiva; me falta algo, en el ser humano, está referido a un algo que en la historia del sujeto quedó irremediablemente perdido y por eso, lo que falta, no siempre se puede explicar: pura demanda, no de algo concreto, material, sino sólo demanda insatisfecha.

Mercaderes de felicidad

Y a este camino de búsqueda (demanda insatisfecha e indefinida) se acercan los mercaderes ofreciendo sus máquinas de felicidad vinculando las emociones, las nostalgias y los deseos íntimos del ser humano a mercancías, productos y servicios. Con diversas estratagemas bien diseñadas, venden felicidad en porciones, objetos fetiche con poderes mágicos -«te vas a sentir mejor», «vas a ser feliz», «vas a realizar tus ilusiones»… con un coche, una nueva tele o una lavadora- y desvían el camino que busca responder realmente a esa insatisfacción congénita que llevamos pegada a nuestra historia, y que tal vez podría avanzar mejor por el sondeo de lo intangible y espiritual, por el arte y su creatividad o simplemente por el silencio y el vacío de un poema.

Los mercachifles, que afilando sus uñas con la nueva cultura del consumismo, ya desde de principios del siglo XX, hipotecan el pensamiento, controlan el poder y abren un horizonte de empobrecimiento y colapso para el futuro de la vida. Con técnicas de persuasión en la ingeniería del consentimiento entrenan para que se deseen nuevas cosas antes que las viejas se estropeen, crean una nueva mentalidad en la que el deseo debe superar a las necesidades y la oferta de objetos del mercado debe visualizar los valores y deseos de lo que se lleva dentro. Por tanto, no se compra por necesidad sino para expresar a través de un objeto lo que se lleva dentro y por consiguiente ya no se es lo que se es sino lo que se tiene.

Felices máquinas

Un año antes del crac del 29 el presidente Hoover se dirigía así a los empresarios norteamericanos: «Tenéis la labor de crear el deseo y transformar a la gente en máquinas de felicidad en constante movimiento». O lo que es lo mismo: individuos en constante insatisfacción, en constante consumo en pro de los mercaderes y sus beneficios y especialmente en pro de una nueva democracia cuya clave es el consumismo.

Una democracia que aparca su esencia (cambiar las relaciones de poder) y se vincula estrechamente al capitalismo consumista, sin el cual parece que no podría ser verdadera, hasta llegar a configurar un capitalismo popular y de masas que hace impensable otra forma de vida que no sea la que se sustenta en el binomio producción / consumo.

Incluso se han creado potentes herramientas para introducir en esta espiral capitalista de consumismo a las corrientes que reivindicaron, y también lo hacen hoy, el no dejarse llevar, ser uno mismo, dividiendo la sociedad no por clases sociales sino por diferentes deseos, valores y estilos de vida que caracterizan al nuevo individuo de la modernidad.

La rápida transformación de los medios de producción permite ofrecer diferentes productos bien seleccionados y dirigidos casi individualmente a todas las gamas de estilos y valores de personas y colectividades. Muy dulcemente, entre satisfacciones inmediatas y nuevos deseos, se van transformando y moldeando los proyectos personales y colectivos hasta llegar a la igualdad entre los objetos de mercado y el ser y sentirse alguien. Y en este nuevo orden, en donde se promociona desde el marketing comercial que ser uno mismo, ser lo que se quiere ser, pensar en sí mismo no es egoísta, sino una posibilidad y un derecho que nos brinda la democracia y la diversidad de oportunidades, productos y servicios del mercado.

¡Qué suerte tenemos en tener de todo y para todos los gustos y estilos!, los avances informáticos y energéticos, los equipos de comunicación y transporte, la energía limpia, el comercio verde, los planes renove… y vertederos o incineradoras para lo que se queda viejo e inservible, ¡qué suerte!

Apolíticamente felices

Y así, absorbidos por esta espiral programada y perversa, aparece irremediablemente el apoliticismo, la enajenación y la desmovilización social, la masa acrítica que aun saturada de información siente un lastre que la ata a la inactividad y a eso tan viejo que se llamó alienación, también para la tradicional y luchadora clase obrera que deja de ser útil en cuanto fuerza productiva para ser necesaria exclusivamente como fuerza de consumo.

Está clara la razón de por qué las cosas son como son, por qué la crisis, por qué la enajenación individualista, el deterioro medioambiental, la insolidaridad intergeneracional… No responden a un fatalismo de la historia por un desgaste natural sino a las ansias de poder y de ganancia de los mercaderes de turno, caiga quien caiga y pese a quien pese, sean seres humanos presentes o futuros, sean el río, el bosque, el aire o la tierra.

Y en esta encerrona cultural del consumismo casi se ha perdido el simple sentido de la generosidad (entendida como reacción básica y primaria frente a la injusticia y la pobreza) o cuando se da hasta genera desconfianza ¿por qué lo hace? ¿qué segundas intenciones tiene?…

De nada o de muy poco sirven las evidencias que nos presentan el deterioro del planeta, el agotamiento de los recursos, la contaminación… y mucho menos el que entre nosotros y en otros puntos del planeta hay seres humanos (mayoritarios, por cierto, respecto de la población mundial) que sufren las más absolutas carencias o que mueren de enfermedades simples y fáciles de curar.

Una encerrona cultural impuesta a golpe de diseño, relaciones públicas y programas que mutila las dimensiones humanas básicas (pertenencia a la naturaleza, unidad de la comunidad humana y la dimensión divina para las religiones o unidad y totalidad para las sabidurías sin dios) y nos embarca en una deriva que no es precisamente el viaje a Itaca.

Por más que se vista de necesidad, de no tener otro modelo, de irremediable o lo menos malo… este sistema social y económico que tanta felicidad y comodidad parece aportar, que tanto tiempo dice ahorrarnos, que tanto protege nuestros derechos como consumidores… va contra la lógica de la vida, de la libertad, de la democracia y de la justicia, e instaura la posibilidad de que los más fuertes puedan devorar a los más débiles bajo el lema de la libertad de mercado.

Por un mundo mejor

Urge leer entre líneas en los resquicios que deja el sistema; hacerse y hacer preguntas; apostar por la confianza en los otros y lo otro; desempolvar la generosidad y manifestar la rabia frente a la indecencia; evitar sucumbir al engaño de la publicidad que invita a la felicidad hueca; ponerse en marcha, en definitiva, sumándose a esa caravana de hombres y mujeres que a lo largo de historia han mirado de frente a la vida y siguen buscando entre ensayos y equívocos un mundo mejor.

Pensamos que éstas y otras actitudes y actuaciones pueden ser la virtualidad y el camino que nos salve a todos.

Autores: Emilio Puchol Hernández y José María García Bresó, miembros de Dale Vuelta – Bira Beste Aldera (Movimiento por el Decrecimiento en Navarra)

(Información recibida de la Red MUndial de Comunidades Eclesiales de Base)

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