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El cardenal Rouco, una decepción en moral social cristiana -- José Ignacio Calleja

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Religión Digital

«No se puede callar sobre estructuras sociales de injusticia»
Los obispos callan sin ir hasta el fondo de la radicalidad del Evangelio
«La fe y la caridad se necesitan mutuamente», decía el Cardenal Rouco en su discurso de apertura ante la Asamblea del Episcopado Español, el 23 de Abril de 2012. Y, añadía, «si no se sigue el camino que hace posible la caridad, no será posible una buena solución de la crisis». No se asuste el lector todavía. Este es un lenguaje entre cristianos. Nosotros lo entendemos.

El problema es que la Doctrina Social de la Iglesia dice varias veces que esta relación nuclear de la fe con la caridad es también, y a la vez, con «la justicia»: «La justicia es la primera vía de la caridad», «su medida mínima», dice la Caritas in veritate de Benedicto XVI; y concluye: «no puedo dar al otro de lo mío, sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde» (n 6). Parece lógico decir todo esto, cada vez que nos referimos a la cuestión.

El discurso de apertura recién dicho, en términos de doctrina social de la iglesia es decepcionante por demás. Me refiero ahora a sus aspectos «sociales». Nadie espera que los Obispos analicen la crisis y digan qué medidas técnicas tomar, pero tampoco que hablen «moral y culturalmente», ¡dando por bueno un análisis complaciente con lo que el neoliberalismo político dice que ha sucedido!; y ¡practicando un silencio clamoroso sobre no pocas referencias morales de de la Doctrina Social de la Iglesia! A mi juicio, las fundamentales. Esto sin ir hasta el fondo de la radicalidad del Evangelio. No presumo.

Y es que no se puede pretender escapar del conflicto social por el camino de trascenderlo como problema cultural y moral. Y los Obispos, parece que la mayoría, lo pretenden una y otra vez.

No se puede escapar al lenguaje de la justicia social, apelando a que se ofrecen causas y soluciones sobre el fondo espiritual de la cuestión. Y los Obispos, parece que la mayoría, lo pretenden una y otra vez.

No se puede callar sobre estructuras sociales de injusticia muy poderosas, apelando a una relación entre política y religión que deriva en complacencia mutua. Y los Obispos, parece que la mayoría, lo pretenden una y otra vez.

No se puede asumir una posición pública moralmente etérea en «lo social», apelando a la complejidad técnica de los hechos en juego. Y es que hay claves evangélicas y éticas «irrenunciables» en los fines y en los medios. Y los Obispos, parece que la mayoría, lo olvidan una y otra vez.

Este proceder, con apariencia de respeto a la autonomía de la política y la economía, de hecho y de derecho, sacraliza el statu quo y juega con todos los ingredientes de la eterna disculpa, «yo no sé»; y cuando te demuestran que sí sabes, «yo no puedo», y cuando te demuestran que sí puedes, «yo no tengo la culpa»; y cuando te demuestran que sí tienes culpa,… Esta es la estrategia de la palabra pública de los Obispos, de la mayoría de los Obispos, en lo social. Y cuando esto sucede, y sucede a diario, el resto de la parábola ya es increíble. O mejor, es creíble para quienes ven lo religioso bajo el prisma de «sólo tengo un alma que salvar, de la inicua política la debo preservar». Pobre Jesús de Nazaret.

Yo no niego que hay que hablar de los males morales y culturales de nuestras sociedades, y denunciarlos en su caso. Todo lo contrario, creo que hay mucho de lo que hablar y corregir, en todos los lugares. Digo que la Iglesia española, y sólo es un ejemplo, está utilizando la interpretación moral y cultural de la crisis para evadirse de su lectura social; presenta la caridad como respuesta propia, pero prefiere el silencio sobre la justicia; advierte de la dimensión espiritual de la crisis, pero no sabe desarrollar su espiritualidad en los términos encarnados en que la vivió Jesús; ha descubierto la primacía moral de los pobres y los excluidos, pero no se atreve a llevarla al centro de sus decisiones sociales e institucionales.

Lo reconozco, paso un mal rato con estos discursos «asociales» de la Iglesia. No confío en la capacidad de «encarnación histórica de la fe» en estos términos. Siento una enorme comprensión por las personas que tienen que dirigir un proyecto común, eclesial o social, pero si vemos que han hecho una opción por callar sobre «la justicia», debemos decírselo mil veces. Y el cardenal Rouco, en este sentido, es una decepción de primer orden.

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