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El busto de San Óscar Romero, de la ciudad al campo -- Chencho Alas

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Oscar Romero1Hace 82 años, Chiapas, Canyuco y las Cañas, tres comunidades rurales vecinas a Chalatenango terminaban de construir su ermita llamada Tepeyac, en honor a la virgen de Guadalupe, faltando solamente dotarla de campanas. Mi papá, un joven de 23 años dedicado a cultivar la tierra y al comercio regaló las campanas. Un año después las mismas sirvieron para anunciar su muerte accidental; por primera vez repicaron a muerto. Mi mamá me contaba esta historia con lágrimas en los ojos.

El 30 de octubre del año 1991, The Peace Abbey (La Abadía de la Paz) afiliada a las Naciones Unidas, con sede en Sherborn, Massachusetts, USA, me entregaba el “premio de Courage of Cosncience Award (valentía de consciencia) por mi compromiso en cuerpo, mente y espíritu al pueblo de Centroamérica y a la paz en el Hemisferio”.

El símbolo de paz que recibí fue el busto de San Oscar Arnulfo Romero esculpido por un artista de Armenia, residente en Nueva York. Como obra escultórica es un trabajo magistral. Solo hay dos bustos: el que se encuentra a la entrada de la casita donde vivía nuestro santo y el mío. Desde luego, no hay paralelo entre los dos galardonados, San Oscar es un mártir de vida impecable y yo, cuyo único valor es mi entrega por más de 50 años a los pobres; lo que me ha valido vivir momentos difíciles, como el secuestro por ejemplo, el 8 de enero de 1970.

La primera vez que me encontré con San Oscar fue el año 1962 con ocasión de un Cursillo de Cristiandad que yo estaba impartiendo. Para entonces, Oscar era párroco en San Miguel. Yo había hecho Cursillos en Palma de Mallorca con Eduardo Bonín, fundador de estos retiros. No le puse mucha atención, porque me pareció un hombre retraído, calmado, aunque sí me sorprendió la forma cómo hacía su oración, de manera muy concentrada, su mirada fija en el altar. Eso me impactaba.

La experiencia más bella que viví a la par de nuestro santo fue el 17 de marzo de 1977. El día 12, un escuadrón de la muerte asesinó al P. Rutilio Grande, amigo íntimo del arzobispo. Después del entierro, le pedimos reunirnos todos los sacerdotes para dar un mensaje profético al pueblo. La Iglesia enseña el amor, pero hay que saber cómo predicarlo. En la reunión le pedimos al arzobispo celebrar una misa única el domingo 19, a lo cual accedió después de que votamos a favor de la propuesta. Se invitaba a todas las parroquias con sus sacerdotes a la cabeza a celebrar la misa en San Salvador; por eso el título de misa única. Era necesario denunciar el asesinato de Rutilio y de sus acompañantes y el estado de represión que se vivía en todo el país.

De inmediato, los obispos de las otras diócesis se opusieron a la celebración de la misa única con excepción de Mons. Arturo Rivera Damas; lo mismo hicieron la oligarquía y los militares. Entre muchos, había un gran opositor a la misa: El Nuncio Gerada, representante en El Salvado de Su Santidad el Romano Pontífice. Yo me encontraba en el Seminario San José de la Montaña, sede en ese entonces de las oficinas de la arquidiócesis y residencia de Mons. Romero. Estaba preparando con los seminaristas y mis hermanas las pancartas de cada parroquia. Se había planificado que en la plaza frente a catedral los feligreses se ordenaran por parroquias. Eran las dos de la tarde de ese sábado y el Nuncio llegó. Parecía muy preocupado. Me preguntó por el Arzobispo y le respondí que no estaba a esa hora en el Seminario. El Nuncio mostró señales de enojo y me hizo el siguiente comentario: “El debería de estar en este lugar; mañana es un día terrible para la Iglesia y su deber hoy es estar aquí. Disponible”. Me entregó una carta para el Arzobispo y se marchó.

Monseñor regresó a las cinco y media de la tarde y de inmediato le entregué la carta. Como representante de la Santa Sede le conminaba a parar la celebración de la misa única del domingo y le pedía que hiciera un llamado por radio al clero para que permaneciera en sus parroquias.

Para mi, esa fue la hora cero para Monseñor, la hora de su conversión total al pueblo: obedecía a Roma o se unía a su pueblo que esperaba la palabra profética de su pastor. Monseñor se fue a su cuarto, leyó la carta y como cinco minutos más tarde salió y me dijo: lee la carta. De inmediato la leí con mucho temor de que Monseñor cancelara la misa. Los nuncios son diplomáticos comprometidos con el sistema; más les interesa quedar bien con las gentes de poder que con el Evangelio.

Monseñor, un hombre sencillo, un hombre de mucha oración, me preguntó qué debía hacer. No es fácil responder a una pregunta así. Yo le dije: recuerde, Monseñor, lo que le decimos a los Cursillistas de Cristiandad: si tenemos un problema muy difícil y no sabemos qué hacer, lo mejor es ir a la capilla, a la iglesia, a hablar con Jesús, y que El nos diga lo que debemos hacer. Enseguida monseñor se fue a la capilla del Seminario. Yo me quedé en el corredor esperándolo. Estuvo en oración aproximadamente una hora y salió llevando una sonrisa llena de felicidad. Al día siguiente, tuvimos nuestra misa única en catedral.

El premio de paz que recibí The Peace Abbey, lo he tenido por 30 años conmigo. Estoy llegando al ocaso de mi vida y he decidido entregarlo a la Ermita del Tepeyac, la misma ermita a la cual mi papá, un hombre joven, le regaló las campanas. El ciclo se cierra. San Oscar Romero tiene su busto en la casita en la que vivió en el hospital la Divina Providencia de San Salvador, la ciudad; ahora pasa al campo, con la gente pobre, con la gente rural.

Este 15 de febrero entregaré el busto acompañado del señor obispo Oswaldo Escobar, quien según me cuenta el mismo, nació en la misma comunidad de la cual soy originario.

NOTA: La misa será el sábado 15 de febrero 2020 en la Ermita Tepeyac de Chiapas, Chalatenango, El Salvador de 5 a 6 de la tarde y será oficiada por el Obispo de Chalatenango. ¡Éxitos Hermanos y hermanas salvadoreños!. RCC

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