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El burka contra el Islam -- Jaume Flaquer

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Cristianismo y Justicia

El tema del burka en España es un problema menor pero que, debido a su gran carga simbólica, ha desencadenado un gran debate social y político. El éxito de la iniciativa belga y francesa para su prohibición en el ámbito público ha animado a ciertos partidos a plantear también el debate en España. Yo no era partidario de abrir el debate político aquí puesto que los casos de mujeres con niqab son en realidad muy pocos. Pero una vez planteado, todos los partidos políticos están obligados a definirse.

No hay consenso sobre si debe prohibirse pero sí existe un rechazo generalizado a esta prenda, bien sea por cuestiones de seguridad y desconfianza ante alguien que no muestra el rostro, bien porque vulnera los derechos de la mujer, o bien por rechazo explícito a los símbolos musulmanes.

La comunidad musulmana haría bien de intentar comprender que la sociedad española no transigirá en este tema puesto que entran en juego los principios básicos que fundamentan la cultura y la convivencia del país. Las primeras declaraciones de las comunidades musulmanas se limitaron a expresar su oposición a la prohibición sin darse cuenta de que el velo integral puede convertirse en su propio enemigo. Los primeros interesados en que no prolifere esta prenda deberían de ser los propios musulmanes puesto que cada mujer que cubre su rostro en público gana ese día para la extrema derecha el voto de algún ciudadano.

Yo reconozco que al final de mi larga estancia en Egipto al final acabé acostumbrándome a ver esta prenda, y aprendí a descubrir el poder comunicador de los ojos. Pero aún así, recuerdo que cuando un joven musulmán que deseaba el niqab para su futura mujer me dijo que una mujer sin velo atraía excesivamente las miradas, yo le respondí: “pues a mí me llama más la atención una mujer con niqab que sin él”. Comprendo pues que muchos musulmanes hayan recibido con extrañeza el debate generado pero estoy convencido de que hay el peligro de que marque un punto de inflexión en el trabajo de acogida y convivencia que hemos estado haciendo durante una década.

¿Qué hacer pues? El debate empezó en los municipios de Catalunya (Lleida, el Vendrell, Cunit…), se ha sumado Barcelona, Tarragona… y pronto llegará al Parlament catalán y a las Cortes. El mayor beneficiado será sin duda la extrema derecha. Considero que hay que evitar que los debates en los ayuntamientos se vayan extendiendo como una gota de aceite, y que haga que estemos todo el año con titulares sobre las adesiones de tal o tal ayuntamiento a la prohibición. Cada titular exacerbará las posturas extremas. Por eso es necesario tomar una decisión definitiva a nivel nacional. Ya que el debate ha comenzado, debemos abrir una reflexión pausada y en diálogo con la comunidad musulmana.

Cabe preguntarse cómo es posible que los ayuntamientos estén tomando decisiones que parecen de urgencia ante esta cuestión y estén paralizados muchos otros temas de mayor transcendencia. ¿Por qué en este caso los ayuntamientos parecen haber rechazado el diálogo con la comunidad musulmana y sobre todo un profundo estudio de la cuestión?

El velo integral se prohibirá, al menos en dependencias públicas. De esto estoy convencido. Es cuestión de tiempo. Por eso, aconsejo a la comunidad musulmana no a salir a la calle a manifestarse sino a tomar la iniciativa para negociar. Es comprensible que los representantes musulmanes (¿¡quiénes son!?) no puedan condenar abiertamente el velo integral. ¿Cómo condenar algo que Muhammad no condenó? dicen. Pero la sociedad española sí puede pedir una declaración en la que quede claro que lo desaconseja, es decir, que no forma parte de su proyecto de islam español. De hecho, si no hay casi velos integrales en España es porque no es ese el camino escogido por los musulmanes españoles.

Deberíamos poder llegar a un gran pacto, ni que sea de manera tácita, en el que se prohibiese el acceso a lugares públicos cerrados (edificios públicos, medios de transporte, etc) con vestimentas que ocultan la identidad, y a la vez se reconociese definitivamente el velo como símbolo de identidad religiosa fundamental. Gran parte de este país ha apostado por la integración pública (y no sólo privada) de las obligaciones religiosas de los musulmanes a la vez que rechaza firmemente aquellas corrientes extremistas que no tienen cabida en una sociedad de igualdad de derechos. También la Iglesia se ha posicionado a favor de esta postura de laicidad positiva. Es en estos términos que debe moverse el diálogo.

Es cierto que una probición del velo integral en espacios públicos cerrados sólo resuelve el problema de la seguridad, y que la libertad de pasear con el velo integral continuará dando alas a la islamofobia. Por eso habrá que seguir trabajando para convencer a la comunidad musulmana de que son los primeros interesados en desaconsejarla. La prohibición en la calle es de dificil fundamentación jurídica: por una parte los motoristas y las bufandas contra el frío también tapan la cara, y por otra parte a menudo es la misma mujer la que opta por el velo integral y no su marido. Sin duda podemos pensar que hay detrás una psicología que necesita la sumisión y el masoquismo, pero el Estado no prohibe las prácticas masoquistas no impuestas.

El velo integral no es en sí mismo un gran problema. Más inquietante sería pensar que puede ser la punta visible de un iceberg de un proyecto incompatible de sociedad. Ciertamente, la imensa mayoría de musulmanes vive con normalidad su proceso de integración en nuestro país, y no exigen más que el reconocimiento de los derechos que les corresponden por los acuerdos de la Comisión islámica de España con el Estado español de 1992. Por ellos y con ellos debemos evitar lo que nos lleve por sendas de la conflictividad social.

[tomado del nº 2.711 de Vida Nueva, ligeramente modificado]

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