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El amor y la muerte -- Andrés Ortiz-Osés

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

La auténtica vida es fundamentalmente amor, afecto y socialidad, empatía y colaboración, amistad y contacto. Pero la vida y el amor no se oponen a la muerte, la cual no es su consunción sino su consumación final, fijando la vida y el amor para siempre jamás en su destino. La vida ofrece así una doble trascendencia, la del amor como trascendencia temporal y la de la muerte como trascendencia transtemporal. En donde paradójicamente no es eterna la vida sino la muerte, incluyendo en esa eternidad el amor que supura y supera la vida como un liquen, cuya perennidad se trasmite al amado o amada.

El hombre es un animal amoroso a pesar de su morosidad agresiva, y la humanidad se caracteriza por su convivialidad o comunalidad, su apego y relación. Por eso nos contagiamos juntos el coronavirus y juntos lo afrontamos humanamente. Con miedo y precaución, con un amor distante y distinto, teñido de compasión, misericordia o caridad, heroico o bien posheroico. Antes estábamos más reunidos burocráticamente que realmente unidos, ahora estamos más unidos temerosamente que reunidos. En este contexto la familia y los amigos nos hacemos compañía real o virtual, esperando la mano de nácar que nos toque el arpa para desentumecer la mente cautiva.

Ante el pandemonio de la pandemia parecemos esperar no al viejo Godod -el Innombrable- sino a Jodot, la virulencia del nombrado virus. Un país tan extrovertido como el nuestro se introvierte y resiente consecuentemente, observando de reojo la hiriente verdad de nuestra vida. El mundo se nos muestra complicado y, en consecuencia, exige coimplicarlo entre todos. Curiosamente se nos ayuda a nacer pero no tanto a morir, soportando aún una colectiva incultura de la muerte tabuizada, con sus ancianos hacinados y abandonados a su degradación biológica y mental. Esta epidemia ya está fungiendo como una especie de eutanasia adelantada a su proclamación oficial. Estamos llegando tarde y con retraso a las cuestiones más esenciales de nuestra coexistencia interhumana.

Pero quería hablar del amor y la muerte, de la potencia del amor humano frente a la prepotencia de la muerte. Albergar un amor recóndito en nuestra vida es fundamental para afrontar nuestro último acto trágico, de un modo menos dramático. Pues el amor mutuamente otorgado no detiene el tiempo pero lo contiene, troquelando en nosotros una actitud de asunción radical de nuestra contingencia. Es bien distinto morir sin amor o morir con amor, morir acompañado siquiera internamente o desacompañado. Como aduce la poetisa Anna de Noailles: he aquí que has sufrido suficiente, pobre hombre, suficiente amor, deseo, disgusto: luego estarás en mi noche eterna, en mi casa tranquila, en mi jardín divino (así pues, en la eternidad).

El amor nos salva la vida y nos salvaguarda la muerte, así traspasada por sus flechas afectivas. Tenemos que ser valientes para vivir y para morir, llegado el caso, auxiliados humanitariamente, preparándonos para lo peor y lo mejor, que en tantos casos suelen coincidir al final extrañamente. Vivamos pues hasta que la muerte nos separe externamente y nos repare internamente, hasta que alcancemos a ver oscuramente que Dios se encarna en la vida y en la muerte, especialmente en nuestro cristianismo más profundo. Acaso por ello un sacerdote mayor infectado en Bérgamo del coronavirus, ha donado su respirador a un paciente más joven, perdiendo su vida a favor de este.

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