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DOMINGO 4º DE ADVIENTO :MARÍA, MADRE DEL ADVIENTO. Xavier Pikaza

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Religión Digital

Mensajeros de Dios y su justicia fueron antaño los profetas cuyos libros recoge la Escritura (Isaías, Jeremías, Ezequiel etc.). Ellos escucharon la palabra de Dios y la expresaron en forma de denuncia (condena del pecado) y anuncio o promesa de justicia y verdad sobre la tierra.

Pues bien, como último de los grandes profetas de Israel, se he elevado y ha elevado su voz agradecida y su proclama de justicia la madre de Jesús, María. Ella ha recibido la palabra del Ángel de Dios y camina, grávida de vida a la casa de Isabel, su prima anciana, también encinta. Por eso la saluda su prima y la presenta como la Madre del Adviento:

39 Por aquellos días, María se puso en camino y se fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá. 40 Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41 Y cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño empezó a dar saltos en su seno. Entonces Isabel, llena del Espíritu Santo, 42 exclamó a grandes voces:
–Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. 43 Pero ¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme? 44 Porque en cuanto oí tu saludo, el niño empezó a dar saltos de alegría en mi seno. 45 ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá (Lc 1, 39-45)

1. Tiempo de mujeres:

La escena de la Visitación (Lc 1, 39-45) nos sitúa en el tiempo de las mujeres. Es como si, al llegar el momento culminante de la revelación, los varones pasaran a segundo plano. Ellos han realizado y en algún sentido siguen realizando funciones que resultan socialmente importantes: sirven como sacerdotes en el templo, estudian y explican el sentido de la Ley como escribas, definen y encarnan la pureza del pueblo elegido como fariseos; algunos luchan o preparan la guerra como bravos celotas de la patria antigua…

Esos y otros oficios de varones fueron otrora valiosos (y crueles); pero al llegar la plenitud de los tiempos (cf Gal 4, 4; Mc 1, 14-15) acaban resultando secundarios. Más aún, llega el momento en que esos oficio muy de varones deben terminar, pues Dios no necesita sacerdotes ni guerreros, fariseos ni escribas como los antiguos. El cuidado de la vida y la misma vida del Mesías de Dios, con el futuro salvador para los hombres, está en manos de mujeres.

Por eso, María, que ha recibido palabra de Dios y lleva al mismo Hijo divino en sus entrañas, sintiendo la necesidad de compartir su experiencia con Isabel, mujer pariente, futura madre del Bautista, conforme a lo que ha dicho el Ángel de la Anunciación (Lc 1, 36), corre a visitarla. Se encuentran frente a frente las mujeres, llevando en sus entrañas el secreto de Dios, el presente y futuro de la vida.

2 María Bendita y Bienaventurada

El Bautista crece en las entrañas de Isabel y recibe allí en misterio de gozo la certeza de que acaba (se cumple ya y culmina) toda vieja penitencia de la vida; por eso salta, bailando de alegría, en el mismo vientre de su madre (1, 44). En nombre de ese hijo que baila y tomando la palabra de videntes y jerarcas de la Antigua Alianza, como encarnación del pueblo israelita que ha esperado por siglos el momento, Isabel canta la grandeza de la madre del Mesías:

Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre…
Bienaventurada tú, pues has creído,
porque se cumplirá
lo que el Señor te ha prometido (Lc 1, 42-45).

Esta es la bendición y bienaventuranza que dirigen a María los creyentes del Antiguo Testamento. Han esperado largos siglos, dirigidos, animados, por la voz de los profetas. Ahora pueden sentirse satisfechos. Ha llegado el cumplimiento y así lo testifica, en nombre de todos, Isabel, mujer israelita, madre profética.

Los varones (sacerdotes, escribas, fariseos…) permanecen silenciosos, han quedado mudos como el mismo padre Zacarías (1, 20). En el fondo, todos ellos tienen miedo del Mesías. Sólo esta mujer que ha engendrado en su vejez, asumiendo la voz del profeta que lleva en su entraña, puede entender y recibir a la madre mesiánica, proclamando sobre ella la gran voz del cumplimiento de los tiempos. Esta es voz de bendición, es decir, de gracia creadora y abundancia.

Bendecía Dios al ser humano con el fruto de los campos, los rebaños y los hijos; bendecía el sacerdote desde el templo con palabra de paz para su pueblo (cf Num 6, 22-27; Dt 28, 1-14).
Ahora bendice la madre Isabel: como mujer emocionada, satisfecha, contempla a María y no le tiene envidia; recibe el don o gracia que proviene del Señor (del Hijo de María) y lo agradece; por eso, con palabra clara, culminando el Antiguo Testamento y tomando la palabra de los sacerdotes de su pueblo (mudos ya como lo muestra Zacarías: 1,20), ella bendice a la Madre mesiánica y al fruto de su seno que es el Cristo. María descubre que no se encuentra sola; hay una mujer que le acompaña.

3. La benaventuranza de la Navidad

La bendición se vuelve luego bienaventuranza o makarismo: así pasamos del “bendita tú” al “bienaventurada tú, porque has creído”. Condensando de antemano unas palabras de Jesús (cf Lc 6, 20-21: “bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra y creen”), María aparece como la primera bienaventurada de la historia porque ha creído en Dios en cuerpo y alma.
María es por fe la verdadera amiga de Dios: ha confiado en la Palabra, la ha acogido en sus entrañas, la ha hecho vida en el misterio más profundo de su vida; por eso es bienaventurada, modelo de felicidad para todos los creyentes.

María se ha dejado llenar por la bendición y bienaventuranza de su prima. No tiene nada que añadir, no debe explicar o comentar cosa ninguna, pues todo es claro. Simplemente asiente: recibe agradecida la palabra de Isabel y le contesta engrandeciendo a Dios. De esta forma se vinculan y completan los dos planos:

– En nivel descendente habla Isabel, bendiciendo en nombre de Dios a María su prima. Es evidente que ella actúa así por encontrarse llena del Espíritu Santo (cf 1, 41) y ser auténtica profetisa.
– En nivel ascendente hablará María (1, 46-55), entonado su oración en nombre propio y alabando al Dios de toda gracia. No habla a solas: está con Isabel, responde a su palabra; lleva a Jesús, dice su canto.

3. El canto de María.

En este contexto se sitúa el canto de María, que el texto de la liturgia de hoy ya no incluye, el canto del Magnificat
Proclama mi alma (psiché) la grandeza del Señor (Kyrios)
se alegra mi espíritu (pneuma) en Dios mi Salvador (Sôtêr) (1, 47)
Esta es la definición más honda de María, el signo que distingue su persona. Ella es alma abierta hacia la altura de Dios, deseo de encontrarle y de cumplir su voluntad, como indicaba Lc 1, 26-38. Ella es igualmente espíritu, es la hondura de la vida convertida en alegría, gozo intenso porque Dios existe y salva a los humanos.

Esta palabra expresa el camino doble de la vida de María: sale de sí para alabar a Dios (decir que es grande); vuelve a sí para alegrarse de que Dios exista y sea salvador. Como en toda auténtica amistad, aquí no existe miedo alguno. No hay recelo frente a Dios, no hay envidia de su gloria, no hay posible competencia. Admiración y gozo ante el amigo divino, eso es la vida entera de María. Dios le ha llamado para vivir en libertad y libremente goza, admira y canta al contemplar los dones que Dios le ha concedido.

En el comienzo de toda redención y Navidad hay un canto como este. La vida no se prueba ni sostiene a base de argumentos; los humanos no consiguen jamás justificarse con razones. En la hondura del creyente hay siempre algo más grande: el misterio de la gracia. Quien no lo haya sentido así, quien no consiga decir apasionado ¡qué grande eres oh Dios y yo me alegro de que existas! no podrá entender jamás lo que ahora sigue.
En el principio, más allá de todas las razones, María acoge a Dios y admira emocionada su presencia. Por eso, ella comienza con un canto, expresando así el origen y sentido de su más honda teología. No se trata de renunciar a la razón o de caer en un puro sentimentalismo sino de llegar a las raíces de la racionalidad más honda.

Esta es la razón del Dios amigo que brota del encuentro con su gracia. Es la razón del que descubre que toda su existencia es un regalo. Antes de todo lo que pueda conseguir con sus méritos o fuerzas, antes de todo su trabajo, María sabe que Dios mismo ha fundado con su Vida divina la alegría y fuerza de su propia vida humana:

-Porque ha mirado a la pequeñez de su sierva…
-porque ha hecho en mí cosas grande el Poderoso,
y es Santo su nombre
y su misericordia se derrama
de generación en generación,
sobre aquellos que le aman (Lc 1, 48-50)
Y con este canto podemos pasar a la Navidad

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