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DOMINGO 34. CRISTO REY. Xavier Pikaza, teólogo

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Religión Digital

Culmina el año litúrgico este día de Cristo Rey, Rey-Hombre cuyo Reino es la Verdad: que todos los hombres y mujeres puedan vivir en libertad, conociendo y aceptando lo que son, en amor generoso, en el pan y «vino» compartido. Generaciones de creyentes (cristianos o no) han visto a Dios como Poder que sascraliza por igual imperios y califatos, estados centrales sagrados y autonomías rebeldes, pueblos que vencen y hacen «su» historia a costa de otros y sub-pueblos sin «historia». Pero ha llegado el día de acoger al Rey Hombre, con su Reinado-Verdad (sin imperios ni estados centrales, sin pueblos y sub-pueblos). Algo de esto han querido decir (¡con matizaciones de un tipo de moral más o menos buena, pero no del evagelio!) los obispos nacionales en sus Orientaciones morales ante la situación de España (24 11 06).

En ese contexto resulta evangélica y cristiana la palabra de Dan 7 (el Hombre frente a las bestias) y Jn 18: llega el Reino de Dios que es libertad, salud y amor, desde los juzgados y los condenados, es decir, desde los perdedores (los sub-pueblos). Jesús es el «cehomo» (Ecce Homo): Rey que triunfa perdiendo, Hombre-verdad, testigo de los crucificados (de las víctimas). No da lecciones de moral sobre el sentido de posibles valores y bienes nacionales. Es la Verdad, el Hombre, hombre/mujer, el Reino de lo humano. Así lo indican los dos textos centrales del día

Dan 7, 13-14: el Rey es el Hombre

La escena anterior (Dan 7, 1-12) ofrecía la visión de las bestias que «reinan» sobre el mundo (León, Oso, Leopardo…). Ahora, tras el juicio de Dios, ahora aparece el lado positivo de la vida, el Hombre. Frente a los vivientes/bestias, que se alzaban contra Dios (brotando del mar/caos), surge el ser humano verdadero, es la imagen de Dios que viene en las nubes del cielo, de la misma altura divina, como creación perfecta y plenitud de gracia. Se le llama un como Hijo de Hombre y ha nacido de la misma luz de Dios: es la expresión positiva de su obra: es la inversión de la insolencia violenta de las bestias precedentes. Es como si antes no existiera verdadera humanidad, ni creación: como si Dios no se hubiera revelado. Sólo ahora respondiendo a la llamada de los justos oprimidos, desde le fondo de su juicio creador, el Anciano Dios suscita al ser humano verdadero

13 Seguía yo contemplando estas visiones nocturnas y vi venir sobre las nubes alguien semejante a un hijo de hombre; se dirigió hacia el anciano y fue conducido por él. 14 Se le dio poder, gloria y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su reino jamás será destruido
Éste es el «hijo de hombre», el ser humano humano, varón y mujer que proviene del mismo Dios: es la expresión positiva de su obra, inversión de la insolencia de las bestias. Antes no existía verdadera creación; sólo ahora, respondiendo a la llamada de los justos oprimidos, desde le fondo de su juicio creador, el Anciano Dios ha suscitado al ser humano verdadero.

Este Hijo del hombre (Dios nuevo, humanidad auténtica, auténtico Israel…) recibe el reino eterno y culmina así la historia: se destruye el proceso de muerte y violencia, acaba el engaño del mundo. Sobre una humanidad angustiada, entregada a la mentira, aplastada y sangrante, se eleva un principio de esperanza La revelación de Dios, Anciano de Días, significa la destrucción de los perversos, y el surgimiento de la humanidad reconciliada, que se expresa en Israel, pueblo de los santos. Esta visión mantiene en esperanza a los creyentes

Jn 18, 33-37: el Rey-Hombre es la Verdad

Jesús ha anunciado la llegado del Reino de Dios, la verdadera humanidad. Y así le vemos a él, siendo juzgado como el como «el hombre verdadero», tal como se dirá más tarde, concluyendo todo el proceso: Ecce Homo, Éste es el hombre, aquí le tenéis (Jn 19, 5) El proceso empieza con un gesto de presión de los sacerdotes (Jn 18, 28-32): traen a Jesús hasta el pretorio (palacio del pretor o juez romano), pero no entran; no quieren «mancharse» en casa de un pagano.

Parecen tener prisa, no han venido a razonar, sino sólo a que Pilato condene a Jesús. Pero éste prefiere inhibirse: «Tomadlo y juzgadlo según vuestras leyes» (Jn 18, 31). Un alto juez no interviene en problemas inferiores, propios de pueblos sometidos: que ellos mismos arreglen sus problemas. Los judíos insisten diciendo «nosotros no tenemos autoridad para matar a nadie» (18, 31) y recuerdan a Pilato su obligación, exigiéndole que cumpla su oficio: tiene que matar a este Jesús, a quien presentan como pretendiente mesiánico, alguien que se hace pasar como «rey de los judíos». Lógicamente Pilato le interroga sobre su reino (Jn 18, 33-36). Jesús responde: «Mi reino no es =(no pvoviene de las leyes) de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores hubieran luchado para que no fuera entregado a los judíos» (18,36).

Jesús reconoce que todo reino que viene «de este mundo» debe fundarse en la violencia, de manera que su primera señal son los soldados; Jesús no los tiene y por eso no es rey de este mundo

33 Pilato volvió a entrar en su palacio, llamó a Jesús y le interrogó:
–¿Eres tú el rey de los judíos?
34 Jesús le contestó:
–¿Dices eso por ti mismo o te la han dicho otros de mí?
35 Pilato replicó:
–¿Acaso soy yo judío? Son los de tu propia nación y los jefes de los sacerdotes los que te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?
36 Jesús le explicó:
–Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis seguidores hubieran luchado para impedir que yo cayese en manos de los judíos. Pero no, mi reino no es de este mundo.
37 Pilato insistió:
–Entonces, ¿eres rey?
Jesús le respondió:
–Soy rey, como tú dices. Y mi misión consiste en dar testimonio de la verdad. Precisamente para eso nací y para eso vine al mundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz
La distinción fundamental la marcan los servidores/soldados, sobre los que se funda según ley el imperio romano, dirigido por un comandante militar (un imperator). Jesús, en cambio, ha venido a ofrecer el testimonio de un Reino sin soldados, un reino que no tiene más poder que la verdad, como sigue indicando el pasaje (cf. Jn 18, 37-38). Pilato insiste: quiere conocer el contenido y anchura de ese reino que se expresa y triunfa sin soldados. Jesús responde: «Soy rey, doy testimonio de la verdad» (18, 37).

Al situar las cosas en ese nivel, Pilato se inhibe, hace una pregunta retórica (¿qué es la verdad?: Jn 18, 38) y se marcha sin aguardar una respuesta (18, 38a). De toda esta conversación se pueden deducir dos consecuencias.

1. La violencia militar pertenece al nivel de los reyes de un mundo donde la verdad no puede reinar; eso supone que todo aquello que debe defenderse por las armas, en la línea de los soldados y las leyes de Pilato, se sitúa en el nivel de la violencia y mentira del mundo, por muy organizada, legalizada (y sacralizada) que sea.

2. El reino de Jesús es el homrbre, es la verdad. No tiene necesidad de soldados, ni de juicios externos. Él ha venido a dar testimonio del valor del hombre, que es la verdad. El Rey-Hombre de Dan 7, 13-14 aparece aquí como Rey-Verdad: rey Palabra, rey Transparencia.
Eso significa que el reino de Jesús y el de Pilato (de Roma) se sitúan en planos distintos, de manera que Jesús ha podido decir: «mi reino no es (=no proviene) de las fuerzas de este mundo». Jesús no necesita soldados, ni diplomacia sacerdotal o imperial, ni dinero… No tener más poder ni más reino que la Verdad, el Hombre como Verdad, transparencia, amor creador.
Pilato sólo conoce el poder del Reino que se funda en la espada (destructora o civilizadora) del imperio (cf. Rom 13, 1-7) que se apoya y defiende en las armas.

La verdad le parece secundaria, la gracia-verdad no le importa (cf. Jn 18, 38a). Por eso pregunta ¿qué es la verdad?) y se marcha, sin esperar una respuesta. No le importa el Hombre, no le importa la Verdad. Le importa el poder del imperio. Tampoco a los sacerdotes del templo les importa el Hombre, ni la Verdad. Ellos quieren el Reino de su Religión.

Aquellos sacerdotes pertenecían al pueblo más honrado y más fiel de la tierra (Israel). Pilato formaba parte del Imperio más justo de la historia (Roma). Pero llegando hasta el final no conocían más reino que el poder religioso y militar. Jesús, en cambio, no quería más la vida del Hombre, la Verdad. Eso es lo que le habían enseñado los profetas de Israel, lo que había visto y sentido a lo largo de su vida. Ese es su testamento: os dejo la Humanidad (sed hombres, mujeres: sed personas y no bestias); os dejo la Verdad, no tengáis miedo de ella.

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