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DOMINGO 24 DE JUNIO: FIESTA DE SAN JUAN. Xavier Pikaza

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Xavier Pikaza

La liturgia de este domingo queda integrada en la Fiesta de San Juan, noche de magia (cambio de solsticio), día de gozo exultante: comienza la cuenta atrás de la Navidad. Desde el comienzo del verano anunciamos con Juan Bautista la llegada de Jesús. Éste es el día de los profetas de Israel, día de los maestros de Jesús, día del fuego de esperanza de la vida.

Juan Bautista, Maestro del Hijo de Dios

Jesús buscó a Dios en la Escritura y en la historia de su pueblo, pero tuvo un iniciador y maestro más directo Juan Bau¬tista, el último en la línea de los sabios (cf. Mt 11, 1-19 par), un profeta que condenaba la violencia de los poderosos y el pecado de los sacerdotes, anunciando el juicio de Dios (cf. Mt 3, 7-12). Sabía que este mundo tiene que acabar, porque está podrido, y, a pesar de ello, pedía a los hombres y mujeres que se convirtieran, ofreciéndoles un bautismo de perdón de liberación: “Ya está el hacha levantada sobre la raíz del árbol…” (Mt 3, 9-12; Lc 3, 1-9). De un modo especial recibía a los expulsados y excluidos de la sociedad sagrada de Israel y del Imperio.

El mensaje de Juan incluía tres notas principales. (1). Este mundo es digno de ser destruido: por eso anunciaba el Juicio que viene como Huracán y como Fuego que abrasa a los perversos. (2) Pero él ofrecía una bautismo de esperanza, para escaparse «de la ira que se acerca» (cf. Mt 3, 7) y alcanzar así la salvación, en la tierra prometida, tras el río. (3) Su anuncio incluía la llegada de uno que es más fuerte, de alguien que viene en nombre de Dios (o Dios mismo) para realizar las promesas antiguas.

Profeta de Dios, junto al río

En un sentido, Juan supone que la historia de los hombres ha fracasado, pero queda un resquicio de esperanza y en ese resquicio quiere mantenerse, para abrir la puerta a los que vengan, en el borde del desierto, ante el río que evoca el paso de la vida y el nuevo nacimiento en la tierra de Dios. Se han acabado las oportunidades de los poderosos del mundo, pero queda Dios y, en su nombre, Juan acoge y ofrece su promesa a los excluidos de la tierra, a los publicanos y las prostitutas… (cf. Mt 21. 32). De esa forma se planta, como profeta de Dios para los pobres, junto al río, vestido de piel de camello y comiendo alimentos silvestres (Mc 1, 6). Sólo así puede anunciar la salvación a los que han sido expulsados de las pretendidas salvaciones de la tierra.

Juan fue suave hasta el extremo con los pobres, pero fue implacable con el reyezuelo Herodes Antipas, que se valía de su autoridad para cambiar las leyes a su antojo, aunque contara con la bendición de juristas a sueldo. El rey le mandó matar, porque, como sabe F. Josefo (Ant XVIII, 116-119), era miedoso y no podía permitir que nadie le hablara de esa forma (cf. Mc 6, 16-19).

Profeta asesinado

Antipas le mató, pero Jesús vino a buscarle y le escuchó, uniéndose así con los publicanos y las prostitutas, que buscaban a Dios en las riberas del Jordán. El mismo Jesús, Hijo de Dios, necesitaba una escuela y la encontró, poniéndose a la escucha de Dios, con los pecadores que buscaban al Bautista. El Hijo de Dios necesitaba un maestro y fue a buscarlo, junto al río, porque a Dios se le escucha y encuentra a través de los auténticos maestros de la tierra. De esa forma le llegó el momento de la iluminación. Juan le había enseñado la más honda lección de la vida, la lección de Dios que está con los pecadores. Y, aprendida esa lección, mientras entraba en el río con esos pecadores, sus amigos, Dios mismo le habló en el corazón, mientras Juan le bautizaba: “Tú eres mi Hijo…”. El mismo Dios de Juan, el Señor del Juicio, se le mostró y le dijo su palabra más profunda, la primera y más honda de todas las palabras: “Tú eres mi Hijo predilecto, yo te quiero” (cf. Mc 1, 11). Fueron palabras de Dios para él y para todos los hombres y mujeres de la tierra. Ésta es la verdad definitiva. Todo el resto del evangelio brota de aquí, llevando así la marca de Juan el Bautista, a quien Jesús buscó junto al río, a la vera del desierto, para iniciar después su mensaje en Galilea.

Conclusión. De Juan a Jesús:
1.La alternativa del desierto. Tras dejar atrás a su maestro, Jesús inició su nuevo camino en Galilea (Mc 1, 14), para culminarlo en Jerusalén. Juan, en cambio, es hombre de desierto (Mc 1, 4) y así rechaza las seguridades sociales, las ventajas del poder y la estructura sacral israelita. Su estilo de vida es signo de condena para los sacerdotes de Jerusalén y los ricos de la tierra. De esa forma vuelve al principio de la historia israelita (de Ex a Dt), creando “una iglesia” de gentes que dejan todo para preparar la llegada del juicio (destructor y salvador) de Dios.

2. Un río de frontera. Allí donde acaba el desierto discurre el Jordán: quien lo pueda cruzar como lo hicieron antaño Josué y los suyos (cf. Jos 1-4) entrará en la tierra prometida. A la vera del río habita Juan, preparándose para pasar a la tierra y recibir el don de Dios (Mc 1, 5). En su entorno se forma una “iglesia” de entusiastas escatológicos, atentos al primer “movimiento” de Dios para cruzar el río y entrar en la tierra prometida. Jesús cruzará el río, para iniciar un camino nuevo de Reino. Juan quedará en la otra orilla.

3.Vestido de profeta. Juan y sus discípulos se cubren con pelo de camello y cinturón de cuero (Mc 1, 6). Así recuerdan a Elías, profeta ejemplar (a quien seguirá recordando Jesús, tras independizarse de Juan, aunque en otra línea), anunciador del juicio de Dios sobre el Carmelo (cf. 1 Rey 18). Estas vestiduras expresan su austeridad profética. Pero el camello no es sólo señal de austeridad sino de impureza (cf. Lev 11, 4). Al vestirse con su pelo, Juan protesta contra las normas de los «miembros puros» de Qumrán o del farisaísmo. Jesús seguirá en su línea.

4.Comida: saltamontes y miel silvestre (1, 6). Parece evocar un ideal de vuelta a la naturaleza (alimentos sin preparar, no sujetos a las leyes del mercado). Juan y sus discípulos forman, por su comida y vestido, una comunidad contra-cultural y anti-cultual (no acuden al mercado, con sus leyes injustas; no valoran el templo de Jerusalén, ni las normas de pureza de fariseos y qumranitas). Ellos son unos “transgresores”, pues para los judíos observantes la miel silvestre era impura, por contener restos de mosquitos e insectos. En esa línea avanzará Jesús.

5.Conversión y bautismo. La vida penitencial les abre por el bautismo en el Jordán a un tipo de esperanza radical. El texto acentúa la función de Juan ((yo os bautizo…!: Mc 1, 8), el contexto destaca su fuerte personalidad: ha convocado un grupo de seguidores, llevándoles al desierto y bautizándoles en el río de las promesas antiguas, con la certeza de que viene el Más Fuerte, es decir, el mismo Dios. Jesús supondrá que Dios ya ha llegado.

6. De Juan a Jesús. Una comunidad como la de Juan, elevada como protesta contra el judaísmo de su tiempo (y contra todas las formas de perversión humana), está al comienzo del evangelio de Jesús. El Bautista ha presidido esta nueva agrupación de liberados, portadores de esperanza. Eran penitentes en camino, dominados por la exigencia de conversión y la certeza del juicio. Así se situaron, a la orilla del Jordán, en el desierto de las promesas y los nuevos comienzos, dispuestos a escuchar la voz de Dios y ponerse en pie para cruzar a la orilla de la libertad. Entre ellos estuvo por un tiempo Jesús: fue bautista, discípulo de Juan.

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