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Domingo 21-2-10: La Cuaresma de José Arregui -- Xavier Pikaza, teólogo

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Religión Digital

Hoy, primer domingo de cuaresma se leen y comentan las tentaciones de Jesús y se aplican a la vida de la Iglesia. Yo lo he hecho ya otros años, en este mismo blog (cf. días 10 2 08 y ss). Por eso no voy a volver directamente sobre el tema con mi comentario al texto del evangelio, sino que voy a ceder la palabra a José Arregui (Joshe Arregi), uno de los hombres más significativos de la teología y de Iglesia en Euskadi, en España y mucho más allá de nuestras fronteras.

Arregi es un teólogo en cuaresma, le han impuesto un tipo de silencio y lo ha aceptado, un silencio que puede durar cuarenta días o cuarenta meses, pero que será fructuoso, pues él ha sembrado por años y años una palabra fecunda, como la de Jesús en Mc 4 (entre grupos de oración y estudio), y esa palabra está fructificando a través de la red, sin que nadie hoy ya pueda pararla. Así le veo yo, entre los «apóstoles» de su casa de Arántzazu, uno más entre todos, hoy, año 2010, desde su tierra en la montaña, bajo el Aitzgorri, para el mundo entero.

Arregi es un teólogo “tentado”. Varias veces le han zarandeado y le han querido silenciar los poderes de una iglesia institución dominada por el miedo a la verdad, cierto tipo de iglesia (así, con minúscula), que no quiere que se sepa, que se diga limpiamente el evangelio, una iglesia del miedo a la luz. Por eso debo hoy presentarle como testigo de cuaresma, un hombre que nos puede hablar de las tentaciones de Jesús, desde dentro, por connaturalidad, como dirá el texto que voy a presentar, después de haber ofrecido una breve semblanza de su vida. Joshe, buen domingo, tenemos que vernos ahí o en San Morales.

José Arregi, una semblanza

Nació en Azpeitia (Gipuzkoa) el 8 de noviembre de 1952. Es franciscano y vive en el Santuario de Arantzazu.

Se licenció y doctoró en Teología en el Instituto Católico de París con una tesis sobre la relación del cristianismo con otras religiones. Ha sido profesor de diversas materias teológicas en Pamplona Vitoria y Deusto. Trabaja desde hace años en la formación teológica de laicos.

Publicaciones:

Fundador y director de la revista de pensamiento religioso en euskera HEMEN. Erlijio-gogoetarako aldizkaria. Y escribe numerosos artículos en otras lenguas. Algunos de sus libros son:

1. «Hans Urs von Balthasar: dos propuestas de diálogo con las religiones»,
2. «El exceso y la palabra. Reflexiones sobre la verdad de las afirmaciones teológicas»
3. Jainkorik baiala ez? (un debate con el escritor ateo Edorta Jimenez), Elkar, San Sebastián2007).
4. Jainkoaz galdezka. 40 euskal idazleren erantzunak (recoge las respuestas de 40 escritores vascos de hoy a unas preguntas que les dirigí acerca de Dios, con un capítulo introductorio mío), Alderdania, Irún 2007.

5. Traducción castellana del libro anterior en Univ. de Deusto (VERANO 2010)
6. «La reconstrucción del creer» (en colaboración con Manuel Reus, Javier Vitoria), PPC, Madrid 2010
7. «Bakea eskatu, bakea ospatu»,
8. «Nazareteko Jesus. Zer gizaki? Zer Jainko?»,
9. «Oinatzak bidean. Erlijioen historia.

Magisterio

Ha dirigido y dirige cursos de teología y vida cristiana, en Pamplona, en Arantzazu y en otros lugares y con ese fin viene escribiendo unas “cartas” (las famosas Cartas de los jueves) que se han “publicado” en Internet, primero de un modo más privado, luego en portales abiertos (Fe Adulta, Atrio…) y que llegan a muchísimas personas (militantes cristianos, religiosas de clausura, creyentes de todo tipo y religión…) que con su ayuda y ejemplo viven un cristianismo maduro, hecho de sencillez y complejidad, es decir, de «vida»

a. Arregi es vasco y universal, sin ninguna dificultad, sin ningún complejo; a muchos no les gusta que sea esas dos cosas al mismo tiempo, sin someterse a ningún ídolo político. Así lo vive desde Arantzazu, un santuario abierto a la paz franciscana, cristiana, universal, donde ha promovido encuentro y cursos de dialogo, que están, en la línea de Baketik (http://www.baketik.org/ ). Organización Cristiana al servicio de la paz, que tiene su centro en el Santuario de Aránzazu, de los Padres Franciscanos. Organiza cursos y dirige campañas para la extensión de la paz, no sólo en Euskal Herria sino en todo el mundo, con espíritu franciscano.

b. Arregi es cristiano y vive inmerso en el amplio mundo de las religiones (en la línea de los encuentros franciscanos de Asís, avalados por Juan Pablo II); ha sido y sigue siendo animador de los Foros de Encuentro Religioso de Estella, donde conviven y rezan todas las religiones, en un camino abierto al Dios universal. A muchos no les gusta eso, no entienden cómo se puede ser cristiana y vivir dentro de la búsqueda religiosa universal.

c. Arregi es hombre de iglesia, pero de una iglesia abierta a todos, sin capillas cerradas. Por eso ha tenido dificultades, tanto en la diócesis de Pamplona, como en la de Vitoria, donde los obispos respectivos han tenido miedo de su libertad cristiana, de su espíritu universal, de su sinceridad. Por eso, se siente solidario con la Iglesia de la Liberación (es amigo de L. Boff y de Koinonía…), siendo, al mismo tiempo, un hombre de la intimidad espiritual, del diálogo profundo con la hondura divina del alma, en un camino abierto al budismo y a todas las religiones y experiencias sagradas. No se le puede encasillar, no se puede «callar» su silencio. Por eso, muchos le tienen miedo…, pero somos muchos más los que le escuchamos y queremos.

d. Arregi es, finalmente, un gran profesor. Podría citar aquí el testimonio de alumnos y alumnas (recuerdo en especial a dos, una de Cochabamba y otra de Palma) que han ido a Deusto por estudiar con él y que han salido de Deusto con un espíritu más cristiano, más abierto, más humano. Otro día podemos hablar de esto y de sus publicaciones, que van más en la línea del contacto directo y el internet entre grupos de amigos y, sobre todo, en portales como
Atrio de la Iglesia (http://www.atrio.org/ y http://2006.atrio.org/?author=113)
y en Fe Adulta (http://www.feadulta.com/ARREGI-0-indice.htm).

d. Arregi se he hecho noticia para ciertos medios con ocasión del nombramiento de Mons. Munilla como obispo de San Sebastián, al recordar unos “papeles” en los que,al parecer, el nuevo obispo mostraba su “desafección” hacia la diócesis mientras fue cura en Zumárraga. Dijo algo que se corría en todos los ambientes de la iglesia, y que era bueno (muy bueno) que Munilla conociera, para saber cuál era el ambiente de una parte considerable de su nueva diócesis. Se atrevió a hablar, cuando los demás callamos.

Ciertamente, le refutaron, pero con argumentos que no parecieron convincentes a todos… Ciertamente, no fue «político», en el sentido normal de la palabra. Pecó quizá de ingenuo o de demasiado bueno y le le “hicieron” callar, los que dominan la palabra externa de la Iglesia. Pero su denuncia sigue sonando en silencio… Humildemente, él admite que se pudo «exceder» en la forma (una entrevista de radio) y ha pedido perdón por ello, mostrándose dispuesto al diálogo. Los que le han hecho callar durante un año no han dado razones, que sepamos. Él ha admitido el silencio, por un año.

e. Le han impuesto silencio y él lo ha aceptado… como escribe en su última carta pública del jueves: 14 de enero del 2010 (los jueves eran el día de sus cartas abiertas, los días de Arregi)… Es una carta a la que nadie ha respondido, como nadie ha respondido a la carta abierta y fraternal que él dirigió a Mons. Munilla (aunque yo espero que Munilla un dìa le responda). Han preferido el silencio de los vencedores.Él inicia una cuaresma de silencio, como el dice :

«Ahora debo interrumpir estos escritos. ¿Por qué? Porque las circunstancias así me lo imponen, porque tal vez me excedí en las palabras y provoqué un torbellino demasiado peligroso para mí y para otros, porque los márgenes de riesgo y disidencia o incluso de error son cada vez más estrechos, porque sigue sin ser verdad que la persona esté por encima de las instituciones y el hombre sigue siendo aún para el sábado, porque no quiero hacerme más daño a mí mismo ni quiero herir a la familia espiritual que quiero, porque no tengo fe ciega en mi verdad y no sé qué se ha de hacer con la verdad que hiere y ni siquiera estoy cierto de que pueda ser verdad aquello que hiere, por cordura y prudencia o por debilidad y acatamiento ¡qué sé yo!, porque deseo cuidarme, porque perder también puede ser bueno, porque el silencio puede ser a veces mejor que la palabra…, por todo eso y por tantas cosas. No le deis más vueltas, por favor. Estoy en paz.

Quedaré mudo los jueves el tiempo de un embarazo y algo más, hasta que la luz decaiga y vuelva a crecer, como quedó mudo Zacarías durante la gestación de su hijo Juan. Quedó sin palabra, en «castigo» por no haber creído en la promesa imposible de un hijo y en señal de la vida callada que ya estaba latiendo en el seno de Isabel. Y cuando aún no podía hablar, pidió una tablilla de las de entonces y escribió: «Su nombre es Juan», es decir, «Dios tiene piedad», «Dios es gracia». Y luego nació el hijo de la piedad, el hijo de la gracia, y la lengua de Zacarías se desató.

Creo en la piedad más que en la palabra, infinitamente más que en estos desvalidos escritos, y quiero que mi corazón esté dispuesto para la gracia por si alguna vez vuelve la palabra. Seguiremos encontrándonos cada jueves en un rito de silencio. Crece la vida en el mundo, crece la bondad a pesar de todo. Crece Jesús como el pan, crece Dios como la savia. De todo corazón, os deseo paz y bien.

f. Arregi está callado, pero sus amigos, admiradores, discípulos y colaboradores le acompañamos en su cuaresma de silencio. Él ha decidido no hablar por un tiempo, para ser testimonio de amor a la iglesia y a la vida sin palabras externas, como su padre y hermano Francisco, que predicaba en silencio, pasando simplemente por las calles de las ciudad alborotada.

Él ha decidido guardar silencio, pero son muchos los portales (Atrio, Fe Adulta…) donde se sigue recogiendo y repitiendo su palabra. Hoy la recojo yo también, este Primer Domingo de Cuaresma, la Cuaresma de Arregi, reproduciendo un texto suyo antiguo (¿de hace tres años?) en el que comenta el evangelio de hoy, primer domingo de Cuarema.

Evangelio: Lucas 4, 1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.
Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.
Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.» Jesús le contestó: «Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre».»

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.»

Jesús le contestó: «Está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto».» Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras».»
Jesús le contestó: «Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios».»
Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

Comentario de Jose Arregi:

Queridos amigos y amigas:
Al comienzo de nuestra Cuaresma, miramos a Jesús tentado en el desierto. Él es uno de nosotros. Miramos a Jesús tentado como nosotros, para tener de quién aprender en nuestro camino a la Pascua. ¿Solamente de quién aprender? Eso es decir poco. Miramos a Jesús tentado, para saber y tener con quién caminar. Jesús tentado es nuestro compañero de camino. Él nos reconforta.

El evangelio nos dice que el «diablo» lo tentó. Evidentemente, «el diablo» es una manera de hablar. El «diablo» no es un espíritu maligno que está ahí, dentro de nosotros o fuera de nosotros; no es un ángel tortuoso que nos está instigando al mal. El «diablo» no es un alguien separado de Dios y de nosotros.

«Diablo» viene del griego diábolé, que significa «desavenencia, desacuerdo», y también «acusación falsa, calumnia». Por ahí va lo diabólico: es esa desavenencia instalada en el corazón de nuestro ser, es esa falsa acusación contra nosotros y contra los demás que tantas incomprensiones y angustias y miedos nos provoca.

El «diablo» es una imagen que expresa nuestro ser inacabado y siempre herido, nuestro ser en desavenencia consigo y con los demás, que nos lleva a acusar, dividir, engañar.

¿Qué os imagináis? ¿Que Jesús no era de esta nuestra carne inacabada y herida? Pues sí lo era, y profundamente, y desde lo profundo la fue curando y nos cura. Su ser era nuestro ser: limitado como nosotros, herido como nosotros, hambriento en el desierto como nosotros, en camino hacia la Pascua como nosotros. Tentado como nosotros. También él sintió esa profunda desavenencia interna, ese conflicto de quereres que nos desgarra y nos pone a prueba.

Queremos y no podemos. No llegamos a hacer aquello que querríamos hacer, o a ser como querríamos ser. Querríamos ser mucho mejores de lo que somos, y no conseguimos serlo. O es la misma voluntad la que tal vez se desvanece y tambalea.

A menudo nos sucede que no sabemos ni siquiera lo que realmente queremos. O acaso nos sucede que sí lo sabemos, pero nuestra voluntad no posee la firmeza y determinación necesarias para realizar aquello que queremos. ¡Quién sabe lo que realmente nos pasa!

Algunos lo han llamado «pecado original», pero esta categoría nos ha metido en auténticos berenjenales y, en todo caso, para que «el pecado original» pudiera explicar algo, tendríamos primero que poder explicar «razonablemente» el propio «pecado original», y no hay manera, de modo que no nos sirve.

Una cosa es cierta: no hacemos no podemos hacer todo el bien que queremos, y hacemos muy a menudo a nosotros mismos y a los demás el daño que no querríamos hacer.

Así hablaba San Pablo, y nos basta con ese lenguaje, que no explica nada, sino simplemente describe la realidad. Llevamos profundamente adheridas en nosotros, y están profundamente incrustadas en todas las estructuras e instituciones sociales (y religiosas), muchas tendencias que contradicen nuestro querer más auténtico, el querer bueno y feliz de Dios.

Eso son las tentaciones: las tendencias, inercias, deseos, intereses, poderes y factores que nos impiden realizar nuestro querer más nuestro y verdadero, que es el querer de Dios. Y estamos heridos, y herimos sin cesar.

¿Por qué nos herimos? Yo no diría que lo hacemos por nuestra culpa y maldad. No. Nos hacemos daño a nosotros mismos y a los demás, no tanto por libertad, sino más bien por falta de auténtica libertad. No somos realmente libres, o dicho de otro modo: nuestra naturaleza o nuestro ser están aún inacabados.

Y de esa naturaleza nuestra inacabada es, precisamente, imagen el desierto. Vivimos en camino. Caminamos a la vida digna de ese nombre. Caminamos a la Pascua. Caminamos a la plenitud de nuestro ser. Caminamos hacia Dios. Y el camino está lleno de pruebas e incertidumbres. Pero debemos caminar. No basta decir: «Así soy y ¡qué le voy a hacer!»

Jesús también caminó, y su camino estuvo sometido a la prueba, la herida, la ignorancia. Y tuvo que aprender a liberar su auténtico querer. Nuestras «tentaciones» son también las de Jesús. El evangelio nos las ha resumido magistralmente: la tentación del pan, la tentación del Dios mágico, la tentación del poder.

En primer lugar, la tentación del pan: «Di que estas piedras se conviertan en panes». Que todas las piedras se conviertan en pan fácil e inmediato: ¿qué más quisiéramos? ¡Pero qué engañoso es!

Es la tentación de satisfacer ya todos nuestros deseos y apetencias, es la tentación de poner nuestro interés inmediato por encima de todo lo demás, es la tentación del consumismo compulsivo y desaforado, es la tentación de pensar que seremos más felices teniendo más.

También Jesús tuvo que hacer frente a esa tentación. Escuchemos lo que dice: «No sólo de pan vive el ser humano». También la palabra nos hace vivir. Y el amor y la belleza. Es decir: Dios nos hace vivir más que todo pan.

En segundo lugar, la tentación del Dios mágico: «Échate y Dios enviará ángeles que te recojan en el aire». Es la tentación de la religión mágica, la tentación de convertir a Dios en explicación y recurso, la tentación de rebajar a Dios a nuestra medida y de utilizarlo para nuestros intereses superficiales.

Pero Dios no nos salva desde fuera. Dios no nos envía ángeles que nos recogen en el aire. Eso sería «tentar a Dios»: ser un Dios omnipotente y externo sería la tentación suprema de Dios. Dios no quiere ser omnipotente desde fuera, sino desde dentro de nuestro ser frágil, herido y peregrino. Escuchemos a Jesús: sólo desde nosotros mismos nos puede salvar Dios. Seamos ángeles los unos para los otros, y sólo así será Dios nuestro ángel de la guarda.

En tercer lugar, la tentación del poder: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Es la tentación de todos los reyes y de todos los reinos. Poseerlo todo y estar por encima de todos. Es «el diablo» por antonomasia: la desavenencia, la lucha, la opresión. El poder aplasta y ahoga.

Dios libera y da aliento. Escuchemos a Jesús: «Sólo a Dios adorarás». Pues Dios sirve y hace libre. Sólo a Dios darás culto, pues Dios sirve y cuida delicadamente la vida de todo viviente. Jesús fue libre porque, en su ser inacabado y herido como el nuestro, sirvió y cuidó y sanó la vida. Así fue Jesús verdaderamente libre, verdaderamente humano. Y así fue verdaderamente divino.

Amigos y amigas, en Jesús vemos la medida y el destino de nuestra humanidad. Nuestra verdadera voluntad libre. Y cada vez que nuestra voluntad flaquea y titubea, él está con nosotros. En nuestro desierto, no caminamos solos: Jesús tentado y herido viene con nosotros. Vamos juntos a la Pascua, a nuestra verdadera libertad, para convertir el desierto de nuestro mundo en un nuevo paraíso.

José Arrregi

Para orar

Hoy que sé que mi vida es un desierto,
en el que nunca nacerá una flor,
vengo a pedirte, Cristo jardinero,
por el desierto de mi corazón.

Para que nunca la amargura sea
en mi vida más fuerte que el amor,
pon, Señor, una fuente de alegría
en el desierto de mi corazón.

Para que nunca ahoguen los fracasos
mis ansias de seguir siempre tu voz,
pon, Señor, una fuente de esperanza
en el desierto de mi corazón.

Para que nunca busque recompensa
al dar mi mano o al pedir perdón,
pon, Señor, una fuente de amor puro
en el desierto de mi corazón.

Para que no me busque a mí cuando te busco
y no sea egoísta mi oración,
pon tu cuerpo, Señor, y tu palabra
en el desierto de mi corazón.

Liturgia de las Horas

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