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Domingo 17 de Mayo, 6º de Pascua

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Koinonía

Lecturas
Hch 10,25-26.34-35.44-48: “El Espíritu Santo se ha derramado también sobre los gentiles”
Sal 97: “Cantad al Señor un cántico nuevo”
1Jn 4,7-10:: “Dios es amor”
Jn 15,9-17 : “No hay amor más grande que dar la vida”
Pocas palabras deben saturamos tanto en el lenguaje cotidiano como ésta: «amor». La escuchamos en la canción de moda, en la conductora superficial de un programa de televisión (tan superficial como su animadora), en el lenguaje político, en referencia al sexo, en la telenovela (más superficial aún que la animadora, si eso es posible)…

Se usa en todos los ámbitos, y en cada uno de ellos significa algo diferente. ¡Pero, sin embargo, la palabra es la misma!

Sería casi soberbio pretender tener nosotros la última palabra, o pretender que «fuera de nosotros: ¡el error!». Digamos, sí, que el amor en sentido cristiano no es sinónimo de un amor «rosado», sensual, placentero, dulzón y sensiblero del lenguaje cotidiano o posmoderno. El amor de Jesús no es el que busca su placer, su «sentir», o su felicidad sino el que busca la vida, la felicidad de aquellos a quienes amamos. Nada es más liberador que el amor; nada hace crecer tanto a los demás como el amor, nada es más fuerte que el amor. Y ese amor lo aprendemos del mismo Jesús que con su ejemplo nos enseña que «la medida del amor es amar sin medida».

La cruz de Jesús, el gran instrumento de tortura del imperio romano (¿será costumbre de los imperios inventarlos?), se transforma -como otra cara de la moneda- también en la máxima expresión de amor de todos los tiempos.

La cruz, símbolo de muerte y sufrimiento, pasa a ser signo vivo de más vida. En realidad con su amor final Jesús descalifica el mandamiento que dice que debemos «amar al prójimo como a nosotros mismos»; si debemos amar «como» Él, es porque debemos amar más que a nosotros mismos, hasta ser capaces de dar la vida. La cruz es la «escuela del amor»; no porque en sí misma sea buena, ¡todo lo contrario!, sino porque lo que es bueno es el amor ¡hasta la cruz!

La cruz como medida puede ser medida del odio de Caifás, y también, del amor de Jesús; éste último es el que a nosotros nos interesa. Es el amor que nos enseña a mirar ante todo al ser amado, y más que a nosotros mismos, que nos enseña a no prestar atención a nuestra vida, sino la vida de quienes amamos; es el amor que nos enseña a ser libres hasta de nosotros mismos, siendo «esclavos de los demás por amor». Nada hay más esclavizante que el amor, y nada hay más liberador que el amor (para quien lo da y para quien lo recibe). Ciertamente, el amor así entendido no es «rosado» (o ¿acaso es «rosado» morir en la cruz?) el amor es fuerte y «jugado» y comprometido por el otro.

No es el amor de quienes se llaman entre ellos «amorosos» y no se sienten impelidos a «la solidaridad (que) es la verdadera revolución del amor» (Juan Pablo II); no es el amor de quienes «hacen el amor» sin cargar la cruz y sin buscar la vida; no es el amor de quienes hablan de un «acto de amor» y provocan decenas de miles de «desaparecidos»; tampoco es el amor del séptimo matrimonio de la actriz que «ahora sí, con él soy feliz»; no es esto; ni tampoco el amor del que dice que «la caridad bien entendida empieza por casa» y se manifiesta absolutamente incapaz de salir al encuentro del pobre. El amor es el de Cristo, que con su acción que lo lleva «hasta el extremo», libera a la humanidad -porque el amor libera-, aunque muchas veces nos resistamos a un amor «tan en serio».

Aquí el amor es fruto de una unión, de «permanecer» unidos a aquel que es el amor verdadero. Y ese amor supone la exigencia -«mandamiento»- que nace del mismo amor, y por tanto es libre, de amar hasta el extremo, de ser capaces de dar la vida para engendrar más vida. El amor así entendido es siempre el «amor mayor», como el que condujo a Jesús a aceptar la muerte a que lo condenaban los violentos. A ese amor somos invitados, a amar «como» él movidos por una estrecha relación con el Padre y con el Hijo. Ese amor no tendrá la liviandad de la brisa, sino que permanecerá, como permanece la rama unida a la planta para dar fruto.

Cuando el amor permanece, y se hace presente mutuamente entre los discípulos, es signo evidente de la estrecha unión de los seguidores de Jesús con su Señor, como es signo, también, de la relación entre el Señor y su Padre. Esto genera una unión plena entre todos los que son parte de esta «familia», y que llena de gozo a todos sus miembros donde unos y otros se pertenecen mutuamente aunque siempre la iniciativa primera sea de Dios.

Nota: no hay en la serie «Un tal Jesús» un capítulo que refleje el evangelio de este domingo.

Para la revisión de vida
-El amor cristiano no es tanto un sentimiento del corazón como una actitud de vida ante el prójimo, sea amigo o enemigo. ¿Cómo muestro yo mi amor a Dios y al prójimo, con sentimentalismos o, como Él nos dice, cumpliendo su voluntad?; ¿vivo mi fe como un «asunto del corazón» o como un asunto de mi vida entera?; ¿recuerdo y vivo aquello de «obras son amores y no buenas razones»?

Para la reunión de grupo
– «Dios no hace distinciones, sino que acepta al que le es fiel y practica la justicia, sea de la nación que sea», dice Pedro en casa del gentil Cornelio. Ser «de otra nación» significaba entonces ser de otra religión, no ser del «pueblo elegido»… Este principio que Pedro proclama en los Hechos de los Apóstoles, ¿sería una afirmación del principio teológico del «pluralismo religioso»? (O sea, de que la salvación no está mediada necesariamente por el judaísmo ni por el cristianismo, sino únicamente por Dios?

– El «amor» ha sido considerado siempre, con razón, una expresión del núcleo mismo del mensaje del cristianismo. Sin embargo aparece pocas veces explícitamente en el mensaje de Jesús (fuera de las palabras que Juan pone en su boca). Tampoco «Iglesia» es una palabra que aparezca un número significativo de veces, teniendo en cuenta que Jesús habría venido «a fundar la Iglesia». ¿Cuál es la categoría que sí fue la central y la «obsesiva» para el Jesús histórico, aquello de lo que él hablaba explícitamente e insistía, aquello con lo que constantemente soñaba y por lo que luchaba?

– Feuerbach decía que «Juan dijo que Dios es amor, pero la verdad es que el amor es Dios». ¿Hay contradicción entre una afirmación y otra? ¿Se puede establecer algún tipo de conciliación?
– El Espíritu es la fuerza que nos capacita para cumplir la tarea que Dios nos asigna a personas y comunidades; sin Espíritu, la religión se queda en magia; con Espíritu se convierte en vida; ¿cómo celebra nuestra Iglesia los sacramentos: como ritos mágicos, como celebraciones folclóricas? ¿En qué sentido?

Para la oración de los fieles
– Por la Iglesia, para que siempre sea consciente de que su vida no está en sus normas e instituciones sino en dejarse llegar por el Espíritu, y no se anuncie a sí misma sino el Reino de Dios. Roguemos al Señor.
– Por todos los creyentes, para que sintamos siempre el gozo y la alegría de haber recibido la Buena Noticia y sintamos también el impulso de anunciarla a los demás. Roguemos al Señor.
– Por todos los que ya no esperan nada ni de Dios ni de los hombres, para que nuestro testimonio les abra una puerta a la esperanza. Roguemos al Señor.

– Por los jóvenes, esperanza del mundo del mañana, para que se preparen a construir un mundo mejor, más solidario, más justo y más fraterno. Roguemos al Señor.
– Por todos los pobres del mundo, para que los cristianos, con nuestra fraternidad solidaria, seamos causa real de su esperanza en verse libres de sus limitaciones. Roguemos al Señor.
– Por todos nosotros, para que formemos una verdadera comunidad en la que se alimente nuestra fe y nuestra esperanza, de modo que podamos transmitir nuestro amor a los demás. Roguemos al Señor.

Oración comunitaria
Dios, Padre nuestro, que en Jesús de Nazaret, nuestro hermano, has hecho renacer nuestra esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva; te pedimos que nos hagas apasionados seguidores de su Causa, de modo que sepamos transmitir a nuestros hermanos, con la palabra y con las obras, las razones de la esperanza que nos sostiene. Nosotros te lo pedimos inspirados por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.

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