InicioRevista de prensaespiritualidadDomingo 10 de noviembre, 32º del Tiempo Ordinario

Domingo 10 de noviembre, 32º del Tiempo Ordinario

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Koinonía

Lecturas:
2 Mac 7,1-2.9-14: El rey del universo nos resucitará para una vida eterna
Salmo Responsorial 16: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor
2 Tes 2,16–3,5: El Señor les dará fuerza para el bien y les preservará del Maligno
Lc 20,27-38: Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos
En el contexto de este mes de Noviembre, dedicado a la memoria de los fieles difuntos, las lecturas de estos días nos van presentando diversos aspectos que nos sintonizan con la realidad de la vida y de la muerte, tan cercanas a nuestra condición humana, y sobre las que es necesario reflexionar siempre, para tener una actitud positiva frente a ellas.

En la primera lectura encontramos el testimonio heroico y edificante de una madre y de sus siete hijos, que entregan la vida antes que rendirse a los caprichos del emperador de turno. La madre de los macabeos representa también la figura del pueblo de Israel, y el número de siete hijos, la plenitud de la familia de Israel, en la que debe primar la unidad, la libertad, la identidad y la defensa de los derechos religiosos, económicos, sociales, culturales.

En la segunda lectura, vemos cómo según Pablo el testimonio coherente y fiel debe identificar a los seguidores de Jesús. Tanto las palabras como las obras deben transparentar la fuerza viva del Resucitado, en sus vidas y en sus comunidades.

Y en el evangelio, de lo dicho por Jesús a los saduceos, que tratan de riculizar la fe en la resurrección, podemos concluir que tendremos vida en plenitud. Para Jesús la resurrección va más allá de la prolongación indeterminada de esta vida, de la que sólo Dios puede dar explicación, y que para nosotros resultará siempre un misterio inefable. A esto apela Jesús con plena humildad y sencillez delante de quienes le escuchan, recordando la sana tradición de su pueblo de reconocer que el “Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven”.

A pesar de que estos patriarcas han muerto ya, Dios sigue cuidando a su pueblo, en el que nunca la muerte ha podido destruir el amor y la fidelidad de Dios para con sus hijos. La certeza del amor incondicional de Dios –Padre y Madre para con sus hijos– debe ayudarnos a mantener siempre una memoria agradecida con todos nuestros antecesores –padres y madres– que nos han precedido y nos han dejado como herencia la riqueza de nuestra fe, nuestra cultura y nuestro territorio; y a quienes recordamos con veneración, aunque hayan fallecido. La vida eterna dependerá de lo que desde ahora hagamos como una opción decidida por defender la vida de nuestros hermanos. Gozar hoy la vida nueva es practicar cotidianamente la justicia y el amor por los demás; es tener la certeza de alcanzar en el día de mañana la vida plena, fortaleciendo en el hoy de nuestras relaciones humanas valores que nos humanicen y dignifiquen.

Los saduceos eran los más conservadores en el judaísmo de la época de Jesús. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, que atribuían a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida… lo consideraban ideas “liberacionistas” de resentidos sociales. Para ellos no existía otra vida, la única vida que existía era la presente, y en ella eran los privilegiados –tal vez por eso, pensaba que no había que esperar otra–.

A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los ancianos, o sea, los jefes de las familias aristocráticas y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a fundamentar teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un estilo de vida de acuerdo a las costumbres paganas de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas.

Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones que tenían más firmemente arraigada era la fe en la resurrección, que los saduceos rechazaban abiertamente por las razones expuestas anteriormente. Pero muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena, sólo que para siempre.

Jesús estaba ya en la recta final de su vida pública. El último servicio que estaba haciendo a la Causa del Reino –en lo que se jugaba la vida–, era desenmascarar las intenciones torcidas de los grupos religiosos de su tiempo. Había declarado a los del Sanedrín incompetentes para decidir si tenían o no autoridad para hacer lo que hacían; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el imperio romano debía dejar a Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su especialidad: la ley de Moisés.

La posición de Jesús en este debate con los saduceos puede sernos iluminadora para los tiempos actuales. También nosotros, como la sociedad culta que actualmente somos, podemos reaccionar con frecuencia contra una imagen demasiado fácil de la resurrección. Cualquiera de nosotros puede recordar las enseñanzas que respecto a este tema recibió en su formación cristiana de catequesis infantil, la fácil descripción que hasta hace 50 años se hacía de lo que es la muerte (separación del alma respecto al cuerpo), lo que sería el juicio particular, el juicio universal, el purgatorio (si no el limbo, que fue oficialmente «cerrado» por la Comisión Teológica Internacional del Vaticano hace unos pocos años), el cielo y el infierno (¡!)…

La teología (o simplemente la imaginería) cristiana, tenía respuestas detalladas y exhaustivas para todos estos temas. Creía saber casi todo respecto al más allá y no hacía gala precisamente de sobriedad ni de medida. Muchas personas «de hoy», con cultura filosófica y antropológica (o simplemente con «sentido común actualizado») se ruborizan de haber creído semejantes cosas, y se rebelan, como aquellos saduceos coetáneos de Jesús, contra una imagen tan plástica, tan incontinente, tan maximalista, tan fantasiosa, tan segura de sí misma. De hecho, en el ambiente general del cristianismo, se puede observar un prudente silencio sobre estos temas otrora tan vivos y hasta tan discutidos.

En el acompañamiento a las personas con expectativas próximas de muerte, o en las celebraciones en torno a la muerte, no hablamos ya de los difuntos ni de la muerte de la misma manera que hace unas décadas. Algo se está curvando epistemológicamente en la cultura moderna, que nos hace sentir la necesidad de no repetir ya lo que nos fue dicho, sino de revisar y repensar lo que podemos decir/saber/esperar.

Como a aquellos saduceos, tal vez hoy Jesús nos dice también a nosotros: «no saben ustedes de qué están hablando…». Qué sea el contenido real de lo que hemos llamado tradicionalmente «resurrección» no es algo que se pueda describir, ni detallar, ni siquiera «imaginar». Tal vez es un símbolo que expresa un misterio que apenas podemos intuir, pero no concretar. Una resurrección entendida directa y llanamente como una «reviviscencia», aunque sea espiritual (que es como la imagen funciona de hecho en muchos cristianos formados hace tiempo), hoy no parece sostenible, críticamente hablando.

Tal vez nos vendría bien a nosotros una sacudida como la que dio Jesús a los saduceos. Antes de que nuestros contemporáneos pierdan la fe en la resurrección y con ella, de un golpe, toda la fe, sería bueno que hagamos un serio esfuerzo por purificar nuestro lenguaje sobre la resurrección y por poner de relieve su carácter mistérico. Fe sí, pero no una fe perezosa y fundamentalista, sino una fe seria, sobria, crítica, y bien formada. Hay libros adecuados para esto, que recomendamos más abajo.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 97 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «El fuego de la Gehenna». El guión del capítulo, y su comentario, puede ser tomado de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1500097
Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap97b.mp3

Para la revisión de vida
Ante la pregunta de los saduceos, que niegan la resurrección, Jesús proclama la vida más allá de la muerte. El es la vida y la Resurrección: “quien cree en mí, aunque haya muerto vivirá. La alianza del Dios vivo es con la vida y con los hombres vivos. El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, no es un Dios de muertos, sino de vivos. ¿Cómo se manifiesta en mí la vida que Jesús representa?

Para la reunión de grupo
– Andrés TORRES QUEIRUGA ha publicado hace muy poco su libro Repensar la Resurrección, Trotta, Madrid 2003, 372 pp.
– También, recordamos aquellos tres libros que recomendábamos hace muy pocas semanas:
– Roger LENAERS, Otro cristianismo es posible, colección «Tiempo axial», Abya Yala (www.abyayala.org), Quito, Ecuador, 2007, con un capítulo expreso sobre el más allá, la vida eterna. El libro está puesto en internet y es muy recomendable como manual de texto para un grupo de formación que quiera actualizar su fe con valentía. Puede tomarse libremente, por capítulos (http://2006.atrio.org/?page_id=1616).

– También, John Shelby SPONG, Ethernal Life. A new vision, HarperCollins, 2010, 288 pp, que ha sido traducido y está a punto de ser publicado en español por la editorial Abya Yala de Quito, en su colección «Tiempo axial» (tiempoaxial.org).
– Hace ya unos 30 años Leonardo BOFF publicó su libro sobre escatología: «Hablemos de la otra vida» (Sal Terrae, que sigue reeditándolo actualmente; y está en la red por cierto). Es una visión de los temas escatológicos desde una filosofía actualizada y desde una espiritualidad liberadora.

Para la oración de los fieles
– Por la Iglesia, para que sea portadora de vida y esperanza para todos los que viven los horrores de la violencia, la guerra y la muerte.
– Por los huérfanos y las viudas que han perdido a sus seres queridos en la guerra, para que la esperanza de la resurrección se traduzca en gestos verdaderos de vida.
– Por todos los que trabajan por la Justicia y Paz, para que su voz y sus gritos solidarios generen caminos nuevos de concordia y unidad.
– Por los enfermos terminales y por los que agonizan, para que al final de sus vidas puedan descubrir la presencia de Dios como un Dios de vivos y no de muertos.
– Por los que son perseguidos y amenazados de muerte por causa del evangelio, para que la presencia de Jesús Resucitado los anime y acompañe en medio de sus dificultades.

Oración comunitaria

• Padre, la esperanza en la resurrección es un don misterioso que no acabamos de comprender, y que en todas las tradiciones religiosas se expresa de mil maneras. Ilumínanos para que vivamos cada momento de nuestra vida con la certeza de que Tú nunca nos vas a abandonar y ni vas a dejar que nos perdamos. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.

• Oh Misterio de la Vida, que a los homo sapiens, flor última del proceso evolutivo multimilenario, nos has dotado de un profundo sentido de lo sagrado y de la transcendencia, y nos has hecho sentir desde siempre la necesidad de colocar nuestra vida en unos contextos más amplios, en un sentido más hondo y transcendente, lo que nos ha llevado a ser el único ser vivo que entierra a sus muertos, y sueña con una resurrección… Sigue dándonos crecer y profundizar en esa intuición, hasta empalmar y conectar con tu misma intuición profunda, la intención profunda de la Realidad misma, con cuyo magnífico e incontenible desarrollo de 13.700 millones de años no dejamos de comulgar…

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