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DOMINGO 1 DE JULIO. MOVIMIENTO DE JESÚS: TÚ, SÍGUEME. Xavier Pikaza

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Xavier Pikaza

El movimiento mesiánico de Jesús implica un “nuevo nacimiento» y de esa forma rompe los esquemas de un tipo de familia que corre el riesgo de encerrar a los hombres y mujeres en un círculo sagrado de fidelidades naturales, que sirven para “defender” a los buenos (los nuestros) y rechazar a los otros. En contra de eso, Jesús quiere iniciar un movimiento de familia, un camino abiertoa a los de fuera, a los rechazados de Israel, a los impuros y enfermos. Es aquí donde se sitúa la ruptura más intensa de Jesús, su novedad más fuerte.

Crisis de familia, crisis social

Había en Israel otras autoridades (sacerdotes, ancianos, escribas…), pero la más inmediata e influyente estaba vinculada al orden familiar. Pues bien, Jesús ha entrado en conflicto con ella, pues no ha sancionado la autoridad y estructura existente, sino que ha introducido en el orden familiar fuerte crisis de reino, como muestran los dos textos que siguen, vinculados por Lucas y presentados como unidad en la liturgia del domingo:

[a. No matar a los de fuera]. Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea (Lc 9, 51-56).

[b .Las condiciones del discipulado) Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas.» Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»A otro le dijo: «Sígueme.» Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre.» Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.» Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.» Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios. (Lc 9, 57-62).

Hoy no quiero comentar la primera sección, a pesar de su inmensa actualidad. Vemos en ella que Jesús no se enfrenta a los de fuera: no pide que Dios les castigue, no invoca sobre ellos el fuego escatológico, en contra de lo que piden y quieren hacer los Juan y Santiago, representantes de lo que pudiéramos llamar la “iglesia zebedea”, que quiere imponer su criterio a los de fuera. Jesús se lo impide: su evangelio no puede imponerse con ningún tipo de castigo o ley, sino con el testimonio de la vida y la llamada de los discípulos. Las tres pequeñas unidades del segundo pasaje (Lc 9, 57-62; cf. Mt 8, 18-22) exigen una ruptura radical: el discípulo ha de estar dispuesto a dejarlo todo, incluso padres, por Jesús y su proyecto. Así destacan el desarraigo radical (familiar y social) de su movimiento. Las dos primeras (recogidas en contextos distintos por Mt y Lc) provienen del Q y derivan de la historia de Jesús. La tercera parece creación de Lucas.

Las zorras tienen madriguera..:

Alguien (Mt: un escriba) le dijo mientras iban de camino: ¡Te seguiré dondequiera que vayas!

Jesús le dijo: Los zorros tienen madrigueras y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Lc 9, 57-58; Mt 8, 18-20).

El aspirante, a quien Mt define certeramente como escriba, busca autoridad. Parece que la tiene y quiere mantenerla, ofreciéndose a Jesús como experto, intérprete del Libro. Un escriba es hombre de honor en el judaísmo sinagogal: tiene un buen puesto y espera mantenerlo con Jesús, volviéndose autoridad mesiánica: los discípulos de un buen maestro destacan por su sabiduría y conocimiento, como supone la Misná (Abot) y ratifica la misma iglesia que honra a sacerdotes y doctores. Pero Jesús separa honor y seguimiento, evocando probablemente un refrán: “los zorros tienen madrigueras…”.

Los animales buscan y obtienen posesión-seguridad dentro del mundo, según principios cósmicos que reflejan la providencia de Dios, como el mismo Jesús sabe: “no os preocupéis…, mirad los pájaros del cielo” (Mt 6, 25-35 par). Sus discípulos, en cambio, deben superar ese nivel de seguridad y autoridad (poder) sobre los otros, abriendo un espacio distinto de comunicación, más allá de los esquemas de poder de las instituciones de este mundo. Jesús no necesita la autoridad de los escribas.

Deja que los muertos entierren a los muertos

(Jesús) dijo a otro: Sígueme.
Pero él dijo: Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre.
Él le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos. Y tú ¡vete y anuncia el reino de Dios! (Lc 9, 59-60; Mt 8, 21-22) .

No precisamos las variantes de Mt (que sitúa el pasaje en clave de llamada) y Lc (contexto de subida a Jerusalén). En ambos casos, el motivo es claro, como han destacado M. Hengel (Seguimiento y Carisma, Sal Terra, Santander 1979) y E. P. Sanders (Jesus y el Judaísmo, Trotta, Madrid 2006). Tanto la cultura oriental y grecorromana como el judaísmo tomaban al padre como autoridad suprema, de manera que enterrarle (cuidarle, mantenerle y reconocer su poder) constituía el primer deber social y religioso.

La tradición sinóptica sabe ayudar a los padres necesitados (cf. Mc 7, 8-13; Mt 15, 3-6). Pero aquí, asumiendo una tradición de Jesús, ha contrapuesto povocadoramente autoridad del reino y padre patriarcal. «Enterrar al padre» es más que un ritual funerario: es aceptar su autoridad, descubrirle como signo de Dios en un mundo jerárquicamente organizado. Jesús responde:

– Deja que los muertos entierren a sus muertos… El padre como fuente de poder social y religioso pertenece al mundo antiguo, al espacio de cosas que mueren (=de los muertos). Allí donde esa autoridad se impone no hay lugar para el reino: triunfa la genealogía, los intereses cerrados del grupo que se sostienen y apoyan entre sí…, creando un mundo de influjos y poderes que excluye a los más pobres, es decir, los marginados, leprosos, enfermos, hijos ni familia. Por eso, quedarse a enterrar al padre supone seguir cultivando ese mundo de exclusiones y «clases», de autoridad impositiva y jerarquías superiores, con una autoridad genealógica y familiar por encima de todos. Ese es un mundo que se reproduce para la muerte. Por eso, hay que dejar que los muertos entierren a sus muertos.

–Tú, vete y anuncia el reino de Dios. Ciertamente, el reino incluye cariño gratuito y cuidado de los necesitados. Pero, precisamente por ello, rompe la estructura patriarcal, basada en el orgullo grupal (buenos padres, buenas familias) y en la nobleza genealógica, que la tradición posterior del cristianismo (de los códigos familiares de Col, Ef y 1 Ped a las pastorales) ha vuelto a sacralizar de alguna forma. Precisamente para anunciar el reino hay que superar ese padre patriarcal, descubriendo y cultivando la presencia de un Dios no patriarcal, cuyo amor abre hacia todos los necesitados y excluidos, que no tienen un padre que pueda defenderles. Así pasamos de padre encerrado en un talión intra-grupal (de familia autosuficiente) al Padre de la gratuidad universal, superando los esquemas elitistas de la tierra.

El que ha puesto la mano en el arado

La tercera unidad resume y amplía los dos anteriores. Sabemos que el seguidor de Jesús no puede apelar a ninguna ventaja social (el Hijo del humano no tiene donde reclinar su cabeza: Lc 9, 58) ni familiar (no puede enterrar a su padre: Lc 9, 60); ha recorrido hasta el fin su camino y debe mantener su opción de un modo consecuente, en experiencia de nuevo nacimiento:

Otro le dijo también: Te seguiré, Señor, pero primero permite que me despida de los de mi casa. Pero Jesús le dijo: Ninguno que ha puesto su mano en el arado y sigue mirando atrás, es apto para el reino de Dios (Lc 9, 61-62).

Esta unidad, sin paralelo en Mateo, parece construida Lucas, invirtiendo la tradición de Eliseo (1 Rey 19, 20). El profeta antiguo podía y debía despedirse de sus familiares, pidiéndoles permiso para iniciar su tarea. También este postulante quiere mantener los lazos con la genealogía y familia de la tierra, despidiendo a su casa. Jesús le exige que los rompa y no vaya siquiera a despedir a su familia. Ha iniciado un camino (ha tomado el arado), debe mantenerlo.

Conclusión

Estras tres unidades nos han llevado al centro del evangelio, al lugar donde Jesús ha superado el mundo viejo. Atrás quedan los «muertos» que quieren imponerse por la fuerza, los representantes de la autoridad patriarcal, en línea del dinero (cf. Mc 10, 28-30). Por eso, sigue dice Jesús: “no podéis servir dos señores, a Dios y a la mamona” (Lc 16, 13; Mt 6, 24). La autoridad de la familia patriarcal pertenece a esa mamona que es contraria al reino. La autoridad de la familia mesiánica es la fraternidad universal, empezado por los más pobres.

En ese sentido, la llamada de Jesús resulta peligrosa en una sociedad dirigida y dominada de un poder patriarcal, propenso a defenderse con violencia. Por eso, desde el trasfondo de ruptura y llamada anterior, pueden y deben los textos de persecución. Ni los judíos nacionales ni los romanos imperiales se han opuesto a los cristianos por ideas en abstracto, sino porque su vida les ha parecido una amenaza contra su estructura, como indicaremos destacando la acción y reacción. El grupo de los seguidores de Jesús ha venido a presentarse como un movimiento social alternativo, abierto a una nueva forma de familia, sin jerarquía paterna ni nacional, un grupo de humanidad universal. Por eso, Jesús ha podido decirles:

Bienaventurados sois cuando los hombres os aborrecen,
cuando os separan y os vituperan,
y expulsan vuestro nombre como malo,
por causa del Hijo del Hombre.
– Gozaos ese día y saltad de alegría,
pues vuestro galardón es grande en el cielo;
pues así hacían sus padres a los profetas (Lc 6, 22-23).

El mensaje de Jesús no ha sido una “teoría”, una vivencia separable del conjunto de la vida, sino que implica y suscita una forma de vida “provocativamente distinta”, pues va en contra de un tipo de estructuras y formas de vida que parecen esenciales en este tiempo de cambios culturales, sociales y económicos de la sociedad galilea. Pues bien, Jesús ha querido enfrentarse a esos cambios, trazando un camino distinto y nuevo, de vida social y familiar, cultural y religiosa, desde los más pobres. Lógicamente, para ello, ha tenido que romper (superar) las formas de vida anterior. Como podía preverse, su propuesta ha encontrado opositores, no sólo entre los miembros de las clases altas (herodianos, sacerdotes, algunos escribas y, finalmente, los romanos), sino entre aquellos mismos a los que Jesús ha venido a ofrecer el Reino de Dios, iniciándolo con ellos.

El camino de Reino (que se inicia con los pobres, hambrientos y tristes) supone un cambio fuerte en las líneas de solidaridad del entorno social. Jesús quiere llegar hasta el fondo en el problema, para superarlo de raíz. Para eso, tiene que superar y romper viejas formas de solidaridad familiar y social, para crear solidaridades nuevas, gratuitas, desde los más pobres, abiertas a todos. De esa manera, al romper las formas de vida tradicional, él ha suscitado “reacciones” de diverso tipo, persecuciones y violencias.

La “guerra” de Jesús es una guerra familiar y social y nos sitúa ante la “inversión suprema del evangelio”, que aparece así, con toda claridad, como método y proceso de superación de la violencia. (a) Provocación. Jesús y sus discípulos provocan porque despliegan un tipo de vida “distinta”, que rompe con los esquemas de dominio y sumisión (y de rechazo violento) de las aldeas de Galilea. Son provocadores, pero no luchan con violencia militar, sino con una propuesta de vida diferente, pacificada, siguiendo el modelo de las bienaventuranzas anteriores. (b) Reacción. Algunos de aquellos que no aceptan la propuesta de Jesús responden con violencia verbal e incluso social y física. En principio, ésta no es una reacción de las grandes autoridades, sino de los mismos “grupos menores” que se sienten amenazados por la conducta de Jesús y de su grupo.

Esta reacción puede haber comenzado en tiempos de Jesús. Se ha generalizado en tiempo de las primeras comunidades de Galilea. (c) Respuesta. Jesús pide a los suyos que respondan con “alegría”, no por el mal que les hacen al rechazarles, sino por la posibilidad que ellos tienen de presentarse como testigos del Reino de Dios, en la línea de los antiguos profetas. El rechazo no se entiende aquí como expresión de fracaso, sino como signo de presencia de Dios, de gozo de su Reino, en la línea de Jesús, cuya causa de paz se identifica con la causa de Dios.

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