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Discurso del Papa Francisco sobre el sacerdocio (1) -- Rufo González

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Las cuatro cercanías, “columnas constitutivas” del sacerdote casado y célibe
El discurso inaugural del Papa en el Simposio sobre “Hacia una teología fundamental del Sacerdocio” (Roma 17-19 febrero 2022) tiene por núcleo las “cuatro cercanías”: a Dios, al obispo, a los sacerdotes y al pueblo. Estas relaciones son “lo decisivo para la vida de un sacerdote hoy”, “cimientos sólidos”, “actitudes que dan solidez” al sacerdote, “las cuatro columnas constitutivas de nuestra vida sacerdotal”. Las llama “cercanías” por imitar “el estilo de Dios”: “¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?” (Dt 4,7).

Son “herramientas concretas con que confrontar ministerio, misión y cotidianeidad”. Aduce un texto de Pablo a Timoteo: “te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza” (2Tim 1,6-7). “Estas cercanías pueden ayudar de manera práctica, concreta y esperanzadora a reavivar el don y la fecundidad que un día se nos prometió”. Este “don de Dios” ha sido dado a todos los cristianos ordenados “por la imposición de las manos” de sus obispos. Sacerdotes de la Iglesia de rito occidental y oriental, “donde hay también presbíteros casados muy beneméritos” (PO 16).

Este “don de Dios” no es el celibato, sino el ministerio de aunar en el amor divino y nutrir el corazón con la vida y memoria de Jesús. Don de los sacerdotes ministeriales de la Iglesia universal. El Papa, que preside toda la Iglesia, cuando habla de “las columnas constitutivas de nuestra vida sacerdotal”, se está refiriendo a todos los ordenados como obispos y presbíteros, sean solteros o casados. No en vano estas cartas “comunitarias” (Timoteo y Tito) contienen claras afirmaciones de la práctica de la Iglesia primitiva respecto al celibato.

Citas que el mismo Vaticano II recoge (PO 16): “Conviene que el obispo sea irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, sensato, ordenado, hospitalario, hábil para enseñar…; que gobierne bien su propia casa y se haga obedecer de sus hijos con todo respeto. Pues si uno no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” (1Tim 3,2-5). “Que el presbítero sea alguien sin tacha, marido de una sola mujer, que tenga hijos creyentes, a los que no quepa acusar de vida desenfrenada ni de ser unos insubordinados” (Tit 1,6).

Esta práctica de la Iglesia primitiva vive la libertad en esta materia que proclaman otros textos paulinos:

– “¿Acaso no tenemos derecho a comer y a beber? ¿Acaso no tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer hermana en la fe, como los demás apóstoles, incluyendo a los hermanos del Señor y Cefas?…” (1Cor 9,4-5).

– “Si no se contienen, cásense; es mejor casarse que abrasarse” (1Cor 7,9).

– “Si, a pesar de todo, alguien considera que se comporta inadecuadamente con su doncella virgen, por estar en la flor de su edad y conviene proceder así, actúe conforme a su voluntad; no peca, cásense” (1Cor 7, 36).

– “El Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos se alejarán de la fe por prestar oídos a espíritus embaucadores y a enseñanzas de demonios, inducidos por la hipocresía de unos mentirosos, que tienen cauterizada su propia conciencia, que prohíben casarse y mandan abstenerse de alimentos que Dios creó para que los creyentes y los que han llegado al conocimiento de la verdad participen de ellos con acción de gracias” (1Tim 4,1-3).

El Papa explica la crisis vocacional parcialmente: “la crisis vocacional, que en distintos lugares aflige a nuestras comunidades…, se ha debido frecuentemente a la ausencia de un fervor apostólico contagioso… La vida fraterna y fervorosa de la comunidad suscita el deseo de consagrarse completamente a Dios y a la evangelización, sobre todo si esta comunidad activa reza insistentemente por las vocaciones y tiene el valor de proponer a sus jóvenes un camino de especial consagración”. La explicación viene matizada: “se ha debido frecuentemente”. Lo que quiere decir que no siempre es así. Ahí se queda.

¿Por qué no se atreve a decir la causa fundamental que ha vaciado los presbiterios del mundo entero en los años 70-80 del siglo pasado? Basta leer las solicitudes de dispensa del celibato y escuchar a las asociaciones múltiples de sacerdotes casados. La mayoría no quería dejar el ministerio, sino el celibato. La ley les dice que no se puede ejercer el “don de Dios” ministerial sin el celibato, otro “don de Dios”. ¿Quién ha vinculado estos dones? No el Evangelio ni el Espíritu de Dios, sino los dirigentes máximos de una parte de la Iglesia. La libertad divina ha sido suplantada por el interés de la jerarquía eclesiástica. El Espíritu de Cristo no puede inspirar libertad en Oriente e imposición en Occidente.

Este respeto a la vocación divina, incluso a “toda vocación específica” viene exigido por “Aquel que nos amó primero” (1Jn 4,19). “El Señor no deja de amar y, por tanto, de llamar. Cada uno de nosotros es testigo: el Señor nos encontró allí donde estábamos y como estábamos, en ambientes contradictorios o con situaciones familiares complejas; pero eso no lo detuvo para querer escribir, por medio de cada uno de nosotros, la historia de salvación. Pensemos en Pedro y en Pablo, en Mateo, por nombrar algunos. Su elección no nace de una opción ideal sino de un compromiso concreto… Cada uno, mirando su propia humanidad, su propia historia, su propio carácter, no se debe preguntar si una opción vocacional es conveniente o no, sino si en conciencia esa vocación abre en él ese potencial de amor que hemos recibido en el día de nuestros Bautismo”.

Infinidad de sacerdotes casados, ante la pregunta “si en conciencia esa vocación abre en él ese potencial de amor que hemos recibido en el día de nuestros Bautismo”, responden afirmativamente. Lo escribía el presidente de ASCE (Asociación de Sacerdotes Casados de España), J. M. Lorenzo Amelibia. En RD, donde ofrece “puntos de oración” y algunas reflexiones sobre la vida sacerdotal, comenta el nuevo rescripto secularizador: “Después de 50 años ha cambiado el rescripto…

Al menos en 2019 han eliminado las vejaciones; no estamos marginados como seglares, pero seguimos tan marginados como sacerdotes.. Los secularizados, que abandonamos el ministerio por imposición de la jerarquía -la voluntad de la mayoría no era ésa, sino contraer matrimonio-, seguimos siendo sacerdotes, y la voluntad del Señor sobre nosotros en nada ha variado, una vez que nos eligió… Seguimos sintiéndonos sacerdotes y practicamos el sacerdocio dentro de la más estricta legalidad vigente, pero nos sentimos del todo marginados. Algo se ha conseguido: que retiren las vejaciones sufridas durante cincuenta años… Sólo reconocen nuestro sacerdocio con la obligación de absolver cuando hay peligro de muerte…

No hemos vuelto la vista atrás: hemos contraído un sacramento de la Iglesia, el matrimonio… ¿Es echar la vista atrás recibir un sacramento? No. Queríamos seguir en el sacerdocio como casados… “Jesús llamó a los que quiso” (Mc 3,13). Y nos quiso a nosotros, lo mismo que a los compañeros que ejercen el ministerio… El rechazo lo ha hecho la jerarquía… Mi edad y circunstancia me impiden reintegrarme en el ministerio… Con más juventud, lo hubiera hecho. ¡Pero cuántas vocaciones al sacerdocio se han perdido y se siguen perdiendo por la ley poco feliz del celibato!” (Blog RD: secularizados-mistica-y-obispos. 25.01.2020).

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