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Diez cosas quiero que el Papa no sea -- Xavier Pikaza, teólogo

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El BLog de Xavier Pikaza

Pasado mañana (12.3.13) empieza el Cónclave, tiempo propicio para la profecía cristiana que empieza siendo denuncia, para volverse anuncio salvador.
Hasta hace unos decenios (desde el post-Trento hasta principios del XX) las grandes potencias “católicas” (España, Austria, Francia…) ponían veto oficial a los cardenales que no respaldaban su política (y de hecho no podían ser elegidos papas). Hoy veo en los periódicos el “veto” a 21 cardenales (¡que será efectivo!) por no haber sido claros en temas de protección de pederastas ¡el poder ha pasado de los reyes a la prensa!.

Pues bien, yo también quiero poner unos “vetos”, es decir, unas reservas de principio sobre la función y tarea de los papas, con un Stop, en medio de la maraña de cables de fondo. No me refiero a nombres de cardenales, sino a actitudes, tipos de gobiernos, funciones del Papado. Estos diez vetos pueden funcionar como denuncias o exigencias de cambio; mañana, Dios mediante, podrá la «cara positiva», mis deseos y oraciones a favor de un Buen Papado.

No me basta el Papam Habemus (¡tenemos Papa), que se escuchará el martes o miércoles, sino que me gustaría empezar indicando diez «cosas» que quiero que el Papan no sea, para bien, a mi juicio, del mismo Papa y de la Iglesia.

Introducción

Hay un tiempo de denuncia o derribo (Qoh 3, 3), no por furia destructora o por venganza, sino por decisión de amor, para desmontar los muros que otros montaron, pues ya no guardan nada, ni sirven para contener el agua del evangelio, ni congregar a los hermanos en la casa. En esa línea propongo un ejercicio de de-construcción creadora, para que la Iglesia sea casa de oración y alegría, y no cueva de bandidos, para todas las naciones (Mc 11, 17).

Queremos que la Iglesia querida de Roma (urbi) sea referencia fuerte en el camino de peregrinación de fe para todas las iglesias del orbe (orbi). Ha terminado (debe terminar) una etapa de papado y de Curia Vaticana, pues, en su forma actual, gran parte de sus instituciones se encuentran en crisis, fuera de lugar. Quiero que cambie en tipo de Papa obispo de la urbe (Roma), para que pueda ser hermano y referencia de unidad entre todas las iglesias del mundo (orbe).

No podemos predecir sin más lo que será el futuro, pues dependerá de lo que pensemos y hagamos, de lo que soñemos y busquemos, si de verdad creemos en el Dios que se ha encarnado en la historia y que habla por lo que somos y hacemos (en en conjunto de la Iglesia, no por lo que decimos ser o representamos de un modo puramente externo). No somos futurólogos, pero podemos idear unos caminos, mientras seguimos esperando activamente el Reino de Dios o humanidad reconciliada.

En esa línea presento mis diez denuncias o vetos, aquello que no quiero que sea el nuevo Papado. Mañana diré algunas «cosas» que quiero que el Papa sea.

1. Veto al Estado.

No quiero un Papa con Estado Vaticano: fin del poder político.

El primer paso, el más simple, será pedirle al Papa que renuncie desde ahora a su carácter de Jefe del Estado Vaticano. Este es un cambio fácil y apenas ofrece problemas. Los Estados Eclesiásticos nacieron en el siglo VIII para mantener la independencia político-religiosa del Papa, dentro de un mundo de rivalidades y riesgos, pero de hecho empezaron siendo casi un protectorado de los reyes francos y del Sacro Imperio Germánico, frente a los bizantinos orientales. Lo que entonces se hizo debe hoy deshacerse, para bien de la paz, para que el Papa sea simplemente lo que es, obispo cristiano de Roma y no un jefe político, bajo el protectorado o dominio de unos u otros.

Los papas no han sido los únicos reyes o jefes de un Estado religioso, sino que hubo situaciones semejantes en otras religiones y lugares: los Sumos Sacerdotes de Jerusalén fueron por un tiempo dirigentes máximos (incluso reyes) de la comunidad judía; también fueron jefes de Estado muchos sacerdotes de otras grandes ciudades-santuario, en países muy distintos, de Egipto a México, del mundo helenista hasta el centro de África. Pero la mayor parte de los sacerdotes del mundo han perdido su poder civil; sólo el Papa lo conserva.

Ciertamente, la función del Papa como Jefe de Estado no constituye una herejía, ni siquiera un problema grave, pues actualmente parece un anacronismo folklórico. Pero es un anacronismo que hace daño a la iglesia, pues permite que su Papa aparezca como Jefe de un Estado (con una pequeña base territorial) con embajadores o nuncios, de tipo más político que cristiano, en gran parte del mundo, realizando de manera legal y centralizada unas funciones de dirección y organización que debían ser de las iglesias. Ciertamente, el Papa puede afirmar que su “juguete” vaticano se encuentra al servicio de los pobres y excluidos de la tierra, pero son pocos los así lo ven. A los ojos del mundo, él parece más bien un magnate político-social, no un hombre entre los hombres.

Pienso que el Papa debería nombrar inmediatamente un Jefe transitorio del Estado Vaticano, cuya función consistiría en preparar y consumar, con la mayor rapidez, la disolución del Estado, cuyo territorio pasaría, sin contra-prestaciones, al Estado de Italia, de manera que el Papa fuera como los demás obispos, un simple civil dentro de la nación, estado o sistema social en que habitara. La Iglesia de Roma y su Papa no necesita más garantías que los restantes ciudadanos (libres u oprimidos), entre los cuales se cuenta. Buscar unos privilegios que no poseyeron Jesús o Pablo, Magdalena o Pedro parece opuesto al espíritu cristiano. Evidentemente, debería hallarse un “arreglo” para los funcionarios del antiguo Estado (guardias suizos, nuncios etc.). Pero ello no implicaría muchas dificultades. No morirían de hambre, ni de falta de trabajo, como millones y millones de personas en el mundo.

2. Veto a la Curia.

No quiero un Papa con esta Curia Vaticana para el orbe, centralizada al modo actual: iglesias multi-focales.

No quiero en modo alguno tomar a “saco” el Vaticano (como hicieron los responsable internacionales, hispano y alemanes… del gran Saqueo de Roma, el año 1527), sino que cambie en gran paz, sabiendo renunciar a privilegios y poderes que ha tenido. No se trata de aligerar ciertas funciones, concediendo a las iglesias cierta autonomía, en forma de regalo, conforme a unos principios de subsidiaridad, sino de dejar que los cristianos sean lo que son (hombres de libertad) y que las iglesias se expandan y organicen por sí mismas, desde el gozo y la gracia el Evangelio, para unirse entre sí en redes de dialogo directo, en comunión dialogal, como al principio de su historia.

Eso significa que Vaticano ya no debe nombrar a los obispos, ni trazar directrices unitarias de liturgia, ni publicar de manera incesante documentos oficiales sobre doctrina o moral, ni controlar la organización de vida religiosa de todo el mundo… El favor más grande que la iglesia romana puede hacer al resto de las iglesias es confiar en ellas sin vigilarlas, dejar que se expresen de manera multiforme, procurando presentarse ella misma referencia y modelo.

El esquema actual de unificación romana de la iglesia ha empezado a ser ya contraproducente, pues se opone a la riqueza multiforme del evangelio y a la autonomía creadora de cada iglesia. La Palabra cristiana no viene desde arriba, como imposición más o menos bondadosa, sino que es el Recuerdo de Jesús Crucificado, la memoria de los crucificados y expulsados de la historia, expresada como testimonio y camino concreto de amor de las comunidades cristianas.

3. Veto al continuismo no evangélico.

No quiero un Papado que se aferre a lo que ha sido, sino que sepa retirarse

El Vaticano ha ejercido una larga función de suplencia, al menos desde la reforma carolingia y la gregoriana (siglo VIII y XI d. C.), pero ese tiempo de suplencia ha pasado. Debemos hacerle un inmenso homenaje de agradecimiento, una gran despedida. Por eso, a la renuncia de Benedicto XVI tiene que seguir la renuncia mucho más importante del Vaticano, para que el Papa sea lo que debe ser, para que los cristianos aprendan crear y mantener una “red” no impositiva ni centralizada de acogida (haciendo suya la voz de los pobres) y de diálogo amoroso, donde esa palabra sea compartida, en experiencia de gratuidad y en esperanza de salvación.

El problema no es empezar a tomar poderes, el problema está en retirarse. Los grupos “dictatoriales” en el buen sentido (los que dictan lo bueno, como el Papado) suelen asumir poderes en tiempos de crisis… Pero en general les cuesta dejarlos cuando ya no sirven ni funciona. El Papado empezó bien… realizó buenas funciones… el problema está en no saber retirarse a tiempo. Éste es lo que tiene que hacer un tipo de Papado: Jubilarse, renunciar… No me basa la renuncia de Benedicto XVI, quiero la renuncia por amor y madurez de un tipo de Papado.

Eso significa que no son suficientes unos simples retoques de la Curia Vaticana, sino que es necesario que ella desaparezca en cuanto Curia separada. Que queden sus documentos antiguos como archivo para historiadores; que permanezcan sus edificios históricos, gestionado por el Estado Italiano o por la UNESCO (como se viera mejor), como museo para curiosos y turistas. Que sus funcionarios vuelvan a la vida normal de simples cristianos, como todos los demás, si son capaces de vivir desde abajo, en comunión real, el evangelio de la vida. Los cargos honoríficos o administrativos, sin contenido evangélico (cardenales, obispos o monseñores de Curia), tienen que desaparecer, pues un obispo sin comunidad real no es obispo, ni un presbítero sin misión apostólica es presbítero cristiano, ya que las ordenaciones absolutas (como honor personal o elevación en el estamento sagrado carecen de sentido).

4. Veto al Cónclave actual.

No quiero un Papa con este tipo de Cónclave, bajo llave, en secreto, con cardenales elegidos “por el dedo sagrado” del Papa anterior.

Este de Cónclave es bellísimo (gran noticia) para periodistas de todo tipo… pero a muchos creyentes nos produce un poco de tristeza (casi de vergüenza ajena….). Nos hemos convertido en espectáculo bello, casi de opereta para cientos de miles de televidentes… Para la mayoría de las gentes con las que yo me muevo (cristianos “viejos”, agentes de pastoral cristiana)… este cónclave es un gesto casi teatral, un signo de poder, más que un momento de evangelio.

Me (nos) producen honda tristeza los secretos: ¡Que los obispos yanquis no ofrezcan ruedas de prensa, que no se puede hablar, que no se lleven móviles a las sesiones! Al 99 por ciento de la gente con la que me muevo eso les parece mafia, chantajismo y antievangelio. Debe cesar ese tipo de conclaves, con boato mundial, con secretos, silencios… noticas a media voz… Quiero un sin-clave (sin-llave), sin secretos, con luces y taquígrafos, a la luz del mundo entero. Ya no me produce rabia el cón-clave, sino inmensa tristeza, con el juicio final de Miguel Ángel incluido (¡no hay escenario más bello y fatídico en el mundo!). Jesús les hubiera llevado a merendar panes y paces a la orilla del lago. ¿Por qué no se van al lido de Ostia, aprovechando unos rayos de sol…?

Hará falta que el Papa (si conservamos ese nombre) sea nombrado por la misma comunidad cristiana de Roma, para su servicio, por los métodos que ella viere, como los restantes obispos o pastores deben ser nombrados por sus comunidades. De esa forma, las comunidades cristianas quedan libres para crear sus propias comuniones y concilios, asambleas y encuentros, de manera que vaya surgiendo así una iglesia donde todos comparten de manera creadora la Palabra, recreada día a día, en diálogo de todos (no desde una Curia), en amor mutuo que se expresa en la comida real de cada día (eucaristía) y no por ceremonias de tipo espectacular.

Al Papa, que es obispo de Roma, debe nombrarle la misma comunidad de Roma, de una forma tradicional, como se hacía en el primer milenio… evidentemente en comunión con todas las iglesias. Cada iglesia es su propio centro, tiene sentido por sí misma, de manera que puede y debe suscitar sus ministros al servicio del evangelio, hombres o mujeres de comunión, para acoger a los excluidos del sistema y para fomentar la vida compartida. Cada iglesia tiene la misma autoridad de Cristo (cf. Mateo 18, 15-20), es presencia de su comunión pascual; pero, al mismo tiempo, ella forma parte de una comunión de iglesias que se comunican, desde la Palabra de Jesús y su Pan compartido. Como signo de esa comunión puede entenderse el obispo de Roma, conservando la memoria concreta de Pedro, según el Nuevo Testamento.

5. Veto al Papa como potestad suprema.

No quiero Papa con potestad jurídica sobre todas las iglesias (el poder papal no es potestad jurídica).

El Derecho Canónico presenta al Papa como Primado que “en virtud de su función, tiene potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la iglesia, y que la puede ejercer libremente” (Derecho Canónico: CIC 331). Esta expresión (poder: potestad suprema…) ha de entenderse a la del evangelio (cf. Marcos 10, 35-45 y Mateo 18, 15-20; 23, 1-12), pues la autoridad cristiana viene de Jesús (es la de Jesús, que no se impuso por ley) y se ejerce en forma de servicio mutuo, siempre concreto, siempre inmediato, es decir, en el encuentro personal de los creyentes.

El Papa tiene la “potestad suprema”, como la tienen todos los cristianos… Pero esa potestad según el evangelio (siendo la de Jesús) es la capacidad de dar la vida y compartirla, por Dios y en Dios, con y para los demás. Por eso, el Papa de Roma no puede ejercer su potestad como dirigente supremo de un sistema organizativo, en la cúspide de la pirámide u organigrama eclesial, dirigiendo desde allí los movimientos eclesiales.

Ese modelo de pirámide o sistema de poder no es evangélico, sino que proviene, en el mejor de los casos, de la filosofía griega o del derecho romano. El Papa no puede situarse en la cumbre de ninguna institución objetiva de poder, pues no hay en la iglesia de Jesús, fundada en el Dios del amor multiforme, un arriba o un abajo, sino conexiones directas de amor, con ministerios o servicios de testimonio fraterno, de solidaridad y acompañamiento, de palabra proclamada y acogida, de pan y vino (otros tipos de comida), que se ejercen y comparten de un modo directo, entre todos los creyentes.

La iglesia no es una agencia religiosa, donde unos ejercen funciones por otros (y el Papa por todos), sino lugar y experiencia de encuentro inmediato entre unos hombres y mujeres que aprenden a compartir compartiendo y a amar amando. Todo en ella se realiza en forma de encuentro personal, nada se delega, pues lo que importa es lo que hace y vive cada uno, lo que habla y lo que come, lo que siente, consiente y comparte con los otros, en gesto de comunión con (desde) los pobres y en amor enamorado.

6. Veto a un Papa Bróker

No quiero un Papa a quien “deleguemos” todo el poder por encima del resto de las iglesias

El Papa no puede ser el “bróker” supremo del “negocio cristiano”, ni el “super-gerente” de la cristiandad, sino un hermano entre hermanos mayores, obispos, fieles cristianos. Todo lo que existe en la iglesia de Jesús es mediación personal, servicio de amor (cada uno ha de entregar la vida a los demás), y pero nada se puede objetivar o delegar en unos intermediarios, para que lo hagan ellos por los otros, dejando en sus manos la responsabilidad de una enseñanza o administración objetivada.

El Papa no puede hacer nada “por mí” desde arriba, sino conmigo… El Papa actual tiene unos poderes de mando que Jesús no tenía, pero corre el riesgo de no tener la autoridad de Jesús, eso que Ignacio de Antioquía llamaba la “presidencia en el amor” (una presidencia que al hacerse poder deja de ser amor). Una iglesia de poderes delegados, de concesionarios y brokers o agentes con poderes supremos, es contraria a la humanidad e inmediatez de amor del evangelio. La unidad cristiana no se concentra en la cumbre de una escala o de un ordo (orden) de poderes, ni en un foco episcopal o papal que ejerce una “potestad suprema, plena, universal a e inmediata” sobre todos los creyentes; para eso no hacía falta evangelio, bastaba la filosofía griega y el imperio romano, un poco espiritualizados, con un barniz judío. El “poder cristiano” no se puede delegar

La unidad y autoridad de la iglesia cristiana no es un tipo de poder unificado, ni una organización central, sino una comunión multi-forme que abre su espacio de palabra y pan compartido a todos, empezando por los excluidos (pobres y enfermos, impuros y locos…), de manera que estos puedan presentarse como portadores de la más alta unidad. Lo que importa no es la eficacia de una organización separada (objetivada), sino la vida de cada uno y el hecho de que todos puedan compartir en libertad la palabra y el pan, dándose la vida y comunicándola, unos con los otros. Partiendo de esa experiencia, los cristianos deben buscar modelos de comunión eclesial múltiple, donde todos y cada uno reciban y compartan la palabra, donde cada comunidad se sienta y sea en realidad autónoma, responsable de sí, en comunicación con el resto de las comunidades, donde cada creyente se descubra y sea en verdad libre, en el plano de la palabra, la comunicación social y la vida.

Sólo cuando se supere una visión del poder como potestad o capacidad de imposición de unos sobre otros (de los que tienen sobre los que no tienen, de los que enseñan sobre los que aprenden), podrá surgir la iglesia verdadera, que es comunión de comuniones, comunidad de comunidades, que viven y expanden de un modo concreto su experiencia de amor y creatividad de vida. Sólo en ese contexto podrá hablarse de un Papa, que no sea ya superior a nadie, ni depositario de poderes que sólo a él se le ha dado, sino hermano entre hermanos. Sólo cuando ya no sea más que nadie, ni superior a ninguno, podrá el Papa ofrecer un servicio de comunión cristiana sobre un mundo que tiende a quedar dominado por poderes o sistemas de tipo impositivo.

7. Veto al Papa patriarca “macho”.

No quiero un Papa que deba ser padre-varón (Santo Padre): fin del Patriarcado.

Actualmente puede ser papa (votado por los cardenales) cualquier cristiano varón, consciente y maduro en la fe… La única prohibición o veto para ser papa es el ser “mujer”. No sé si alguien se da cuenta de la “barbaridad” que eso significa. Hay que quitar esa condición y añadir que cualquier cristiano puede ser “papa”, un varón, una mujer… siempre que sea elegido por los hermanos, en la querida comunidad de Roma, siempre que asuma ese encargo por amor (como Jesús le digo a Pedro en otro tiempo: ¿Me amas…? Quiero pues un papa que sea hermano y amigo (pudiendo ser varón o mujer)… No quiero que sea “pastor varón” de ovejas en clave de, por más que ese símbolo (pastor, pescador, sembrador…) esté en el evangelio. Lo que el evangelio llama “pastor, sembrador, pescador…” ha de expresarse desde el misterio total de la Iglesia, en línea de servicio personal, de varones o mujeres, sin diferencia.

Sólo es pastor el que ama y conoce, el que dialoga y entrega la vida de un modo inmediato. En esa línea podemos añadir que el Papa es pastor de hombres amigos, hermano entre hermanos, y no dirigente superior de unas ovejas sometidas (ni Pastor Angélico de seres espirituales, como se ha dicho de Pío XII o Juan XXIII). De todas formas, más que el título de Pastor se utiliza para el Papa el de Padre o Patriarca (padre-jefe de familia). Desde tiempo antiguo, el obispo de Roma ha sido considerado Patriarca de la Iglesia occidental (al lado de los otros patriarcas orientales: de Antioquia y Alejandría, de Jerusalén y Constantinopla, de Kiev o Moscú).

La palabra patriarca es también venerable y puede conservarse quizá por un tiempo, pero solo de una forma paradójica, para luego superarla. La iglesia no necesita patriarcas, como los del Antiguo Testamento (Abrahán, Isaac, Jacob), porque cumplieron de una vez y para siempre su función. Por otra parte, los Doce de Jesús (representantes de los patriarcas de Israel, hijos de Jacob) no debían actuar como padres venerables, poderosos, sino como testigos de un Reino fraterno, abierto a los excluidos de la sociedad. El evangelio no quiere que en la iglesia haya padres, sino hermanos y amigos (cf. Mateo 23, 9; Juan 15, 15), varones o mujeres.

Eso significa que debemos superar el título y figura del Santo Padre, Patriarca venerable, pues santo y padre sólo es Dios (y aún eso con matizaciones, pues si llamamos a padre tenemos que llamarle también madre y hermano, amigo y amante etc.). En esa línea debemos añadir que el mismo título de Papa (=Padre), es ambiguo, pues el obispo de Roma, “principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles” (Vaticano II, Lumen Gentium, 23), puede ser una mujer, casada o soltera, una Mama o Papisa. Es evidente que para eso sucede debe cambiar el puesto de las mujeres en la iglesia, pero también, y mucho más, el de los papas.

8. Veto al Papa Sumo Sacerdote.

Quiero un Papa que sea Pontífice, pero no Sumo Sacerdote al estilo del judaísmo del 2º Templo (o de un platonismo sagrado).Ha de terminar un tipo de sacerdocio separado (para que emerja el sacerdocio universal de los cristianos)

El Pontífice era Sacerdote Supremo de Roma (encargado de la vigilancia sagrada de los puentes por donde pasaban y cruzaban las tribus latinas, etruscas, samnitas etc…). Era un hombre (o mujer) capaz de mantener operativos los puentes…. Esa palabra, aplicada al Papa, pone de relieve su función sagrada, presentándole como aquel que mantiene y guarda el puente que nos une a Dios, como hacían los Sumos Sacerdotes del templo de Jerusalén.

Pero el Pontífice no tiene por qué ser sacerdote al estilo de los de Jerusalén (esos sacerdotes mataron a Jesús, por mantener su “cueva de bandidos”). El Nuevo Testamento no habla de sacerdotes especiales, sino de hermanos y hermanas que, por ser creyentes, es decir, personas, participan del sacerdocio universal de Cristo, pudiendo asumir las tareas o ministerios básicos de la iglesia, en línea de servicio social (diaconado), de presidencia o dirección colegiada (presbiterado) o de supervisión de las comunidades (obispado). En ese sentido, todos y cada uno de los cristianos son pontífices, puentes sagrados, presencia de Dios, como sabe Mateo 25, 31-46, con todo el Nuevo Testamento.

Pues bien, siguiendo una tendencia que va de las Cartas Pastorales (escritas en nombre de Pablo) a Ireneo, pasando por Clemente Romano e Ignacio de Antioquía, la iglesia ha desarrollado dos ministerios, que no tienen en principio un carácter sacerdotal (obispos y presbíteros). Sus portadores han realizado una función positiva en las comunidades: han contribuido decisivamente a la extensión y afianzamiento de la iglesia en el imperio romano y luego en todo el mundo. Pero, al mismo tiempo, ellos se han separado del resto de los fieles, interpretándose como miembros de un ordo o estamento sacerdotal, que se entiende ahora desde el trasfondo sagrado del entorno judío, helenista y romano, más que desde el Nuevo Testamento, donde todos los cristianos son sacerdotes en Cristo o con Cristo, sin necesidad de un ordo diferente.

La función de los obispos, y de un modo especial la del Papa, ha quedado así investida de un aura sagrada, vinculada a veces con un tipo de culto a la personalidad, esto es, a la función, separada de la persona. De esa manera, el Papa ha venido a presentarse ante la conciencia de los fieles como un personaje sagrado (Beatísimo o Santo Padre, Santidad), portador de poderes divinos, simbolizados en la triple Tiara, desoyendo así las afirmaciones explícitas y la conciencia general del evangelio (cf. Marcos 9, 33-37; 10, 35-45; Mateo 23, 1-11) . Pues bien, ese modelo sacerdotal de Papa ha entrado en crisis, no sólo por la nueva conciencia de igualdad y fraternidad moderna, sino por fidelidad al evangelio, que no eleva a unos cristianos como sacerdotes sobre el resto de los fieles.

En ese sentido, recordamos que obispos y Papa no son en cuanto tales sacerdotes, que transmiten una santidad distinta, sino simples cristianos (varones o mujeres), aunque servidores especiales de una comunidad en la que todos son santos, hijos de Dios, sacerdotes. Obispos y Papa son ministros de una comunidad cristiana a la que sirven y de la que reciben (y con la que comparten) la Palabra de Dios y el Pan de la Eucaristía. En ese contexto podemos recordar sus tres tareas, propias de toda la iglesia: profética (proclamar la palabra), real (servir a los pobres) y sacerdotal (celebrar la vida; cf. Vaticano II, Christus Dominus, 12-16).

9. Veto al Papa que tome el Orbe como su Urbe

No quiero un para que sea romano para todas las iglesias, sino que siendo romano en su iglesia abra un diálogo con las iglesias no romanas

La iglesia es “una, santa, católica y apostólica”, pero que de hecho ha recibido en occidente un carácter “romano”, por la función que el obispo de Roma ha realizado, asumiendo, de un modo consecuente (y ya innecesaria), no sólo la herencia de Pedro, sino la de los emperadores romanos, que actuaban como representantes de Dios sobre el mundo. Ese signo romano ha continuado y en el fondo ha crecido tras la caída del viejo imperio: la ciudad imperial (=la comunidad cristiana de Roma) con su obispo ha seguido siendo un principio fuerte de organización y de unidad para los cristianos católicos.

Pues bien, toma es una ciudad concreta con su obispo (al que llamamos papa), en comunión con todas las iglesias (pasando de urbi al orbi), pero no en clave de imposición imperial, sino de comunión fraterna. En esa línea. El tema está en distinguir el “urbi” (el papa es obispo de una urgen importantísima, que es Roma)… y el Orbe (el papa no es obispo del orbe…). Otro día quizá trataré de este tema.

‒ El obispo de Roma tiene que renunciar al primado, entendido como jurisdicción jurídica sobre el conjunto de las iglesias. La función original de Pedro no ha sido la de elevarse sobre los demás, sino la de mantener la comunión, apareciendo así como signo de universalidad cristiana.
‒ El obispo de Roma no puede imponer su criterio a todas las iglesias, sino dejar que ellas sean lo que son, que ellas vayan descubriendo sus propios caminos, en comunión católica. Las iglesias sólo podrán ser “romanas” si Roma no ejerce autoridad directa sobre ellas.
‒ Lo que importa no es Roma como ciudad, ni siquiera su hermosa tradición latina, sino la función de Pedro, junto a Pablo y el Discípulo amado, junto a Magdalena y las mujeres. Es normal que algunas iglesias, por razones de sensibilidad e historia, sientan un tipo de “aversión” por Roma. Por eso, es importante que ellas se sientan en libertad, pues, en contra de un refrán muy conocido, “todos los caminos cristianos no llevan a Roma”, sino a Jesús, es decir, a la experiencia y gozo de una comunicación abierta a todos los hombres.

10. Veto al Papa como único Vicario de Cristo

No quiero un Papa que se llame “el” Vicario de Cristo, pues todos los cristianos son vicarios de Cristo , y lo son todos los pobres-hambrientos etc. (como sabe Mt 25, 31-46)

Entre los títulos del Papa (Príncipe de los Apóstoles, Pastor de la Iglesia Universal, Pontífice Romano: Derecho Canónico 331), el de Vicario de Cristo es más discutible y, en el fondo, el más verdadero. Es un título paradójico, pues presenta al Papa como representante de Jesús, es decir, de aquel Mesías que no tuvo más poder que su persona, ni más autoridad que su palabra de evangelio y su entrega a los demás. Por eso, un Papa que se sienta vicario de ese Cristo debe renunciar a todos los poderes de jurisdicción que ha podido ir tomando el papado a lo largo de los siglos, para atreverse a llevar sobre la tierra la imagen de Jesús, con su testimonio personal de creyente y amigo de los pobres.

Como san Pablo destacaba, todos los cristianos son “cuerpo mesiánico” y “templos del Espíritu Santo”, siendo así vicarios o, mejor dicho, presencia de Cristo en el mundo, inspirados por su Espíritu (como el Papa que dice hablar en nombre de ese Espíritu). En esa misma línea nos sitúa, con otro lenguaje, la parábola de la culminación o juicio final (Mateo 25, 31-46), en la que Jesús se identifica con los hambrientos y sedientos, los exilados y desnudos, los enfermos y encarcelados (es decir, con todos los pobres) sobre el mundo. Ellos, los pobres, son los más hondos vicarios del Cristo . Sólo en la medida en que asumen la suerte de esos pobres, no sólo viviendo para ellos, sino con ellos, podrán llamarse vicarios de Cristo los otros cristianos, entre ellos el Papa.

Si quiere llamarse vicario de Cristo, el Papa ha de actuar como representante de los excluidos de la sociedad y de todos los creyentes, a quienes el evangelio identifica también con Jesús (cf. Marcos 10, 33-37; Mateo 10, 40-42), viviendo desde ellos, hablando en nombre de ellos, en unión con los restantes ministros del evangelio (cf. 1 Corintios 9; 2 Corintios 5; Mateo 28, 16-20). Este es el tema, esta la pregunta: si todos los pobres y predicadores son vicarios de Jesús ¿hará falta un Vicario-Papa? ¿No se correrá el riesgo de que ese Papa se sitúe sobre los restantes pobres y, llamándose a sí mismo “Siervo de los siervos de Dios” en el fondo les domine?

Conclusión

Pienso que el papado, en su forma actual, se encuentra en una crisis profunda, que puede interpretarse desde distintas perspectivas.

(1) Algunos afirman que hay grades problemas, pero añaden que resulta preferible resistir, no hacer mudanza, reforzando el gobierno, fijando los timones y acentuando la función de la jerarquía, en torno al Papa, a quien ven como signo de Dios y de seguridad en un mundo cambiante, mientras lleguen tiempos mejores.

(2) Otros piensan que los tiempos resultan en el fondo buenos: las cosas funcionan bastante bien por el Vaticano; hay que trazar ciertos ajustes, pero sin cambiar las bases, pues son los otros (los que están fueran del papado) los que deben cambiar y convertirse.

(3) Muchos suponen que es el fin: el papado es ya solo residuo arqueológico, que puede servir como folklore, pero que no tiene nada que decir o aportar; lo mejor que podría hacer es apagar las luces de su casa, cerrar las viejas puertas y sumarse a la corriente real del mundo, que va por otra parte.

La historia nos ha situado en una encrucijada y debemos tomar una decisión urgente, pues dejar las cosas como están, manteniendo el sistema eclesiástico actual del Vaticano, significa condenarlo (y condenarnos) a una muerte sin resurrección, en un plano de evangelio. No se trata de que nosotros rompamos con violencia lo que existe, pues tampoco Jesús derribó físicamente el viejo templo, sino que se quemó y cayó por causa de los soldados celotas judíos y de los soldados legionarios romanos, que luchaban unos contra otros por el control del sistema. Pero Jesús y los auténticos cristianos habían abandonado ya aquel templo vacío e inútil (cf. Mateo 23, 37-39), antes que ardiera en las llamas de la guerra, pues habían descubierto y edificado otra casa de fraternidad (la iglesia), en el campo extenso de la vida, sin necesidad de instituciones legales y sacrales como aquella. También nosotros debemos abandonar ese sistema vaticano, sin agresividad, sin lucha externa, situando las tiendas de la iglesia de Jesús, que quiso acampar entre nosotros (cf. Juan 1, 14) en el ancho camino de la vida donde se encuentran los hombres y mujeres concretos de este tiempo.

Nosotros no buscamos incendio ni guerra. No deseamos que el templo Vaticano arda y se queme de un modo material, con todos sus archivos y museos dentro, con sus documentos de curia y nunciaturas, con su banco y su pequeña guardia militar, son cardenales y monseñores de adorno. Queremos más bien que se “convierta” o transforme, como anuncia el evangelio (cf. Marcos 1, 14-15) y como el tiempo actual lo pide. O, quizá mejor, preferimos dejar que se vaya muriendo por sí mismo, mientras que la iglesia verdadera emerge y crece en otro espacio, en el que se están ya situando los discípulos de Jesús.

En ese contexto se sitúan las reflexiones que estoy presentando Ellas quieren sacar a la iglesia del Vaticano actual, pero no para negar las funciones de Pedro y del papado, no para negar la experiencia básica de unidad de los cristianos, sino para fundarlas de otro modo, desde el campo abierto del evangelio y de la vida.

Ciertamente, el camino que ha llevado a la Curia Vaticana actual ha tenido un sentido, ha permitido que la iglesia sea como es. Más aún, es muy posible (y quizá conveniente) que algunas de sus estructuras continúen existiendo por un tiempo, para refundarse por dentro, desde la nueva situación del mundo y, sobre todo, según el evangelio. Sería bueno que esa refundación y cambio se hiciera sin invasiones o guerras exteriores, sin soldados romanos o camicaces modernos.

Los diez puntos anteriores reflejan eso que hemos llamado la tarea de derribo o de-construcción del Papado, tal como parece culminar en los últimos años del siglo XX. Este ha querido ser un derribo positivo, que ponga de relieve los valores de la estructura anterior, para que podamos recrearlos de un modo distinto, desde la raíz del evangelio, en las nuevas condiciones sociales y culturales de una humanidad que está dejando de ser occidental y que se encuentra amenazada por un sistema mundial (imperial) de dominio y exclusión, con amenaza directa de muerte para millones de personas . Algunos piensan que sería mejor abandonar el papado a su suerte; nosotros pensamos que merece la pena recrearlo.

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