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Desmanes clericales -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Primero aclaremos qué quiere decir «desmán». El diccionario de la RAE trae dos acepciones: 1. m. Exceso, desorden, tropelía: 2. m desgracia (suceso que produce dolor). Me quedo con el primer sentido. Al hablar de desmanes clericales me refiero, exactamente, a actitudes, acciones, intervenciones, de clérigos, es decir, ministros del orden sacramental de la Iglesia, obispos, presbíteros, diáconos, superiores generales, abades, etc, dirigidos contra personas concretas, o contra organismos o instituciones civiles oficiales. Y en este escrito me voy a centrar más en esta segunda acepción, porque aunque también comente algún desmán contra personas concretas, me referiré más directa, y principalmente, a la institución civil que se ve involucrada en ese desmán, o abuso o exceso de pretendido poder.

A las autoridades públicas se les puede incomodar de muchas formas, y destaco dos: 1º) algunas totalmente inocuas y aceptables, dejando de lado el posible incómodo, o daño que puedan producir, y 2º), otras totalmente inaceptables, que se salen de, e incumplen, las reglas de juego, y a las que la autoridad competente no puede menos de responder aplicando la ley. Me referiré, en este artículo, a estas segundas, pero también haré mención a las primeras, sobre todo para lamentar su falta y poco aprovechamiento que de ellas se puede hacer en beneficio de la comunidad. Iré por orden.

1º) Una de las funciones esenciales de la intelectualidad de una comunidad humana, como son los científicos escritores, periodistas, artistas, creadores y gestores de opinión, es la de crítica y la tentativa de desmantelamiento de las mentiras, tretas, incoherencias y contradicciones, y no digamos nada de los abusos e injusticias, que puedan perpetrar los poderes públicos. Todo este acervo de actuaciones, declaraciones, opiniones emitidas, escritos y proclamas, incomodan enormemente a las autoridades, pero son no solamente legítimas, sino necesarias, imprescindibles, e irrenunciables. Las sociedades que carecen de esta dinámica son, en realidad, comandadas y dirigidas por tiranos que abusan de sus ciudadanos, que se convierten, así, en súbditos.

La tradición judeo-cristiana, tanto en el Antiguo (AT), como en el Nuevo testamente (NT), ha contemplado la presencia de un fuerte movimiento profético, de denuncia y protesta ante los abusos de los poderosos, tanto religiosos, como políticos, económicos y sociales. Pues es en este campo donde se echa de menos, echo de menos, la intervención profética de nuestros obispos, y no de voces sueltas, o «versos libres», que se agradecen, sino de la Conferencia Episcopal Española (CEE), como un todo, y un colegio con fuerza y potencia en sus voz denunciante. Pero con la que está cayendo en España, -groseras mentiras de los gobernantes; leyes que degradan la dignidad y la calidad de vida, como la reforma laboral, primero del PSOE, y, después, y más grave, la del PP; la muy bien denominada popularmente como «ley mordaza»; los recortes inmisericordes contra los más indefensos y maltratados de las sociedad; , creciente desigualdad socio-económica, por la que incluso el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha recriminado recientemente a España; la insufrible falta de dinero para necesidades tan acuciantes como la dependencia, la enseñanza, la investigación, el acicate para la formación, promoción y empleo de los más jóvenes, para que las pensiones de los mayores sean no solo, ni principalmente dignas, ¡que también!, sino justas; mientras hay dinero para salvar a los bancos, para modernizar el armamento de las fuerzas armadas, para sosegar la codicia y mal planteamiento de los promotores e inversores en autopistas de adorno y fanfarria, y una interminable lista de tropelías o ineptitudes-, con todo esto, nuestros obispos, los pastores del rebaño, ¡y la mayoría de nuestro pueblo se proclama católica, pero ¡aunque no lo fuera!, con todo esto, digo, la CEE, se mantiene callada.

Ha habido, sí, una tentativa profética descabellada, inquietante, errática e hiriente, por parte del obispo de San Sebastián, señor (eludo lo de MONseñor,, porque, dese luego, mi señor no lo es) Munilla, dirigida, además no solo contra las autoridades, sino contra el pueblo, para más INRI, el femenino, (algo que jamás hizo Jesús, ni contra le pueblo , en general, ni contra las mujeres, en particular), al afirmar el obispo donostiarra que este feminismo que se echa a la calle está profundamente equivocado, y «es diabólico».

(Queda el 2º) punto, que sería el de los desmanes contra las autoridades, no respetando las reglas del juego. Y para no alargar excesivamente este artículo, lo terminaré mañana, Dios mediante).

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