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Desencuentros y desamores Iglesia-sociedad -- Mario Cervera

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Atrio

A veces tengo la impresión de que la Iglesia le dice a la sociedad: “Sociedad, cómo quieres que te quiera, si el que quiero que me quiera no me quiere como quiero que me quiera”.
Lo explico por partes

1. “Sociedad, cómo quieres que te quiera”

* – La Iglesia es consciente de que la sociedad “pide” que la Iglesia le quiera. Es evidente que la sociedad desearía ver una Iglesia más cariñosa y positiva con ella, menos “cascarrabias”, menos combativa. En ese sentido “quiere que la Iglesia le quiera”, que siga trabajando en ella y ayudando a construirla, dando testimonio. Pero le pide otro talante y actitud.
* – No es que la Iglesia no quiera a la sociedad. La quiere mucho, por eso trabaja tanto por ella. La quiere como a una hija, pero ¡ese es el problema!: que se siente madre que tiene que “educar” a la sociedad, desde una posición de “superioridad”, de adoctrinamiento, de “gestión familiar” vertical, de sentirse imprescindible.

2. “Si el que quiero que me quiera”

* – Esta frase expresa que la Iglesia necesita, como todo grupo humano, sentirse querida.
* – Necesita que la misma sociedad le exprese que la quiere y se lo demuestre, a través de sus ciudadanos y de las instituciones.
* – Desearía sentirse más querida por los propios cristianos. Le encantaría que éstos fueran más sumisos y obedientes, menos críticos y exigentes. Desearía que los cristianos se sintieran Iglesia como ella lo entiende.
* – También necesita sentirse querida por Dios, el cual no le falla. Y necesita sentirse “avalada” por Jesús. Necesita sus mimos, su presencia, su “aceptación”, pero…

3. “No me quiere(n) como quiero que me quiera”

* – La sociedad no le quiere como la Iglesia quisiera. La valora mucho más de lo que ella piensa, pero es crítica con el talante de muchos miembros de su jerarquía. No acepta un “estilo adoctrinador” que a veces tiene, su falta de democracia interna, su machismo, su falta de prudencia, su “saber de todo” (y hablar de todo) de un modo tan rotundo. La Iglesia siente que está perdiendo cariño por parte de la sociedad. Ve que ya no goza de tanta influencia en ella. Por ello grita más, pero cuanto más grita… es porque se siente más débil: puede ser la pataleta del “no me quieren como quiero que me quieran”.
* – También la Iglesia parece sentir que los propios cristianos no la quieren como ella esperaría. “Los de dentro”, los bautizados, están sospechando de su gestión y de su estructura, de su falta de renovación. Los jóvenes la ven aburrida, trasnochada, una institución que “huele a antigüedad”. Muchos adultos ponen en duda su estilo, su manera de hacerse presente en la sociedad, sus insistencias, su manera de celebrar, su falta de testimonio, su alejamiento del Evangelio, su “marcaje” ante nuevos paradigmas, la falta de participación de los laicos, su clericalismo, su machismo, su falta de flexibilidad, su “autodivinización”. Aparecen críticas frontales y laterales a la jerarquía por parte de mujeres, de cristianos anticlericales, de cristianos de frontera. Muchos teólogos ven que la Iglesia impide su propia renovación al justificar su errónea autocomprensión en la misma revelación. La Iglesia ve que está perdiendo “capacidad de convocatoria” hacia los propios cristianos. Ya no ilusiona, ya no es mediación privilegiada de la presencia de Dios. Sabe que muchos mantienen su fe, pero no a través de ella, que Cristo “tiene gancho”, pero la Iglesia no. Ve que muchos se van, que hay mucho desencanto, que no le hacen caso. Se acompleja, aunque no lo reconozca, y se pone a la defensiva, con insistencias que son “más de lo mismo”, al sentir que “los cristianos no la quieren como ella quisiera”.

* o La Iglesia también se da cuenta de que Dios calla. Sigue callado cuando ella necesita signos, o ve signos de Dios a lo que son sus manías eclesiales. Se siente querida por él, pero se da cuenta de que no le quiere como ella quisiera. Ella desearía que fuera evidente que su gestión es la correcta, que Dios la avalara en su estructura y en su estilo, que el Evangelio dijera lo que no dice para justificarse a sí misma, que la unidad fuera una realidad no sólo en Dios (como es ya, de hecho), sino en ella misma. Pero Dios sigue callado, y los hombres siguen “desvelando” y comprendiendo tantas cosas atribuídas a Dios que son de origen humano y exigen purificación. Entonces ella se defiende, habla “en su nombre”, “zanja temas dogmáticamente”, se “diviniza a sí misma”. Compensa su falta de credibilidad con dogmas (la infalibilidad es un ejemplo), que proyectan sus deseos de ser amada de una manera. Sus errores en lo verificable los compensa con absolutismos en lo no verificable (temas de fe). No sabe gestionar la pluralidad y responde con la tendencia a uniformizar, en nombre de la unidad, de la comunión, del mismo amor de Dios. Compensa un “quiero que Dios me quiera así” con un “esto viene de Dios porque Dios así lo quiere, así me quiere y no me falla”. Cuando la historia no le da la razón, cierra los ojos y petrifica su corazón, que acaba “acomplejado” al sentir que “no le quieren como ella quisiera”. Se da cuenta más tarde y pide perdón, pero llega tarde.

Conclusiones:

* – La Iglesia no tiene que esperar “que le quieran como ella quiere”. No tiene que manipular ni caer en “chantajes afectivos”, ni en “dominios efectivos”. Tiene que respetar la manera de quererla que tiene la sociedad, los cristianos, Dios mismo:
* o La sociedad la querrá por lo que ella es y en la medida que la Iglesia sea significativa y ayude a construir “otro mundo posible”.
* o Los cristianos la querrán por ser ella: regalo, madre, maestra…, pero le exigirá que vuelva al Evangelio, que se renueve, contando con los laicos, con las mujeres.
* o Dios la quiere por lo que es y como es (con sus grandezas y sus miserias), pero sin avalar interpretaciones humanas (fruto de la historia y de las comprensiones de cada época), sin justificar “infalibilidades” (los apóstoles no lo fueron, por ejemplo, cuando hablaban sobre “la vuelta inminente de Cristo para ser ‘raptados vivos’ al cielo”. Si ellos tenían esa “visión mágica” errónea ¿cuántas comprensiones “mito-mágicas” más se habrán “colado” como “verdadera doctrina” en la Iglesia apostólica, luego en la imperial, o en la medieval, o más tarde en la anti-modernista? ¿Cuántos nuevos silencios del Espíritu ante sus supuestas seguridades infalibles?). Creo que Dios la seguirá amando en silencio, como lo ha hecho siempre. Habla a su modo y calla a su modo. Le amará con locura, pero no como a ella le gustaría.

* tenemos que querer a la Iglesia, tiernamente, profundamente. “Sólo el amor convierte en milagro en barro” (canta Silvio Rodríguez). También en la Iglesia sólo se producirá “el milagro” de la vuelta al Evangelio desde el amor y el apoyo de los cristianos, aunque sea crítico. Un amor por lo que la Iglesia es: comunidad, un amor que hace que el cristiano conjuge los verbos en plurar, y ame desde la pluralidad y ame la pluralidad. Aunque ésta falle, aunque se equivoque, aunque no sea infalible, la tenemos que querer y le tenemos que mostrar nuestro cariño (¡cuántas veces mostramos veneno y amargura en lugar de cariño!). Un amor que posibilitará su autoestima, y desde ella podrá cambiar, porque uno escucha y mejora cuando se siente amado. Un amor que hará que ella misma se sienta más esponjada, menos a la defensiva y con más capacidad de autocrítica y de renovación. Un amor que contagie a su vez amor en la sociedad por la Iglesia, y de la Iglesia por la sociedad.

“Sólo el amor convierte en milagro el barro eclesial (más bien parecen ruinas de barro)”. Pero el amor no tiene que ser como nosotros queremos, sino que nosotros debemos querer al Amor, como Él es, un amor que siempre nos sorprende. Y quizás necesitemos ser, para la Iglesia, “ese amor que la sorprenda” y le ayude a cambiar.

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