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Desde el dolor…nos abrimos a la esperanza del amor

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Todavía esta mañana resuenan en mi cabeza y sobre todo en mi corazón las lágrimas, las esperanzas, los proyectos y especialmente el amor de todo lo vivido ayer una vez más en el encuentro que tuvimos con las madres y las familias de los muchachos que están en prisión. Fue un encuentro muy especial, primero porque éramos muchos, y vamos viendo que poco a poco nuestro grupo se va haciendo mayor y eso nos alegra, y además porque ayer contábamos con la presencia de María, una psicóloga del CIS Victoria Kent de Madrid, que enseguida nos dijo que sí cuando la invitamos a venir.

Fue un encuentro de respirar vida y esperanza en medio de tanto dolor, casi fue una especie de “Tabor”, porque quizás fue adelantar la presencia de la Pascua que viviremos dentro de unos días, fue como si el Dios de la vida nos dijera que tenemos que seguir hacia adelante, que la vida triunfa por encima de la muerte, y una vez más escuchamos en tantos testimonios que Jesús de Nazaret, el resucitado, nos invitaba a ir a Galilea, nos decía que en la Galilea de la prisión, del sufrimiento, de la esperanza, de las vidas rotas… nos esperaba; “ El va delante de vosotros a Galilea, allí lo veréis…” (Mc 16, 7). Fue una tarde sin duda muy especial de Presencia, y de descubrir que la vida merece la pena vivirla, que las palabras de Jesús a Nicodemo que ayer escuchábamos en el Evangelio también son ciertas, que el mundo no es malo, que el mundo tiene la semilla de un Dios que es amor, que ver el sufrimiento de los demás nos humaniza y nos hace ser más personas

Como siempre tengo que decir que comenzaba la tarde con mis miedos habituales y quizás mi falta de fe; había convocado ayer a muchas personas, algunas de ellas eran nuevas y además había hecho una especie de mezcla en la reunión que no sabía cómo iba a resultar. María que había estado con un esguince no había podido asistir el mes anterior y cuando la llamé para este mes me dijo enseguida que sí, como es habitual en ella, y a la vez un director de cine que conocimos en el encuentro nacional de capellanes de prisiones me dijo que si podía venir para grabar algo para su película.

Nos
íbamos a juntar muchas personas y con perspectivas aparentemente diferentes. Llegaron las cinco y pico y apenas había gente, y bueno siempre pensando en si la gente vendría o no vendría, en cómo se iba a sentir María después de su esfuerzo… bueno era una mezcla de sentimientos y actitudes y quizás una vez más el descubrir que YO hago las cosas, sin pensar que ALGUIEN las va haciendo y que yo sólo soy un mero instrumento en sus manos. Que las cosas no dependen de mí, y que salgan bien o salgan mal yo soy solo sus manos, sus pies… y el que va dando forma a un proyecto diferente que desde luego no hago yo, sino que es ALGUIEN diferente el que lo lleva a cabo. La sorpresa fue cuando poco a poco fue llegando la gente, tuvimos que poner más meses, no se cabía, Carmen, una de nuestras voluntarias, como siempre dispuesta y sin parar de hacer café para todos, los bollos que las madres habían hecho circulaban por las mesas… bueno algo muy especial se estaba comenzando a vivir en aquella sala que tantos dolores y esperanzas había ya vivido. Y así, con toda esta mezcla de vidas y de experiencias comenzamos nuestra reunión

Comenzamos con una rueda de presentaciones, donde cada uno íbamos diciendo nuestro nombre y a quien teníamos en prisión; ayer además contábamos incluso con la presencia de un muchacho que ya está en tercer grado y que vino con su mujer y con su hija, un bebé de apenas cuatro meses, pero que también ponía su nota especial de vida en nuestro encuentro. María nos dijo que estaba muy ilusionada de participar en este encuentro, que le mes pasado no pudo venir porque estaba con un esguince en el pie y que la dio pena; pero que este tiempo en silencio y en reposo la había servido para pensar muchas cosas y para descubrir lo que sufren, incluso físicamente, muchos de los chicos en prisión, porque a ella hora la molestaba mas la luz, le lloraban los ojos… y he visto que lo que he vivido yo en unas semanas lo viven los muchachos a veces en años de prisión, y quizás les he entendido más, nos comentaba. Eramos 26 personas las que estábamos alrededor de una gran mesa cuadrada y con el café y los dulces que cada uno trae para compartir alrededor. Lo que había como siempre es una gran acogida hacia todos los que estábamos allí. Cuando se presentó el director de cine y dijo de grabar algunas madres dijeron que no lo veían, con lo que comenzamos la reunión como cada día, simplemente con la dinámica de ir preguntando a nuestra María aquello que nos preocupaba de la vida de nuestros hijos.

Las intervenciones eran muy ricas y muchas de ellas teñidas de un gran sufrimiento y preocupación, pero en todas había la confianza de las madres hacia sus hijos, el creer que las cosas pueden cambiar, que pueden ser distintas, que siempre hay un rayo de esperanza que puede hacer que todo pueda ser de otra manera. María nos insistía en que es necesario “sacar provecho a la cárcel”, ya que están ahí merece la pena aprovechar lo que se pueda. Ante la pregunta de si tenemos o no que poner límites, María sin dudar nos dijo que sí, que era importante hacerlo, pero que era también muy necesario creer en los chicos sin justificarlos, que era necesario creer en ellos y decírselo, decirles que por encima de lo que hubieran hecho se les apoyaba, decirles con todas nuestras fuerzas que les queremos que para nosotros son importantes; una y otra vez ella nos repitió que no se les podía re-juzgar, sino que teníamos que pensar que fuera como fuera contaban con nuestro apoyo. A mí al escuchar a María me venían muchos encuentros con los muchachos, muchas conversaciones, donde al final siempre me dan las gracias por escucharles, por estar ahí y en el fondo por lo que ella repetía hasta la saciedad, “por creer en ellos”.

Y me brotaban también las palabras de Jesús en tantos encuentros con los pecadores de su tiempo: ni una sola palabra de reproche, ni un solo juicio, me acordaba del encuentro con Zaqueo o con la mujer adúltera, solo unas palabras de amor y de misericordia que hacen que la persona sea capaz de encontrarse consigo misma, y por su puesto con ese Dios Padre-Madre que desde siempre le ha querido y ha soñado con él. María nos confesó que a veces la dicen que ella es como una madre en la relación con los chicos, pero ella siempre contestaba que no, que se trata de hacer el trabajo de otra manera, que se trata de acercarse a la persona desde la misma persona y no desde el delito que ha podido cometer; y recordaba las veces que a mí también algunos me dicen que yo lo veo todo bien, y que soy peor que un padre

Coincidíamos en reconocer que todos somos iguales, que nadie hay mejor que nadie, y que en el fondo la vida de la prisión es reflejo de lo que cada uno vamos viviendo en nuestra vida y en nuestra sociedad; en un momento dado yo también dije que la cárcel producía mucha desidia, que allí se caía en una total pérdida de voluntad, pero también dije que era normal, que eso también nos pasaba a nosotros en la vida ordinaria, y sobre todo que era muy difícil a veces sacar fuerzas para salir hacia adelante cuando no tienes ningún proyecto dentro, cuando se te ha quitado todo, cuando tienes una condena larga y ves que tu vida está al borde del precipicio; y conté que en muchas ocasiones yo tengo que decirles que se laven, que si no se duchan y huelen mal no los voy a volver a abrazar, y a veces se lo digo con dolor, con lágrimas en los ojos, pero intentando que puedan cambiar, que puedan encontrar un sentido a aquello que es un sin sentido, que es la pérdida de la libertad. Quizás los que estamos fuera no sepamos muy bien lo que es eso; muchas veces son los propios muchachos los que me han dicho “la cárcel me ha quitado todo”, y en ese momento es necesario reconstruir a la persona y devolverla su dignidad como persona y por supuesto, como hijo de Dios, reconocer, que también les digo muchas veces, que “están presos pero que no son presos” y que son muchas las personas que desde la calle les apoyan, les quieren y apuestan por ellos, y por supuesto el mismo Dios que cada día sigue confiando en ellos y contando con ellos

Y hablamos de nuestra experiencia en el Camino de Santiago, donde todos nos sentimos iguales porque lo somos, donde no hay personas libres y en prisión, sino que todos somos PERSONAS, y como tal nos cansamos, lloramos, reímos, compartimos, tenemos ampollas… es la experiencia de sentirnos iguales la que nos lleva en el camino a compartir toda nuestra vida, a contar lo que vivimos, lo que somos, lo que nos hace sufrir y nos produce esperanza… es el camino de la vida en el que todos vamos caminando y haciendo posible que otros caminen; cuando vamos caminando y hablando todos ponemos nuestra vida en comunión con la otra persona…creer una y otra vez que en ese camino se da el milagro fundamental para cada ser humano: el milagro de la vida y lo que supone vivir. Y sentir que no estamos solos, que estamos juntos, y que además el Dios de la Vida camina a nuestro lado.

Después de más de una hora de reunión preguntamos de nuevo lo de la película y aprovechando un breve receso en la reunión, nos colocamos para que intervinieran los que quisieran intervenir y poder ser grabados. Se le preguntaba a María si pensaba que se podían hacer cosas desde dentro, si pensaba que se podían colaborar con los presos también desde dentro; y ella comentó que sí, que ella no se sentía que por ser parte de la institución no pudiera hacer nada, que el trato se podía variar, que el trabajo desde dentro se podía hacer de manera distinta; incluso que el mismo abrazo de cariño no estaba reñido por supuesto con la exigencia y con la firmeza, que querer a alguien no significaba no ser exigente, aunque eso sí desde el amor. En un momento dado hablamos también de lo especial que era el mundo de la prisión y de la cantidad de detalles bonitos y solidarios que todos compartíamos a diario con ellos en la cárcel; hubo un matrimonio machado por un hijo con 25 años, que lleva drogándose desde muy joven el que dijo que no todo era tan bueno, que parecía que allí dentro todo era una especia de “nido bonito”; y fui yo el que dije que los detalles más bonitos y más solidarios de mi vida los había descubierto en el interior de la cárcel, que había cosas que no hacíamos “los buenos” y si que las hacían “los malos” y me lo creo así profundamente, porque hay detalles de cariño que rompen las barreras de lo que vivimos a diario.

Coincidíamos todos en decir que podíamos aportar muchas cosas para que todo funcionara mejor, y que cada cual desde su granito de arena podía hacer muchas cosas; que igual que el Reino de Dios se construye con la pequeña semilla que se planta y da fruto también nosotros podemos contribuir con nuestra pequeña semilla. Hablamos también de nuestra experiencia en la parroquia, de la acogida que se brindaba a nuestros muchachos, de lo que suponía de riqueza para nuestra parroquia el que nos visitaran los muchachos, que participaran en las eucaristías y en la vida de la comunidad; hablamos de que un día llegó, Jorge, uno de los chavales que entra y sale de prisión a la misa del domingo y comenzó a chillar porque estaba drogado, y como nadie de la parroquia ni lo echó ni le recriminó nada, y cuando llegó el momento de la paz todos fueron a él para acogerlo, para abrazarlo y para en definitiva hacerle ver que drogado o no era de los nuestros, que Jorge es de nuestra comunidad, que la droga lo tiene cogido, pero que su enfermedad no puede impedirle participar en nuestras eucaristías… como tampoco los leprosos eran alejados de Jesús, sino que los acogía… y mientras decíamos esto, Carmen, la madre de Jorge presente en nuestro encuentro , entre sollozos nos comentaba que ella temía que su hijo saliera a la calle, porque cuando estaba en la calle no podía vivir en su casa y vivía en un cajero, y llorando decía “porque me encuentro entre mi marido alcohólico que no quiere a mi hijo, y mi hijo drogadicto que no puede estar con su padre”, y al contemplar sus lágrimas de nuevo se hacía presente, en toda su debilidad pero a la vez en toda su grandeza, la fuerza de un Dios crucificado que de nuevo nos decía que contaba con nosotros… en las lágrimas de Carmen de nuevo nos brotó la redención como en muchos otros encuentros, de nuevo las lágrimas de Carmen fueron salvadoras porque brotaban desde lo más profundo de su corazón y de su amor de madre…

María también nos habló de Jesús de Nazaret, del misterio de su vida, de lo que Jesús vivió, de cómo fue rechazado El también por ser extranjero, por ir contracorriente, por no participar de lo que querían que participara, de cómo por defender a los pobres y a los débiles lo mataron… y como también está resucitado y vive junto a nosotros. Y de que para ella era muy importante lo que hacía porque así se sentía feliz, “esta tarde podía haber estado en mi casa, o con mis hijos, pero estoy aquí porque me hace feliz compartir juntos esta tarde”, y al decirlo todos de nuevo nos sentíamos unidos en la misma tarea, donde no había ni psicólogos, ni curas, ni voluntarios, ni madres de presos… sino que lo que había era una comunidad unida en un mismo dolor y en una misma esperanza. Uno de los padres comentó que él era ateo pero que se encontraba perfectamente acogido y querido en nuestros encuentros, y me llenó de alegría escucharle porque me parece que es lo que siempre hemos deseado y me brotaban las palabras que rezamos en la plegaria eucarística “que tu Iglesia Señor sea un lugar de acogida donde todos encuentren motivos para seguir esperando”, y di gracias a Dios por nuestra parroquia, por nuestra comunidad…

Y hablamos también de la necesidad afectiva de los chavales dentro de la cárcel, de cómo necesitan
especialmente que se les tenga en cuenta; comentamos la importancia de acercarse a ellos, de abrazarles, de que nos sintieran cerca… de cómo un abrazo puede hacer que se puedan sentir reconfortados… muchos nos han dicho que el momento de la paz en la eucaristía cuando todos nos abrazamos es un momento muy especial… incluso cuando el sábado pasado estábamos entrando en la cárcel nos encontramos con la hermana de un chico que está dentro y emocionada nos dijo “gracias porque me dijo mi hermano el otro día que el abrazo que le distéis hace unos días le sirvió para seguir hacia adelante”.

Continuo esta noche el escrito donde lo dejé esta mañana. Y es curioso que cuando he ido hoy a la cárcel he estado con Rubén, un chaval de poco más de treinta años, que perdió a sus padres de joven, y que ha tenido una vida complicada. Le he encontrado en el pasillo que llaman M-30 y hemos hablado un rato de cómo estaba y de que hacia, ahora esta trabajando dentro de la cárcel de pintor. Cuando nos hemos despedido me ha dado un abrazo grande y fuerte y cuando nos hemos separado sus palabras han sido “gracias por este abrazo, porque aquí en la cárcel esto es muy importante, sobre todo un abrazo así, sentido, dado con cariño, porque se nota cuando se hace con cariño”… como siempre, después de escucharle, le he vuelto a dar otro abrazo y se me han caído las lágrimas… he recordado las palabras del encuentro de ayer con las madres y sobre todo he intentado algo que también decía yo ayer: que Rubén sintiera en mi abrazo el abrazo de Dios, que sintiera que en esa abrazo Dios le estaba amando, perdonando y aceptando… y después de ese segundo abrazo, con una sonrisa en los labios, solo me ha vuelto a decir “gracias por todo”.

Ayer terminamos el encuentro como casi nunca de tarde, pasadas las nueve de la noche nos despedíamos hasta el próximo mes; había sido un encuentro diferente, distinto, un encuentro donde habíamos podido de nuevo compartir mucha vida; agradecimos a María su presencia de modo especial, el haber compartido con nosotros toda la tarde, y la invitamos a estar de nuevo en otra ocasión. María nos había demostrado también a todos que se puede vivir desde dentro la experiencia de la prisión de manera diferente, que la humanidad tiene que ser algo importante en nuestro contacto con los chicos y que desde nuestro ser cristianos podíamos también humanizar el mundo de las prisiones. ¡Gracias por tu testimonio, gracias por tu entrega, gracias por tu seguimiento de Jesús, gracias por tu gratuidad! Había sido un derroche de amor para todos.

El texto del evangelio de hoy en la misa era el que Jesús cura al hijo del funcionario real, y leyendo un comentario del evangelio terminaba diciendo que “creer en Jesús es creer en el milagro del amor”, quizás se pueda decir de diferente manera pero esa es la clave de nuestro seguimiento, la clave del amor hacia los otros. Y lo dije también nuestro papa en su exhortación “El Hijo de Dios, en su Encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (EG 88), esa revolución de la ternura que hace que cada día podamos ser distintos, esa ternura que experimentamos desde la presencia de un Dios que cuenta con nosotros para poner nuestra esperanza, que es la suya, en el mundo de la prisión. De nuevo en palabras de San Romero de América: “Sentimos en el Cristo de los brazos abiertos y crucificados al pueblo crucificado; pero un pueblo crucificado y humillado que desde Cristo encuentra su esperanza”.

Esta cruz y esa esperanza que ayer estaban presentes en los rostros y en las lágrimas de Carmen, de Juani, de Flor, de Victoria, de Angelines, de Tere, de Ana y Narciso, de Pascuala, de Isabel, de Paqui, de Inma, de Anastasia…esa cruz y esa esperanza que están presentes en las vidas rotas de sus hijos, y esa cruz y esperanza que sentimos en cada abrazo, en cada lágrima y en cada sonrisa que compartimos cada día con nuestros muchachos de Navalcarnero… ciertamente que somos unos agraciados por poder compartir todo esto y es verdad, tenemos mucha suerte de experimentar cada día el misterio profundo de la Pascua en cada encuentro con los muchachos.

En vísperas ya de celebrar un año más la Semana Santa sentimos la presencia del Dios crucificado y resucitado en nuestras vidas, y sentimos que Jesús nos anima a que le veamos vivo y presente en Galilea, en la Galilea de Navalcarnero y en la Galilea de aquellos que más sufren pero en lo que especialmente El siempre ha querido quedarse y… algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis?

Fuenlabrada 15 de marzo de 2015

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