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Desarme de ETA en cristiano -- Gabriel Mª Otalora

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

ETA deja oficialmente las armas, ya era hora. Lo mejor que nos podía ocurrir es que nadie siga organizado en torno al terror. ETA nació contra una dictadura y sus durísimos efectos en el País Vasco, pero bien pronto abrazó la ideología marxista leninista de la que solo ha quedado una mal disimulada huida infernal a ninguna parte con más de ochocientos muertos, damnificados varios y la reacción de los grupos terroristas de signo contrario: GAL, Batallón Vasco Español y asimilados, con su carga de muerte y dolor que a lo peor ha sido pagada con el dinero público.

Esta noticia, en plena Cuaresma, nos debe llevar a la reflexión de los cristianos si somos verdaderamente personas constructoras de paz, no solo amantes de una paz idílica que no existe en la vida real. Ni siquiera Jesús de Nazaret la tuvo: sus constantes tensiones con los letrados y fariseos le llevó a una muerte especialmente violenta. Y desde aquí, me parece importante compartir algunas reflexiones:

* La violencia incluso por una causa justa, pronto acaba al servicio de su propia agresividad; reducida a la mera autoafirmación de ella misma. Somos seres libres capaces tanto de pegar un tiro en la nuca como de orar ante el pelotón de fusilamiento. Libres para oprimir y para liberar.

* Ante las injusticias y el rebelarse ante ellas, Martín Luther King llamaba nada menos que esclavos a los que prefieren esconderse en silencio ante una realidad que les conviene. Al final, los que hacen imposible una revolución pacífica, hacen inevitable la revolución violenta.

* En esta sociedad tenemos una grave carencia en educación sobre la paz, sobre todo en los colectivos más sensibles, desde el hogar, la escolarización básica hasta la universidad. Ser agente de paz es un reto muy difícil. Pocas personas conozco que transmitan paz al corazón. Y las que son ejemplares no son noticia aunque sean agentes efectivos de concordia en la política, en la familia o la ansiada paz interior. Lo cierto es que sobran razones y faltan gestos que lleguen al corazón de las personas.

* Ni siquiera ha existido -ni existe- un único concepto universal del término paz, como lo reflejan estos dos ejemplos: la pax romana y su status quo quedaba restringida a la ausencia de guerra, a un mero orden sin violencia que hoy también se lleva mucho en Occidente. En el otro extremo, la paz de Gandhi entiende al conjunto de los humanos como una unicidad por la que cualquier bien que hagamos hace bien a todos y hacer daño a uno supone dañarnos a todos.

* A lo peor, somos mayoría los que vemos la paz principalmente como una ausencia de guerra. No nos sentimos capaces de ser portadores de paz porque constatamos a diario la dificultad de las luchas cotidianas con nosotros mismos ni con los demás en la calle, en el trabajo, en casa. Pero aceptemos mansamente la generosa ración de sucesos violentos que la televisión nos sirve a diario: las imágenes de una guerra convencional, el último episodio de violencia de género, la corrupción política y los programas que pagan para descalificar e insultar… ¿Estamos educando en la paz?

* Cada persona es generadora de paz y de violencia incluso detrás de la violencia estructural que aplasta pueblos enteros. Porque son personas concretas quienes la generan y alientan. Si apuesto por el odio, sirvo al odio; si apuesto por la fuerza, sirvo a la fuerza. Los que devuelven mal por mal lo único que consiguen es duplicarlo ¿Qué espacio queda así para la paz? ¿Qué esconde la indiferencia?

* La verdadera fuerza, incluida la fuerza de la paz, es una virtud de sabios. Me adhiero a Séneca cuando dijo que toda ferocidad procede de debilidad, y le doy una vuelta más: toda generosidad y comprensión procede de fortaleza.

* Sé que la paz es posible, entre otra cosas porque existen experiencias maravillosas de paz, de personas que viven grandes experiencias de paz, épocas enteras de pueblos en paz, moribundos que se nos van con paz… Quizá la paz perpetua no es cosa de este mundo por nuestras limitaciones, pero todos podemos crear espacios de paz donde ahora no existe, o no arrancarla donde ya ha germinado.

* Tenemos que hacernos algunas preguntas: ¿Qué actitud tomar? ¿Cómo mitigar tantas heridas y dolores asentados en años de tremendas injusticias? ¿Cómo sobrellevar el doloroso día a día, a veces en tu propia casa, otras veces viendo que todo un pueblo es víctima de una injusticia que lo lamina sin compasión alguna? ¿Cómo aportar a los tuyos paz en las relaciones cotidianas? ¿Qué hacer ante las víctimas de las diferentes clases de violencia, incluidos los refugiados?

* Entre derechos y responsabilidades crece la paz. Algunas respuestas salen solas: querer escuchar, querer perdonar, incluso aprender a olvidar. Saber sonreír. Querer compartir. Estar dispuesto al riesgo de que alguno se violente con nosotros precisamente por buscar la paz. Ser pacíficos (no pánfilos) asumiendo nuestra responsabilidad. Volver a empezar a pesar del desaliento. En el día a día es donde se hacen las personas de paz, en cada una de las situaciones concretas que exigen tomar la decisión de tratar a los demás como objetos o como personas. Que tratar con dignidad a las personas transforma a quien lo hace en agentes de paz.

Dicho todo lo anterior, ¿cómo es posible que los católicos seamos incapaces de ponernos de acuerdo en una Memoria Histórica? El perdón nos parece una debilidad que al orgullo le parece intolerable. Y la reconciliación, una cosa muy bonita aunque imposible. Sin embargo las enseñanzas de Cristo dicen lo contrario: hemos vivido episodios maravillosos de perdón y reconciliación entre nosotros, entre víctimas de ETA y del GAL, entre victimarios que cumplen condena y víctimas del terrorismo. Varias decenas de casos que, sin embargo, nuestros obispos han dejado pasar de largo sin darle el valor evangélico y heroico que tienen.

Todavía estamos en tiempo de conversión. La vida toda es tiempo de gracia.

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