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Desánimo eclesial (II) -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Quedé en la entrega anterior en el año 1978. En él pasaron dos cosas muy significativas para mi vida pastoral. Una a nivel de Iglesia Universal, y otra a nivel particular, como miembro de una comunidad religiosa. Hubo dos acontecimientos señalados y decisivos en el ámbito eclesial universal: uno fue la muerte trágica, y, lo diré de la manera más suave y benigna, sospechosa, del papa Juan Paulo I, el papa que algunos llamaron de la sonrisa, pero que ocultaba en ella, y en sus suaves modales, una voluntad de hierro para provocar un cambio en la Iglesia, intención que muy probablemente tuvo que ver, y mucho con su muerte prematura. Y otro, dependiendo del primero, la elección del papa Woigtila, que eligió del nombre de su antecesor, y vino a llamarse Juan Pablo II. Y a nivel personal y congregacional, mi traslado a la parroquia de los Sagrados Corazones de Londrina, en el norte del estado de Paraná. Brasil es, como la mayoría de los grandes Estados americanos, a imitación de los EE. UU., un Estado federal, y las divisiones territoriales principales son denominadas «estados», que equivalen a lo que nosotros llamamos «Autonomías».

Esa ciudad a la que fui es una bellísima ciudad nueva, -el año 1992 celebró el cincuentenario, las bodas de oro, de su fundación-, por un grupo de ingleses, que le puso el nombre de «pequeño Londres», de ahí lo de Londrina. Hay que destacar que los ingleses promovieron una colonización agrícola impresionante, ordenada y maravillosamente provista de infraestructuras. Como ejemplo, para que pudieran los agricultores transportar sus productos a San Pablo tendieron una línea férrea de unos 700 kms. Y todo esto en una tierra de un «humus» (tierra cultivable) impresionante, que llega en muchos puntos, kilómetros y kilómetros, a poseer entre 20 y 30 metros de profundidad aprovechable. Se trata de una de las tierras más ricas del mundo para el cultivo de cereales, sobre todo trigo y soja, y, apoyados por un clima continental, pero no demasiado extremo, y las características del terreno, al cultivo del café. Como los habitantes de ese afortunado centro urbano afirman, y no exageran, su ciudad es la capital mundial del café. Este cultivo ha provocado grandes fortunas, y el desarrollo económico de la zona fue meteórico, de tal modo que en cincuenta años pasó de cero a medio millón de habitantes, con un estilo y calidad de vida de óptimo nivel.

Cuento todo esto para poder añadir que nuestra parroquia, recién estrenado el templo y la casa parroquial cuando yo me mudé, se convirtió en la parroquia más famosa, y según la gente decía, fetén de Londrina. Así que a nuestras ocupaciones pastorales acudía lo más granado y selecto de la sociedad cultural, económica y profesional e influyente de la ciudad. El éxito era tan grande, que, de verdad, a mí me dio un tremendo mareo, me desconcertó, y acabé solicitando ser enviado, como catequista itinerante, al destino que me señalasen, ¡me daba igual!.

Mi salida de Londrina, con el consiguiente y monumental enfado de su arzobispo, don Geraldo Fernándes, fue una verdadera huida. Nunca me había sentido, ni después se ha repetido, tan aceptado, alabado, tan admirado y sobrevalorado, o eso me lo parecía, como en esos dos años y medio. Fui invitado a dar clases de Fenomenología en la facultad de Filosofía, a escribir en el más leído y conocido periódico, «A folha de Londrina», y se rifaban mis cursos y mis conferencias. Y no cuento, por modestia y pudor, otro tipo de éxitos. Así que, efectivamente, hui; eso sí, con la venia de mi provincial, padre Máximo Sada Rodeles, ss.cc., también de Olite, y con la oposición de todo su consejo, que no veía bien mi colaboración como itinerante con el Camino neo-catecumenal. Y, pienso que para que no me arrepintiese, los catequistas jefes, con el sabio y agudo parecer del responsable, Ángelo Stefanini, me mandaron al lugar más lejano, al que solo podía acceder, y volver, por avión: a Manaus, capital de la Amazonia.

Y así comienza mi andanza de otro estilo totalmente diferente, del que ya comenté algo en los inicios de este blog. Pero ahora me gustaría recordar que el Camino, llamado en principio por Kiko «catecumenal», y corregido por Pablo VI como «neo-catecumenal», porque los que lo recorren ya están bautizados, tiene unas cuantas cualidades extraordinarias, sobre todo en comparación con la pastoral parroquial que solemos practicar en las parroquias convencionales. Y las señalo brevemente, porque no quiero escribir una tesis sobre el tema. Las cito sin orden de importancia ni de orden lógico: el acercamiento y compenetración con la Palabra; la implicación en la preparación de las celebraciones, de la Palabra y de la Eucaristía; el sentido progresivo, pero intenso, de comunidad; la experiencia de la cercanía y ayuda los hermanos; la maravillosa sensación de no sentirse ni señalado, ni condenado, ni juzgado, a pesar de los fallos y errores que uno mismo comunica a los demás en las convivencias, etc. Y que estas cualidades positivas se dan en el inicio, y en los primeros años de comunidad, que podríamos llamar de aprendizaje y de rodaje, es indiscutible. Además tengo que afirmar que, en mi opinión, perduran hasta, prácticamente, el final del camino, que es, realmente, el final de la vida.

Mi itinerancia fue movida: primero Manaus, (capital de Amazonia); después, Porto Velho, (cap. de Rondonia); Belén, (cap. de Pará); Presidente Prudente (noroeste de Sâo Paulo); Campo Grande, (cap. de Mato Grosso del sur); Campo M0urâo, (noroeste de Paraná). Desde Belén a Campo Mourâo, 3.351 kms, y entre unas y otras ciudades nos movimos en avión, barco fluvial, autobús, y coches particulares. Contando que salimos de Sâo Paulo, y que el viaje a Manaus lo hicimos tres veces ida y vuelta, en avión, claro, y una de Belén, también en viaje aéreo, y dos veces de la capital paulista a Porto Velho, sumando todo nos da, bien dados, un poco más de 20.000 kms., que realizamos en dos años. En total mi equipo provocó el nacimiento de 23 comunidades neocatecumenales, que, espero, sean una de mis coronas el día definitivo. Y, todavía, antes de volver a España, fui nombrado como párroco de Sâo Paulo, donde había estado seis años de vicario parroquial. En Londrina fui nombrado párroco, pero, con he contado más arriba, al mes, más o menos, mi vida dio un giro, en una retirada estratégica, por no llamarla, abiertamente, fuga. Y en verano de 1985 volví para España.
(Continuará)

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