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Desafíos de la Iglesia Siglo XXI -- Dra. Phil. Irma Becerra

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voselsoberano.com | Viernes 15 de Febrero de 2013 08:17
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Conferencia
Tegucigalpa, sábado 9 de mayo de 2009, Iglesia Vida Abundante
1.- HACIA UNA ÉTICA MUNDIAL CONTRA LA CULTURA LIGHT: La autonomía de la conciencia y la secularización en el siglo XXI

Vivimos en un mundo amenazador que atenta contra la vida sana de los seres humanos. Es la era del capitalismo globalizador, que, con todos sus aspectos absolutizantes, se alza por encima del humanismo y la humanización de las sociedades para englobarlas en el mercado total. Por mucho tiempo, la iglesia ha permanecido observando esas amenazas sin reaccionar ante ellas y sólo proclamando la sumisión, la resignación y el conformismo ante los terribles problemas que se acrecientan agobiando la existencia humana. Por años, la iglesia, sea cual sea su tendencia, ha proclamado que la vivencia de la fe debe realizarse a través de la obediencia, la sumisión y la resignación. Esto ha llevado a la enseñanza de los principios bíblicos a través del temor y la legitimación del poder y no a través del amor mutuo[1].

El temor ha prevalecido como principio básico sobre toda la vida, enseñando que es la muerte en tanto vida eterna algo más importante que el sentido de justicia en el presente. Es tiempo ya de que esto cambie. Los seres humanos estamos siendo bombardeados con el culto de lo ligero, lo pasajero y lo desechable y, ante ello, es preciso superar las actitudes de resignación e indiferencia que han prevalecido. La llamada cultura light se impone como valor absoluto a las nuevas generaciones, que ven en los valores morales solamente una excusa para responsabilizarse lo menos posible ante los hechos. Dejar hacer, dejar pasar, es el lema que rige a todas las concepciones, incluso las religiosas.

Como señala el Padre Antonio Rivero, el nuevo estilo extremado del culto a lo ligero y lo rápido se sostiene en los siguientes pilares:

1. 1. “Permisividad: la que señala que lo importante es siempre hacer lo que uno quiera, en todos los campos. Rige el todo me es permitido; basta que yo pueda hacerlo. Todo lo damos por bueno y le restamos importancia…

2. 2. Relativismo: Se desprende del punto anterior. Nada es absoluto, sino que todo depende en última instancia del propio punto de vista, de lo que a uno le parezca. Esto se desliza en una desembocadura muy concreta: el escepticismo, la desvalorización del conocimiento, que se torna incapaz de acceder a sus cimas más altas. Si todo es relativo, si todo es bueno y malo, si nada es definitivo, ¿qué más da? Lo importante es hacer lo que quieras, aquello que te apetezca o dicte el momento. El relativismo es ese dios moderno y poderoso que reclama un punto de vista subjetivo para todo, ya que no existe una verdad absoluta. Defiende la utilidad, lo práctico, la idea de que el fin justifica los medios. El relativismo supone entrar en la incoherencia, y ella es causa de muchas rupturas, de biografías ilógicas, sin argumentos irreconciliables. La abrupta altanería del relativismo tiene un tono devorador que afecta a los sentimientos quitándoles solidez. Su lema es: “Según desde el punto de vista que se mire”.

3. 3. Hedonismo y sexualidad rebajada y trivializada: es decir, lo fundamental es pasarlo bien sin restricciones. El placer por el placer; disfrutar sin privarse de nada…

4. 4. Consumismo galopante: hijo directo del hedonismo. Nos lleva a acumular más y más cosas, más y más experiencias placenteras. Compra, usa, goza, tira. El ideal del consumo no tiene otro horizonte que la multiplicación o la continua sustitución de unos objetos por otros mejores. Este consumismo se traduce en el viejo dicho de “tanto tienes, tanto vales”. Su lema es: “compra, usa, tira”.

5. 5. Materialismo: El ser humano se va convirtiendo en objeto, en materia; va dejando de ser alguien para ser algo. Y ese vértigo de sensaciones placenteras tienen un tono devorador…se trata de vivir sin ideal y sin objetivos trascendentes…

6. 6. Religión y espiritualidad a la carta: ofrecidas por las innumerables sectas que están pululando por doquier. Religión y espiritualidad que nos están conduciendo a un nuevo paganismo, con la aparición de dioses de la historia universal que conviven con otros nuevos dioses, como el sexo, el dinero, el poder y el placer. Su lema es: “Toda religión es buena”.

7. Medios de comunicación social: como fábrica de mentiras, que tergiversan la verdad, distorsionan la realidad, inculcan una cultura superficial, barata, chata, que da rienda suelta a los instintos animales que tenemos, que destruyen los valores humanos y cristianos que nos alimentaban y formaban. Estos medios de comunicación social están promoviendo al hombre light, ese personaje sin mensaje interior, vacío. Tomen, por ejemplo, las telenovelas, las revistas del corazón. En esas parejas todo está preparado para la ruptura. Y todo es presentado con risas, sin seriedad, de manera superficial, de tal forma que no tengamos que pensar o reflexionar mucho. Se presenta el modelo light sin drama y sin compromiso. Lo importante es disfrutar, pasarlo bien y sortear cualquier sufrimiento, porque para esta sociedad que quieren ellos proponer el sufrimiento es un sinsentido, es más un atentado al hedonismo” (Rivero, 2009: 1-2. Documento de Internet)

Ante lo anterior se vuelve necesario crear una ética mundial que ayude a controlar los extremismos y absolutismos de una era de mundialización entre los países y sociedades. Esta ética mundial debe tener como principio absoluto la protección de la vida en todas sus manifestaciones contra la violencia y la discriminación y deberá estar centrada en establecer la autonomía de la conciencia y la voluntad decidida de todas las personas.
Tomando en cuenta que la nueva constelación mundial de la posmodernidad establece cambios profundos como los siguientes:

l “Desde el punto de vista geopolítico, nos hallamos ante una constelación posteurocéntrica: se acabó el dominio del mundo en manos de cinco Estados europeos rivales (Inglaterra, Francia, Austria, Prusia/Alemania, Rusia). Ahora nos enfrentamos a una constelación policéntrica de diversas regiones del mundo, en primer lugar, Norteamérica, Rusia, la Comunidad Europea y Japón, y luego, también China y la India.

l Desde el punto de vista de la política exterior, hemos de contar con una sociedad mundial postcolonialista y postimperialista. En el mejor de los casos, ello supondría una cooperación internacional y unas verdaderas Naciones Unidas.
l Desde el punto de vista de la política económica, empieza a desarrollarse una economía postcapitalista y postsocialista. Podríamos llamarla, con cierto derecho, economía de mercado ecológico-social.
l Desde el punto de vista de la política social, se halla en creciente ascenso una sociedad postindustrial. Estamos progresando hacia una sociedad de servicios y comunicaciones.

l Desde el punto de vista de la convivencia, se perfila un sistema postpatriarcal en la relación de los sexos. En la familia, en la vida profesional y en la pública se camina claramente hacia una relación más participativa entre hombre y mujer.
l Desde el punto de la cultura, nos movemos hacia una orientación postideológica. El universo cultural del futuro estará marcado por el pluralismo.
l Desde el punto de vista religioso, se prepara un mundo postconfesional e interreligioso. Empieza a desarrollarse, a paso lento y penoso, una comunidad mundial multiconfesional y ecuménica”(Küng, 1992: 36).
…deberemos adoptar principios reafirmantes de la ética intercultural con la finalidad de ayudar a las sociedades actuales a superar el fragmentarismo y la disgregación política de sus fundamentos.

Se vuelve indispensable el desarrollo de una conciencia ciudadana autónoma en los individuos que conforman las sociedades del planeta que forje un conglomerado mundial basado en la colaboración y el respeto mutuo. Es indispensable que cada persona despierte de la indiferencia y aprenda a pensar por sí misma para actuar participativamente en sociedades que ya avanzan hacia la producción del conocimiento y el saber, y no únicamente hacia la propagación de la información. La autonomía de la conciencia implica que las personas actúen sabiendo lo que hacen, conociendo plenamente las consecuencias de sus acciones, y se responsabilicen por ellas.

Implica que pierdan el temor ante los avatares de la vida, y renuncien a ser siempre dirigidas por otros, a otorgar la dirección de sus vidas a una autoridad superior que las exima de la responsabilidad de tomar las riendas de su propio camino vital. Es decir, una conciencia que cree relaciones de sentido para tener siempre una sana orientación ante los problemas que se presenten en el transcurso de la vida en todas las distintas etapas del crecimiento personal. Necesitamos personas que realicen en la práctica la autoafirmación de su carácter sin volver la fe en una ciega reproducción de vicios y ausencia de valores, porque hayan renunciado a la vivencia consciente de la existencia humana.

Sin embargo, ante los nuevos desafíos que plantea la globalización de la economía mundial a través de la tecnología de la comunicación están surgiendo además nuevos fenómenos de conversión y necesidades de la espiritualidad y lo intelectual como los siguientes:
1. “Necesidad de interioridad, de espiritualidad para el alma.
2. Necesidad de amor y afectividad para el corazón.
3. Necesidad de principios sólidos, estables y duraderos para la mente.
4. Necesidad de motivaciones convincentes para la voluntad.
5. Necesidad de una justicia largamente esperada, de una política que busque el bien común, de una economía que no desvista a unos para enriquecer a unos cuantos privilegiados.

6. Necesidad de volver a sostener nuestra sociedad sobre esos valores humanos y sociales que soñaron nuestros próceres: amor a la patria, religiosidad, educación, respeto, etc.” (Rivero, 2009: 3. Documento de Internet).
Podemos, entonces afirmar que está surgiendo una amplia necesidad mundial de colaboración, unidad y coalición entre todos los actores sociales hacia una ética planetaria que pretende enfrentar los siguientes retos-problemas más graves de la incultura del vacío:

1. “El riesgo de un vacío de sentido, de valores y normas amenaza igualmente a creyentes y no creyentes. Deberemos, pues, afrontar en común la pérdida de las viejas tradiciones e instancias orientativas, con sus fatales crisis de sentido último.
2. Una democracia carente de consenso prejurídico adolece de falta de legitimación. Si bien, un Estado democrático libre ha de ser neutral en su cosmovisión, no puede prescindir de un consenso básico con respecto a determinados valores, normas y actitudes, ya que, de otro modo, resultaría imposible una convivencia humana digna.

3. La supervivencia de la comunidad humana no es, por consiguiente, posible sin una actitud ética: imposible la paz interna sin una voluntad común de resolver sin violencia los conflictos sociales; imposible un ordenamiento económico y jurídico sin la voluntad de atenerse a un orden y unas leyes concretas; imposibles unas instituciones sin un consenso, al menos implícito, del conjunto de ciudadanos y ciudadanas” (Küng, 1992: 58).

2.- EL NUEVO ROL CIVIL DE LA IGLESIA EN EL SIGLO XXI

El mayor desafío de la Iglesia para el siglo XXI es crear una nueva conciencia civil en los ciudadanos de total rechazo a la indiferencia, la injusticia y la impunidad. Se trata de crear una ética secular que ayude, tanto a creyentes como a no creyentes por igual, a asumir un rol participativo y activo en relación al establecimiento de deberes y derechos, contra el culto a la muerte y la violencia. Se trata de la práctica liberadora. Surge así lo que el teólogo suizo Hans Küng denomina la pregunta fundamental de toda ética: “De nuevo la pregunta es radical: ¿por qué debe el hombre —como individuo, grupo, nación o religión— comportarse de un modo humano, verdaderamente humano? ¿Y por qué tal comportamiento ha de ser incondicional? ¿Por qué nos afecta esto a todos, sin excluir a ningún estrato social, clase o grupo? ¡Esta es la cuestión fundamental de toda ética!”(Küng,1992: 45).

En las nuevas sociedades del conocimiento que están surgiendo, los individuos deberán convertirse en productores de conocimiento lo cual significa que serán ciudadanos conscientes de su propia valía que podrán contestar activamente a tres preguntas concretas:
l ¿Qué hago con mi vida?
l ¿Qué hago con mi conciencia?
l ¿Qué hago con mi voluntad?

Si el futuro pertenece a la conducta reflexiva autónoma en sociedades de producción cognoscitiva plena e integral, esto significa que también la iglesia se convertirá en una institución obligada a producir conocimiento y a formar personas seguras de que su conocimiento beneficiará a sí mismo y a los demás en el cultivo de una mejor calidad de vida. Por ello, la lectura bíblica significará una relativización del dogma y una ampliación de sus principios a través de la conciliación con la ética científica y sus producciones humanizadoras. Se deberá enseñar a los ciudadanos la responsabilidad por la producción humanista de conocimiento que exige respuestas concretas a las preguntas anteriores. Se trata de un nuevo tipo de humanismo que, como bien señala el filósofo cubano Raúl Fornet-Betancourt, no va primariamente hacia la “civilización” de los seres humanos o a su educación como buenos ciudadanos de la sociedad burguesa que sólo cambian de costumbres o rituales, sino de una formación hacia su perfección total (Vollkommenheit) en la que se fomenta todo lo bueno de los seres humanos (Fornet-Betancourt, pág. 10).

Se deberá además superar la conciencia determinada por el pecado al evitarse la absolución de los individuos aunque éstos sean corruptos, delincuentes de cuello blanco y viciosos enseñando más bien a responsabilizarse por las propias acciones. La iglesia no debe ser más una fuente de justificación del poder o una mampara para aquellos sujetos que se aprovechan de la absolución al continuar cometiendo delitos impunemente[2].

Lo anterior surge porque los ciudadanos como productores de conocimiento y no sólo pasivas criaturas pecadoras tendrán que aprender a legitimar sus conductas de forma científica, lo cual no significa otra cosa más que aprender a crear productivamente el sentido de civilidad de la historia. El nuevo rol civil de la iglesia se deriva, en este sentido, del hecho de que en su seno se cultivarán valores y principios de protección de toda la persona humana para no privatizar la fe y, en consecuencia, para evitar por todos los medios la privatización de la política.

Como ha señalado el Pastor hondureño Evelio Reyes, la nueva iglesia debe evitar la privatización de la política al formar políticamente a los ciudadanos para la participación civil activa y pacífica que rechace toda forma de violencia y discriminación de los actores sociales y reciba científicamente sus aportes y esfuerzos ciudadanos de superación del mal. Debemos, ha dicho, “hacernos políticamente pueblo”, es decir, volvernos conscientes de nuestro rol civil como forjadores de nuevas sociedades más humanas. No más ignorancia, indolencia ni de quedarse al margen.

La iglesia de nuevo tipo, cumple con una función civil al combatir la permisividad y el oportunismo moral que pretende justificar las acciones subjetivas que no resuelven los problemas sino que los agudizan al ignorarlos[3]. El nuevo rol civil de la iglesia, cualquiera que sea su tendencia, será inevitablemente la de preparar a los individuos para convivir maduramente en sociedad, para asumir responsabilidades cada vez más complejas y acordes con la razón y lo racionalmente bueno para la humanidad: para estar al nivel de lo humano y lo posible humanamente.

La iglesia enseñará que el hombre debe responsabilizarse por la Humanidad y que su futura responsabilidad como productor de conocimientos estará enfilada hacia el fortalecimiento de todo lo que proteja y fortalezca a la Humanidad y la verdad histórica. Por eso recurrimos a la Declaración del II Parlamento de las Religiones del Mundo, celebrado en Chicago en 1993 en donde se establece que: “Hacer valer la verdad, en lugar de confundir libertad con capricho y pluralismo con arbitrariedad. Fomentar el espíritu de veracidad en las relaciones interpersonales de cada día en lugar de vivir en la insinceridad, la simulación y la acomodación oportunista. Buscar incesantemente la verdad, animados por una incorruptible voluntad de sinceridad, en lugar de difundir medias verdades ideológicas y partidistas. Servir a la verdad, una vez conocida, con confianza y firmeza en lugar de rendir tributo al oportunismo” (Declaración de Chicago, 1993: 8. Documento de Internet)

Lo que afirmamos implica que la iglesia debe transformar su concepción de la vivencia de la fe en tanto sistema de penitencia, premio y castigo para dar paso a la concientización de los creyentes, los cuales deberán aprender a actuar no porque existe el premio de la vida eterna, sino porque la vida eterna es el ahora y el presente vivido consciente y responsablemente. Esto es indispensable para formar personas maduras sicológica y emocionalmente: los ciudadanos reflexivos de la sociedad del conocimiento que se indignan por toda injusticia. Esto significa la defensa definitiva como valor absoluto de lo correctamente humano que determina la autonomía de la conciencia.

Sobre esto, ha señalado Hans Küng, deben haber soluciones plurales en la tierra: “Una segunda dificultad —ha dicho— que no debería olvidar el hombre religioso de nuestro tiempo: para todos los problemas y conflictos es preciso buscar y elaborar “en nuestra tierra” soluciones plurales. Judíos, cristianos, mahometanos, o miembros de las religiones indias, chinas o japonesas son hoy responsables de la configuración de su propia moral. ¿En qué sentido? En cuanto que también ellos parten de experiencias, de diversas situaciones vitales, y han de atenerse a la realidad. Por consiguiente, tampoco el hombre religioso puede dispensarse de buscar informaciones y conocimientos fiables en los campos concretos de la bioética, de la ética sexual, económica y política, ni de actuar en todos los ámbitos con argumentos objetivos, para así lograr garantías de decisión y, finalmente, llegar a soluciones practicables.

Son precisamente los hombres religiosos, frecuentemente con la cabeza en las nubes, quienes han de tenerlo en cuenta. No pueden privar al hombre de su autonomía intramundana en nombre de ninguna autoridad superior, por alta que sea. En este sentido habrá que recordar un importante logro kantiano: existe una auto-legislación y una auto-responsabilidad ética arraigada en la conciencia, en orden a nuestra propia realización y a la configuración del mundo” (Küng, 1992: 70).

3.- LA CIUDADANIZACIÓN INCLUYENTE E INSTITUYENTE EN EL SIGLO XXI: urge un nuevo sistema económico

Ante la situación de actual recesión económica basada en el fraude y el engaño del capital especulativo del neoliberalismo la Iglesia debe establecer la necesidad urgente de participación de los ciudadanos en la limitación moral y política de la economía. Como ya claramente se definió en el Sínodo de los Obispos en 1971, La Justicia en el Mundo, se trata de formar a las personas para la justicia porque “es imposible concebir una verdadera promoción, sin antes reconocer —dentro de la opción política adoptada— la necesidad de un desarrollo que resulte de la unión del incremento económico y de la participación; y la necesidad del incremento de las riquezas que implica al mismo tiempo un progreso social de toda la comunidad, superando los desequilibrios regionales y las islas de prosperidad. La misma participación entraña un derecho que debe ser aplicado tanto en el campo económico como social y político” (Sínodo, 2009: 5).

Lo anterior coincide con la determinación de un nuevo rol para el ciudadano del mundo: el ciudadano cosmopolita que construye activamente una sociedad mejor sistematizada económicamente. Desde 1970, en Kyoto, Japón, se celebró la primera Conferencia mundial de las Religiones en favor de la Paz en la que se establecieron algunos principios universales que determinan dicho nuevo rol. Esos principios fueron los siguientes:

1. “La convicción de la fundamental unidad de la familia humana, la unidad y dignidad de todos los hombres;
2. el sentimiento de la inviolabilidad del individuo y de su conciencia;
3. el sentimiento del valor de la comunidad humana;
4. la persuasión de que poder no equivale a derecho, que el poder humano ni se basta a sí mismo ni es absoluto;
5. la fe en que el amor, la compasión, el altruismo y la fuerza del Espíritu y de la veracidad interior son, en última instancia, muy superiores al odio, la enemistad y el egoísmo;

6. el sentimiento de la obligación de estar de parte de los pobres y oprimidos y en contra de los ricos y opresores;
7. la esperanza de que al fin vencerá la buena voluntad” (Lücker, 1971: 110).
Como podemos ver la economía del capitalismo especulativo, después de más de treinta años, no ha podido responder a estos principios porque no fortalece la justicia sino más bien la desigualdad, el fraude y la anarquía entre los actores sociales[4].

El neoliberalismo, con su globalización financiera, crea y genera anarquía por su esencia antisocial que impide la inclusión de los ciudadanos al ejercicio del poder democrático, lo cual, a su vez impide la ciudadanía instituyente[5]. Esta última se define como “…la posibilidad de autoafirmación mediante la interpelación del orden vigente, para generar cambios basados en el reconocimiento de la propia subjetividad y en el pleno ejercicio de derechos individuales y colectivos, lo que implica la inclusión de los excluidos de tales derechos”(Arpini, 2009. 4. Documento de Internet). Los actores sociales son impedidos de ejercer una ciudadanía activa y más bien son tratados como individuos débiles y no aptos, carentes de una capacidad totalmente agresiva de competencia que, sin límites morales y políticos, favorezca la especulación financiera.

Esto debe relativarse incorporando elementos de reflexión de las relaciones sociales y humanas al plantearse, por parte de la religión, de los siguientes frenos al extremismo economicista:
l “Los seres humanos no actúan sólo por máximas económicas racionales.
l Sus logros no están determinados sólo por intereses materiales, su motivación no es únicamente el instinto del intercambio mercantil.
l No todas las necesidades humanas pueden ser satisfechas por lo que produce la economía.

l No sirve a todos el hecho de que cada quién siga sus propios intereses.
l Las personas, y también los economistas, necesitan para su bienestar propio, de una buena vida común y una felicidad mutua más que sólo de la economía de mercado” (Küng, 1997: 282).
Por el hecho de que el capitalismo especulativo no promueve la justicia que implica el amor entre los seres humanos[6] la iglesia debe hablar ya abiertamente de la necesidad de un nuevo sistema económico: el socialismo comunitario intercultural para cuyo sostenimiento se necesita de un nuevo ciudadano y una nueva forma democrática de ciudadanización:

1. Se precisa de actores sociales participativos y no sumisos que impongan autoridad y reglas morales a la economía.
2. Se precisa de ciudadanos que pongan límites civiles y ambientales al capital especulativo denunciando sus abusos.
3. Se precisa de ciudadanos que pongan límites y frenen la voracidad de los organismos internacionales de financiamiento al presionar a los gobiernos para que resistan los embates a la soberanía nacional por las medidas neoliberales.

4. Se precisa de ciudadanos comunitarios que hagan de cada comunidad una protagonista activa de nuevas políticas interculturales de promoción y fortalecimiento de la economía social y ecológica de mercado.
5. Se precisa de ciudadanos emprendedores que defiendan la clase media y los microempresarios ante la voracidad de las grandes compañías transnacionales.
Necesitamos principios limitadores de la economía que precedan a ésta última. Podemos adoptar algunos de esos principios en los establecidos por la Declaración del II Parlamento de las Religiones del Mundo, celebrado en Chicago en 1993:

1. “Compromiso a favor de una cultura de la no violencia y respeto a toda vida.
2. Compromiso a favor de una cultura de la solidaridad y de un orden económico justo.
3. Compromiso a favor de una cultura de la tolerancia y un estilo de vida honrada y veraz.

4. Compromiso a favor de una cultura de igualdad y camaradería entre hombre y mujer” (Declaración de Chicago, 1993: 4-9. Documento de Internet).
Para todo ello necesitamos de una Iglesia transformadora y revolucionaria. Tal como ha establecido el teólogo chileno, Pablo Richard: “los cristianos que se integran conscientemente al movimiento popular han comprendido que ellos pueden sobrevivir como iglesia sólo en la medida que se produce una radical conversión a su identidad propia y original. Una iglesia-ley o una iglesia-poder o una iglesia-doctrina tiene que desaparecer, pues no tiene ningún lugar o espacio al interior del movimiento obrero-campesino.

Si no se da esa conversión radical, la iglesia seguiría siendo al interior del movimiento obrero un poder paralelo o alternativo, motivo de división y obstáculo para una total liberación. La única iglesia posible y significativa al interior del movimiento popular es una iglesia crítica y profética contra todo sistema de dominación. Una iglesia desalienadora y deslegitimadora frente a la “religión” oficial del poder dominante. Una iglesia “subversiva” frente al poder político y religioso dominantes…La iglesia podrá cumplir ese rol en la medida que sea una comunidad de fe liberadora, una comunidad de esperanza de un mundo diferente y antagónico al actual mundo capitalista. Una iglesia que viva la dimensión política de la caridad en una práctica revolucionaria” (Richard, 1978: 14-23).

4.- LA IGLESIA CONTRA LA GUERRA

Se debe superar la concepción antropológica negativa que establece que el ser humano es malo por naturaleza y que la violencia es antropológicamente innata a las acciones humanas.Sobre esto es importante citar a Ashley Montagu que señala que la explicación antropológica negativa es satisfactoria para casi todo el mundo porque a quien nace predeterminado no puede culpársele por su forma de comportarse por lo que dicha antropología sirve de pretexto para realizar actos violentos contra la propia Humanidad. En este sentido lo que debemos rescatar es la capacidad de aprender y formarse de los seres humanos como lo que nos distingue del mundo de los simples instintos: “La característica más destacada de la especie humana es su educabilidad, el hecho de que todo lo que sabe y hace como ser humano ha de aprenderlo de otros seres humanos.

Y esto lo ha ido aprendiendo en sus cuatro millones de años de evolución, a partir del momento en que los hombres hubieron de abandonar la vida en los árboles ̶que escaseaban a causa del descenso de lluvias ̶ y asentarse en llanuras abiertas donde tenían que cazar para subsistir. En la caza son muy importantes la cooperación, la capacidad para solucionar rápidamente problemas imprevistos y la adaptabilidad. Los instintos que predeterminaron el comportamiento no hubieran tenido ninguna utilidad en el nuevo nivel de adaptación hacia el que los seres humanos había evolucionado: la parte aprendida, hecha por el ser humano, del entorno; en otras palabras, la cultura. Lo que hacía falta era saber cómo abrirse paso en un entorno creado por el hombre, y las reacciones biológicamente predeterminadas resultaban inútiles ante situaciones para las que habían sido pensadas ni eran apropiadas. Hacía falta respuestas, no reacciones; era preciso crear soluciones ante los nuevos y siempre cambiantes desafíos del entorno” (Montagu, 2008: 3).

Ante lo anterior resulta sumamente importante retomar el problema de la guerra como un resultado de la ignorancia y ausencia de cultura de los grupos que la promueven. La Iglesia debe ser contundente en este sentido y establecer una antropología positiva que rescate los buenos sentimientos del ser humano así como su capacidad de negociar y conciliar para la paz perpetua. Ninguna guerra es justa, ni siquiera en los procesos de autodefensa, por lo que se debe siempre promover el respeto a la persona humana que se pierde siempre que hay una guerra. La Iglesia debe negar toda guerra y toda carrera armamentista[7]. Por ello resulta sumamente importante rescatar algunos de los principios establecidos en la Octava Asamblea Mundial de Religiones por la Paz reunida en Kyoto, Japón, el 29 de agosto de 2006:

1. “Resistir y confrontar cualquier mal uso de la religión para fines violentos:
2. Convertirse en educadores, abogados y actores efectivos para la transformación de conflictos, la promoción de justicia, la construcción de la paz y el desarrollo sustentable.
3. Aprovechar sus tradiciones espirituales individuales para educar a los miembros de las comunidades religiosas sobre nuestras responsabilidades compartidas a fin de fomentar la seguridad compartida.

4. Fortalecer la educación por la paz en todos los niveles.
5. Hacer responsables a los gobiernos por los compromisos que hicieron en nombre de sus pueblos.
6. Conectarse localmente, nacionalmente, regionalmente y globalmente para promover la cooperación multireligiosa entre los organismos religiosos del mundo.
7. Aliarse con los gobiernos, organismos internacionales y otros sectores de la sociedad para confrontar la violencia y fomentar una nueva noción de seguridad compartida” (Declaración de Kyoto, 2006: 6).

5.- EL ETHOS MUNDIAL COMO NUEVO ESTILO DE REVOLUCIÓN SOCIAL Y EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

Es preciso crear y fomentar el diálogo interreligioso con miras a lograr un ethos mundial que establezca claramente lo que es bueno para los seres humanos, y defienda lo que los seres humanos precisan para una vida en paz y prosperidad. Por eso, es válida la pregunta que se hace Hans Küng al respecto: “¿Por qué no ha de ser posible que todas las religiones lleguen a un punto de coincidencia, al menos con respecto a esta cuestión fundamental?: ¡es bueno para el hombre lo que realmente le ayuda a ser verdaderamente hombre! De acuerdo con esta norma básica de humanidad, de verdadera humanidad, puede distinguirse entre lo bueno y lo malo, entre lo verdadero y lo falso. De igual modo es posible distinguir, en una religión concreta, entre lo fundamentalmente bueno y lo malo, entre lo verdadero y la falso. Y este criterio referido a las religiones es susceptible de una formulación positiva y también —quizás con mayor fuerza— de una formulación negativa:

—formulación positiva: una religión se acredita como verdadera y buena en la medida en que sirva a la humanidad y consiga fomentar con su doctrina de fe y costumbres, con sus ritos e instituciones, la verdadera identidad, sensibilidad y veracidad del hombre, posibilitándole el logro de una existencia rica y llena de sentido;
—formulación negativa: una religión se desacredita como falsa y mala en la medida en que fomente la inhumanidad e impida, con su doctrina de fe y costumbres, con sus ritos e instituciones, la verdadera identidad, sensibilidad y veracidad del hombre, imposibilitándole el logro de una existencia rica y llena de sentido” (Küng, 1992: 116-117).

El mismo Küng señala en un apartado anterior, que “las religiones sólo son creíbles cuando comienzan por aplicarse radicalmente a ellas mismas las normas éticas que predican al mundo” (Idem, pág. 84). En este sentido, el diálogo interreligioso debe significar un análisis reflexivo autocrítico que retome los principios universales más importantes y los fomente para, como bien señala el Pastor hondureño Pedro Reyes,”despertar de la pasividad a la santa y sana impaciencia” por la injusticia que campea en el mundo de hoy.

Se precisa de un nuevo sentimiento religioso universal de confraternidad para acallar a aquellos que “dicen amar a Dios porque no pueden amar a su hermano”; a todos los que buscan y se sitúan en un mundo trascendental porque el mundo real les parece inútil e insuficiente. Y para eso, debemos distinguir entre las verdaderas religiones y las que no lo son, entre religiones que defienden los derechos humanos y aquellas que no lo hacen. Debemos recordar que “el hombre creado a imagen de Dios tiene un valor sagrado y violar los derechos fundamentales del ser humano, es lesionar los mismos derechos de Dios” (Geffré, 2009: 107. Documento de Internet).

En nuestra América Latina, para el caso, la religión fue instaurada a través del látigo de un Dios punitivo que sólo juzgaba los actos y que se olvidaba de la relación de amor que rige entre el creyente y la divinidad. De ahí que en el continente latinoamericano la vivencia de la fe se halla profundamente arraigada al sentimiento de la liberación, de la revolución y la utopía sociales. Este sentimiento debe ser fomentado, profundizado, defendido y resguardado para nuestro tiempo porque representa las aspiraciones legítimas de nuestros pueblos de libertad e igualdad políticas. Ante ello, la Iglesia, sea cual fuere su tendencia, necesita educar para la indignación, para el rechazo de toda injusticia e impunidad, y para el apoyo de la revolución continental[8].

Ésta se define como “el método para la realización del humanismo histórico, pero un humanismo cuyo esencia no es la libertad abstracta de individuos unidos contractualmente, sino la praxis de la liberación de experiencias concretas de sufrimiento de explotación que une a las personas solidariamente como pueblo” (Fornet-Betancourt, pág. 6). Éste es el método de lograr, por la vía de la cultura y la formación políticas, las transformaciones que se necesitan en nuestros países, agobiados por la dependencia y la explotación.

El diálogo interreligioso tiene la obligación de integrar a todos los creyentes y no creyentes en la formulación de una “verdad histórica compartida”, pues, “la esencia de la verdad es ser compartida porque la verdad más sagrada, más absoluta siempre se expresa en la contingencia de un idioma histórico. Eso no conduce al relativismo, pero testifica simplemente el carácter inaccesible de la verdad completa que coincide con el misterio de Dios” (Geffré, 2009: 104).

El diálogo interreligioso deberá esforzarse por encontrar los puntos comunes entre las diferentes creencias y un aspecto especialmente relevante puede ser la lucha por la justicia: “Tal vez, mejor que el monasterio o el monte del místico, la lucha por la justicia puede ser el lugar donde hindúes, budistas, cristianos y judíos pueden sentir y comenzar a hablar sobre lo que los une. Lo que hace posible una comunicación en la doctrina entre los creyentes de diferentes procedencias no es solamente lo que Tomás Merton llamó una comunicación de experiencia místico contemplativa sino también y especialmente una comunicación de la praxis liberadora” (Knitter, 2009: 10. Documento de Internet).

Se trata de inspirar ideales de profundo cambio en los que se apliquen nuevas formas originales de resistencia civil realizando presiones políticas de nuevo tipo y alianzas estratégicas entre actores sociales que antes se encontraban dispersos o que simplemente se ignoraban mutuamente. El trabajo ecuménico de reunificación contra la disgregación y el fragmentarismo político es decisivo para la reagrupación del pueblo en torno a ideales éticos universales que poseen una dimensión política de ciudadanización, tales como los siguientes:

1. Despertar la conciencia del aprecio por el mundo material presente y el amor al prójimo.
2. Concientizar acerca del hecho de que todos los hombres son iguales en deberes y derechos.
3. Determinar definitivamente que la violencia y la corrupción no son innatos ni insuperables para el ser humano.
4. Establecer el máximo canon de la moral en el hecho de que todos los seres humanos son fines en sí mismos y no medios.
5. Establecer la protección de los seres vivos, el medioambiente y la naturaleza en general.

6. Determinar que aún la guerra de autodefensa causa destrucción y muerte por lo que debemos abogar por la paz perpetua y permanente.
7. Determinar que sólo por medio de la revolución social podremos alcanzar una plenitud de vida.
8. Establecer que nunca se podrá detener la utopía humana de perfeccionar el mundo como sueño e ideal últimos.

9. Aceptar finalmente que ningún tipo de capitalismo realiza el bien común que es el principio último decisivo de la religiosidad humana, y que por eso, necesitamos de un nuevo sistema socioeconómico: el socialismo comunitario intercultural.

BIBLIOGRAFÍA

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[1] Resulta, para el caso, sumamente denigrante para la historia de los pueblos la actitud del caballero católico de la Orden de los Caballeros de la Tumba Sagrada de Jerusalén, Franz von Papen, quien con su actitud negligente ayudase al reconocimiento internacional de Hitler durante el nazismo alemán. El caballero von Papen hizo negociaciones en Roma para la legitimación del tercer Reich. El 20 de julio de 1933 sellaron en Roma Franz von Papen y el secretario del cardenal Pacelli con sus firmas la reconciliación entre la Alemania nazi y el Papado. Esta acción, a los ojos del mundo, hizo de Hitler un legítimo hombre de Estado (Koch y Schröm, 1994: 12).

[2] Sobre la corrupción al interior de la Iglesia católica, especialmente la relación de la Orden de los Caballeros de la Tumba Sagrada de Jerusalén con la mafia siciliana, véase el artículo citado “Dunkle Ritter im weissen Gewand” en Die Zeit, Nr. 13, 25. März 1994. Pág. 14.

[3] Esto tiene que ver también con el problema del enriquecimiento de la propia iglesia a costa de la buena fe de sus adeptos. Sobre la “Pobreza de la Iglesia” véase los documentos finales de Medellín, Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Septiembre de 1968. Edición Digital.

[4] Al respecto leemos: “…el proceso de globalización termina por dilatar, más que reducir, las desigualdades entre los países en términos de desarrollo económico y social” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 2005: 163).

[5] “Ciudadanía instituyente que recupera la autodeterminación propia de la modernidad en su mayor radicalidad, justamente aquella por la cual se instituye como ciudadanía al tiempo que también interpela a las instituciones vigentes en tensión con las cuales procede a su afirmación y construcción a través de cambios institucionales. En ella, el sentido de la emancipación priva sobre el de la dominación, porque instituye desde la crítica y superación de lo instituido que de alguna manera implica siempre dominación.

Su condición instituyente implica novedad institucional y por lo tanto novedad en la dominación, pero la recreación de su identidad sin la cual dejaría de ser lo que es, supone nuevos discernimientos de la dominación que ella misma ha institucionalizado por la nueva afirmación de su sentido liberador-instituyente”(Acosta, 2006: 10. Documento de Internet).

[6] En el documento La Justicia en el Mundo encontramos la estrecha relación entre lucha por la justicia y el amor al prójimo: “…Por tanto, según el mensaje cristiano, la actitud del hombre para con los hombres se completa con su misma actitud para con Dios; su respuesta al amor de Dios…se manifiesta eficazmente en el amor y en el servicio de los hombres. Pero el amor cristiano al prójimo y la justicia no se pueden separar. Porque el amor implica una exigencia absoluta de justicia, es decir, el reconocimiento de la dignidad y de los derechos del prójimo. La justicia a su vez alcanza su plenitud interior solamente en el amor…” (Sínodo de los Obispos de 1971: 8-9. Documento de Internet).

[7] Un primer paso en este sentido se encuentra ya documentado en la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” (Sobre la Iglesia en el mundo actual) donde se habla en la Sección I del Capítuloo V, de la Obligación de evitar la guerra, aunque aún falta contundencia en este tema. Véase pág.58.

[8] Sobre el problema de la revolución social y la relación con la iglesia véase de Ernesto Parra-Escobar, La doctrina social de la iglesia frente a la revolución social, Nueva Sociedad Nro. 36, Mayo-Junio 1978, págs. 53-60.

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