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Deberes, reformas, mercados -- José Ignacio González Faus

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Miradas cristianas

Este verano, bajando un día en coche desde el Montseny, recogí en autostop a un pobre señor que movía desaforadamente los brazos en la carretera, sin un bártulo en las manos. Se nos presentó así: andaluz, edad 63, varios años sin trabajo él y la mujer, sin subsidio de paro y ya casi sin nada que echarse a la boca, decidió venirse desde Algeciras siguiendo aquel eslogan ya viejo de: “en Cataluña hay trabajo”. Había recorrido casi toda la costa a pie o en autostop, sin encontrar nada (“allí to’l trabajo lo tien moros y negros”, decía).

Alguien le encaminó hacia el interior, los mossos d’esquadra le prohibían hacer autostop en autopistas o autovías. Así, por carreteras secundarias, unos tramos andando y otros recogido por algún alma buena, había salido de St. Celoni a las seis de aquella mañana (eran cerca de la una cuando lo recogimos). “¿Mi’usté?: en Caritas sólo te dan buenas palabras; y los curas lo mismo: mucho rezaremos por usté y que Dios le ampare pero con eso no se come” (y aquí no le faltaba razón porque Dios sólo le amparará a través de nosotros los humanos). Hasta que un buen hombre (“catalán pero camionero, sab’usté?”), tras llevarle un buen trecho, le sugirió ir por Viladrau y, si no encontraba nada, seguir hasta Tona para coger allí el tren y regresar a Algeciras, “a ver si tuviera la suerte de que al llegar allí, la mujer haya encontrao alguna chapucica”…

La historia es más larga. Intentamos defender a Caritas sin decir que éramos curas, y luego, viendo las noticias ya en casa, apareció la ministra de hacienda explicando que “estamos haciendo los deberes” y Zapatero hablando de las “reformas necesarias”. Lástima no poder explicar a nuestro viajero que, lo que él veía tan negro era muy bueno: que si nosotros hacíamos esos deberes y reformas necesarias, él se encontraría mucho mejor…

Pero brotaba una pregunta incómoda: quien impone a los políticos semejantes deberes ¿no es un auténtico criminal?, quien vuelve necesarias semejantes reformas ¿no es un verdadero dictador?. Eso nos lleva a otra palabra del momento: “los mercados”: ¿qué son esos entes?.

A Aristóteles como a todos los genios (llámense Agustín, Hegel o Marx) le debemos muchas cosas, pero también hemos de perdonarle algunos fallos clamorosos. Aristóteles nos enseñó la abstracción que permite pensar universalmente, pero cometió el error imperdonable de creer que la abstracción vale lo mismo para las cosas que para las personas. Desde entonces Occidente tiende a reducir las personas (que son irrepetibles) a cosas. Poco a poco hemos descubierto que, cuanto más va asentándose la vida, menos vale la abstracción: y decimos que “no hay enfermedades sino enfermos”, o cosas así.

¡Y ahí queríamos llegar! Hablamos de “los mercados” en abstracto. como si fuesen objetos, fuerzas naturales de ésas que estudian los físicos o los meteorólogos. Pero en realidad, no existen los mercados sino “los mercaderes”. Y los verdaderos mercaderes son unos señores avarientos, crueles, insaciables, hipocondríacos del dinero, que buscan enriquecerse no sólo con el trabajo de los otros sino con el riesgo de los mismos inversores. Keynes, que además de economista era buen psicólogo, insinuó que los humanos somos “potenciales neuróticos del dinero”: y la crisis estalla cuando esa neurosis pasa de la potencia al acto.

Nuestra deformación de “los mercados” -de mero instrumento a categoría suprema y fin de toda economía- los ha convertido en dioses: de ellos hablamos siempre con respeto (”la blasfemia se castiga con el despido” ¡nunca mejor dicho!); las reacciones de los mercados son las que permiten calificar de justas o injustas las conductas humanas. Ellos han implantado el nazismo económico en que vivimos, fruto del culto al dinero, como el nazismo de Hitler fue fruto del culto a la raza. Son ellos quienes imponen esas conductas criminales que producen masas de individuos como el de la autostopista de que hablé al principio.

De ahí la gran pregunta ética de nuestra hora: ¿cómo vivir de manera honesta, humana, los que somos beneficiarios (y por ello cómplices materiales) de esta especie de apartheid que no se basa en el color de la piel sino en el bolsillo?. Primo Levi y otros comentaristas del Holocausto nazi aseguran que la maldad mayor no estaba en las muertes físicas sino en el proyecto de llegar a convencer a las víctimas de que no eran seres humanos, que no tenían dignidad alguna, que sus verdugos los trataban de manera normal: H. Harendt lo calificó como “banalidad del mal”, y hoy vivimos en la banalidad del mal de los mercados. Nuestro hombre de aquel día de agosto estaba ya casi en ese nivel de no-humanidad: sólo cuando decía “hostia puta” y nos mentaba la madre a todos parecían brotar esas palabras del penúltimo peldaño de dignidad –ya degradada- que aún latía en él y que intentaba salvar del único modo que sabía.

Quizá por eso, instintivamente, preferimos no contestar a sus insultos, sino desearle que le fuera bien en Viladrau y tuviese un buen regreso. Aunque nos aguara parte de las vacaciones como uno de esos días de mal clima del pasado julio.

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