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De procesiones a desfiles militares -- Demetrio E. Brisset

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Diagonal

Los nostálgicos del caduco orden moral no quieren perder el control del espacio festivo callejero.
En muchas procesiones intervienen militares armados, potenciando el vínculo entre patriotismo, rito y ejército, sin respetar el carácter no confesional del actual Estado.

El buen tiempo primaveral es acogido entre nosotros con la Semana Santa, ritual litúrgico que rememora la muerte y reaparición de la divinidad que encarna la fertilidad de la Naturaleza, bajo el rasgo de Jesús. Un par de meses después se conmemora el triunfo del sol veraniego, simbolizado en la hostia circular (Corpus Christi) que representa al mismo fundador de la religión que se impondría como “única de la nación española”. Ambas celebraciones actualmente poseen un nítido carácter vacacional.

Ahora bien, un ingrediente fijo, tanto de las serias procesiones luctuosas como de las triunfales comitivas eucarísticas, es la tropa, que las suele convertir en patrióticos y grandilocuentes desfiles militares.

Desde la propia Iglesia, en contra de esta conversión se han pronunciado cristianos de base y clero progresista, e incluso algunos obispos, como dos de Málaga: Santos (en los años ‘40) y Buxarrais (en 1991, teniendo que dimitir al año siguiente).

En Tenerife, el I Sínodo Diocesano (1999) aprobó que a las ceremonias religiosas no asistiesen militares con armas. Al aplicar en 2007 el obispo Álvarez esta medida en la isla, ciertos sectores pidieron su dimisión. El actual Gobierno socialista ha intentado limar esta anacrónica vinculación.

En 2009 disminuyó el número de soldados en ciertas procesiones y en mayo de 2010 promulgó un nuevo reglamento militar que suprime la rendición de honores, la interpretación del himno nacional y el lanzamiento de salvas al Santísimo. Después llegaron las movilizaciones de los sectores ultras.

Las principales disputas tuvieron lugar en Málaga, donde el Jueves Santo desfilan los legionarios cantando ¡Soy el novio de la muerte!, y el día del Corpus en Toledo, donde los cadetes de infantería querían pasear la bandera nacional y desenvainar sus sables ante la custodia. Abordemos históricamente la evolución de tales rituales religioso-profanos.

Soldados contra diablos

Desde el siglo XIV, en las procesiones del Corpus se representaba la batalla entre ángeles y diablos. Un siglo después se prohibió “circular por las calles con máscaras o hábito de diablo, si no se participa del entremés del Infierno”. En 1717, se alarman las autoridades granadinas ante la “indecorosa libertad” y licencias a cargo de los “ridículos diablillos” [a veces hombres disfrazados de mujeres] en el Corpus. Estas licencias son similares a las que se acusaba de cometer a los enmascarados carnavalescos.

A pesar de la vigilancia, los desórdenes se extendían, y en 1755 se informa al rey que “esa noche salen mujeres y hombres con disfraces ajenos de sus calidades, mintiendo tal vez su sexo […] siendo al mismo tiempo incentivo de citas que paran en obscenidades y ofensas a Dios”. En varios pueblos se denunciaba la misma “libertad, escándalo y desenvoltura”, prohibiéndose las danzas de enmascarados y “al que encontrasen disfrazado solo, se le impondrían cuatro años de presidio”.

El rey Fernando VI aprobó tal política represiva con un bando por el cual “ningún hombre pueda salir aquella noche con disfraz ni embozo” y para su cumplimiento “imponiendo en las plazas o calles más públicas soldados y Ministros”.

Con sus Reales Ordenanzas (1768), Carlos III reguló para todo el imperio la protección armada al Corpus. En 1777 promulgó la ley que prohibía entrar en las iglesias a “las danzas de mujeres, hombres y diablillos que acompañan la procesión del Corpus”. Y para garantizar su cumplimiento, se encargó a la tropa militar que los expulsase, como reflejan sucesivos acuerdos municipales de Granada entre 1778 y 1783. Así, el ejército borbónico español conseguiría una de sus mayores proezas al erradicar a los desordenados diablillos del ritual festivo del Corpus. Y al mismo tiempo se incluyó al ejército como nuevo elemento ritual, cometido que sigue ocupando.

El Cristo legionario

En 1915, parte de la aristocracia y la alta burguesía malagueña, para sacar en Semana Santa un Cristo barroco del escultor Mena, fundan una Congregación, que se convertiría en baluarte monárquico. Para la guerra de Marruecos, en 1920 se crea el Tercio de Extranjeros o Legión, con puerto de embarque en Málaga y se inicia su devoción al Cristo. En la Semana Santa de 1925, para reunirse con el dictador Primo de Rivera y proponerle un desembarco en Alhucemas, su jefe, Franco, acudió con la banda de cornetas a la procesión de Mena.

Y desde entonces se intensificaron los lazos entre congregantes y Legión, hasta que en 1930 es invitada a acudir anualmente; y a cambio el Cristo es proclamado su patrón e inscrito como otro fiero legionario. Entrenados para aterrorizar a los rebeldes anticoloniales, la Legión es llamada por Franco para reprimir el octubre de 1934 asturiano.

En julio de 1936, son los primeros en sublevarse y Franco les traslada a la península, anegando de sangre Badajoz antes de proseguir rumbo a Madrid. Su identificación con Franco era, y es, total. Desde 1943 no han dejado de desfilar en la Semana Santa malagueña, cantando el cuplé convertido en himno y marcha procesional que pregona sin pudor su culto a la muerte.

Demetrio E. Brisset (Málaga) / Antropólogo, catedrático en la Universidad de Málaga y autor de ’Ejército y ritual festivo’

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